Jeanette Amit: La lucidez del cuerpo (II)

Palabra de alquiler. No tengo nada que contar. Noctámbulos. Penélope no espera más. Canción para una ronda.

0

Jeanette Amit.

 

II
He grabado un pacto
con la tinta de nuestra boca vieja,
cerrando el puño muchas veces
hasta cercar el aire
-y a él en mí-
Crucé una hora y quedé ciega
Toqué un sueño y vi demonios

 

 

Palabra de alquiler

 

Incompleta de pronto se alarga mi mirada

hasta tocar tu piel:

leal como una hoja que se deja escribir.

Voy cayendo

donde todos los rostros de tu rostro me miran

y cada uno es un trazo de mi nombre.

Caigo hasta la altura imprecisa

de una hora idéntica al destino,

de una palabra solo de alquiler,

de una casa robada,

de un quejido de animal en la lluvia

que viene del umbral de otro silencio

a sabotear mi intento de escribir,

a agujerear los muros que apenas me sostienen.

 

No tengo nada que contar

 

Cuando cae la noche el cuerpo queda solo.

Boca que muerde para adentro,

murmullo de mujer tragándose su sombra,

una y otra duplicadas para el odio

como animales de huesos que ya no los sostienen.

Y a veces una y otra – igual que yo – se quiere ir,

sufre de nada

teme por nadie

pero sueña mucho

y el sueño no le sale en el sudor ni en las palabras.

Hace tiempo que solo soy poemas viejos,

caricias de mejores delirios y peores compañías.

Ahora escribir no es fácil,

es mirar como llueve con los ojos cerrados

abriendo la boca hasta volcar el cuerpo

de adentro para afuera,

redomando la furia

para que muerda otros huesos

menos fríos que los míos,

travistiendo los nombres con todas sus medallas.

No tengo nada que contar por eso escribo.

 

Noctámbulos

 

Abre tu golpe aquí,

hunde tu lanza.

Este corazón lleva

la herida de la luna,

el eje del dolor entre la boca,

la peligrosa piel de los amantes,

la sangre fascinada de los ángeles,

la pasión por los muertos más antiguos,

el odio de los dioses tan humanos.

Vamos, clava tu espada,

perfora mis recuerdos sin culpa y sin elogios.

Este cuerpo cabe entre las manos de la muerte

y todos los testigos han cerrado los ojos

para contar estrellas en la noche.

Penélope no espera más

 

No esperaré ya más. Me voy.

Cruzaré el mar

haciendo de mi espalda otro navío

tejido por los hilos que me ataban a él.

¡Lo olvidaré! – lo olvido –,

aunque me cueste el sitio preciso de mi cuerpo.

Quemo mi piel

y el año de la espera me abandona.

Pongo mis brazos sobre el canto del agua

deslizando mi altura

a lo largo del negro perfil que hace la noche.

¡Hacia Troya! – grito –,

aunque nadie me escucha después de la marea.

Desato las amarras

y hundo el pecho entre las velas del aire.

¡Hacia Troya! – gritaré de nuevo –,

armada hasta el delirio de mi boca,

afilada la sangre como lanza de fuego.

Porque también sostengo mis batallas.

Yo que soy esa bestia innecesaria de las horas.

También celo mi trono de silencios

y calzo soledades en los ojos

triturando más hilos que la muerte.

Me hundo en el mar.

Desnuda como han de desnudarse

las mujeres para entrar a las aguas.

Me lanzo sin barcos de madera,

sin muchedumbres, dioses ni caballos,

a través de las islas que rompen la distancia.

Entonces me dirán “Penélope la sabia”,

la marinera sola de su furia,

estratega de incendios,

vencedora con todos los conjuros

que se empozan clavados a la boca.

Y cantarán mi nombre

cuando se reúnan en el centro del fuego,

escribiendo mi historia con cuchillos de oro:

Penélope no regresará más,

ya no puede esperar sobre sus huesos,

no hay tejido tal para la ausencia

y Troya es el destino de su cuerpo”.

 

 

Canción para una ronda

 

Descubrirme.

Tonta de malos pensamientos.

Mediocre que se mira de reojo y se señala

con mala educación la mancha en la camisa,

la palabra espontáneamente peligrosa,

la idea ensimismada que repasa

los bordes de su historia.

Inventarme.

Travestirme.

De ave negra.

De niña inadecuada.

De boca enmudecida para el canto

por tanta dura crítica en la oreja,

por tantas distracciones que siempre la festejan

en el día de su santo.

Impacientarme.

Desarmarme.

Reanudarme.

Con esta risa que se niega a ser sincera.

Un cuerpo hecho de sal endurecida

que se pierde con la lluvia.

Posición de la torre que abandona la batalla.

Hoy y mañana mientras se consumen

las dos partes del mal que me merezco.


Publicado en el libro: «La lucidez del Cuerpo»
Ediciones Perro Azul, San José, Costa Rica, 2008.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...