Jeanette Amit.

V

Todo lo que no soy está en tus ojos.

Imposible de ver,

siempre me mira…

 

Pantomima

Abre los ojos

como si por un segundo fueras la mirada de dios.

Desvestido pero no desnudo.

La boca quieta.

La palabra creciendo en la saliva

que gotea y cae breve

sobre la punta de los pies.

 

Mueve los labios

como si supieras una verdad que nos seduce,

esa historia que conmueve a los villanos,

la certeza que mutila nuestros juegos.

Santiago

Santiago me mintió.

Sí tuvo miedo cuando miró el silencio,

cuando tocó mis manos anudadas

y pasó lejos, lejos,

dejando en la distancia

los pliegues recortados por su sombra.

 

Santiago se estrelló contra sus ojos

cuando palpó mis pechos,

y dejó otra silla de sangre

justo ahí donde lo recuerdo,

y dejó su boca abierta anegándose

de esa honda oscuridad que nos vestía.

 

Santiago me mintió.

Sí vio mi miedo cuando tocó mi cuerpo,

cuando trepó por cada palabra de mis versos

y todo en mi silueta lo mordía,

colmillo tras colmillo de la muerte.

Pequeño cementerio

Pequeño cementerio el de mis manos

donde todo se rompe,

donde cada edad es un mármol brevemente escrito.

¿Quién vendrá a morir aquí?

¿Quién quiere su casa tibia?

Así será mi saludo y mi brindis:

la copa en alto como la otra noche,

los labios entreabiertos en la misma palabra:

¡Bienvenido!

Bienvenidos vos y tu fantasma

a esta ceremonia de mi sueño.

 

Alza la copa

antes de que el brindis sea ido

y vos con él te vayas lejos,

brujo ciego,

a vivir por vivir,

a transitar la ruta en que me evades,

a creer que la vida es una suma cierta

y no un tiro de dados en lo oscuro.

Juego de dos

Necesito dañarte,

darte duro en el pecho con la frente.

Es necesario, urgente,

amoratar tus hombros como fardos,

verte gemir un poco,

perseguirme quizá

con un torpe gesto de furia en tu venganza.

Tengo que herir al menos

la porción más destello de tu sombra,

esa trocha del fantasma en tus ojos,

en tu otra mirada.

 

Necesito hacerte un daño mínimo:

una breve cuchillada sin sangre,

un silbido de agua latigando tu espalda.

Déjame así al menos malherirte,

ser una con la noche añeja de tu cuerpo,

triunfar por una vez contra tu tribu,

comer madera negra entre tus manos

reducida a una misma parcela de la bruma

donde el golpe sea apenas un jirón del deseo

y deje cicatriz

de una a otra piel como la muerte.

Artificios

Amasaré la pulpa de tus ojos con madera.

Ataré la punta de tus dedos a mi cuello

amasando mi piel también

como una piedra roja que peligra.

Cometas los dos entre ventiscas,

atados al camino por un rastro de sangre

que gotea y se escurre

quizá hasta las manos de algún dios o de la noche.

 

Tendrás miedo de alejarte,

yo tendré miedo a no volver,

a confundir el cuerpo con el otro cuerpo atravesado,

a ser cometa como una torpe fatalidad del viento.

Volvernos así

depredadores de estrellas,

y odiar la tierra,

incendiados por jugar entre soles,

amasados los dos como pulpas antiguas

cruzadas por los tallos del relámpago.

 

Ley de contiguidad

Estarás solo cuando la lluvia amaine.

Gritarás a la hora en que el sol ponga

su uña en tu garganta.

Temblarás contra el techo del olvido,

ciego ante la guerra que acaricia tus huesos

y lame las escamas de tu nombre.

Correrás con los ojos hechos cuña de metales

para no atorarte en ningún otro cuerpo.

Solo ante el saqueo de la fuga.

Inútil como un árbol.

Con el deseo agazapado entre la ropa y la saliva.

 

Yo te veré temblar

afilando mis ojos con el brillo

de todo lo que es tránsito y herida.

Te veré a través de la piel de la muerte

y no te dejaré caer,

porque el caballo empuña el hacha con la boca abierta

y mira y se tropieza tantas veces

como pueda imaginar caminos.

 

Estaré ahí contigo cuando el tiempo regrese

su costumbre a la sombra,

al instante en que la piel se hace idéntica a la tierra.

Contigo en la amenaza

de perder el delirio bajo el talón del miedo,

iguales y distintos

detrás de la estampida que repite las horas.


Publicado en el libro: “La lucidez del Cuerpo”
Ediciones Perro Azul, San José, Costa Rica, 2008.

Jeanette Amit

Por Jeanette Amit

Es psicóloga, escritora y máster en Literatura Latinoamericana, doctora en Estudios de la sociedad y la cultura. Autora de: "Testigos del vértigo", "La Lucidez del Cuerpo", "Lenguaje y Realidad Social", "La metapoesía en Octavio Paz: trabajo de escritura y psiquismo creador (Estudios)", "Asedio de la luz : lo único real es el deseo", entre otras obras.