Jeanette Amit: Tatiana Lobo – Reflexiones sobre la creatividad y la literatura

Entrevista realizada por Jeanette Amit a la escritora Tatiana Lobo en el año 2000.

Jeanette Amit.

A inicios del año 2000 me encontraba en medio desarrollo de mi tesis de licenciatura en psicología. Me interesaba indagar la forma en que las personas creativas dentro de algún ámbito de las artes y las letras se explicaban su proceso de trabajo particular y, de manera más general, el quehacer artístico. Tuve el placer de entrevistar a once personas en variados campos de la producción cultural como literatura, plástica, danza y música. Una de ellas fue la escritora chileno-costarricense Tatiana Lobo, quien falleció recientemente. La visité a inicios de un marzo soleado como este, hace ya 23 años. Entonces ella vivía en San Ramón de Tres Ríos, en una propiedad frente a la iglesia católica, detrás de un portón que se distinguía por un pequeño rótulo con las palabras “Paz Verde”.

A continuación, resumo parte de lo que me dijo Tatiana durante nuestras conversaciones, sus reflexiones sobre la literatura y su proceso particular de abordar la escritura literaria, siempre guiada por una lúcida conciencia crítica sobre el ejercicio del poder sociopolítico.


 

Tatiana Lobo Wiehoff ​ obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. (1939-2023)

En todo mi trabajo yo parto de algo muy concreto que es el análisis del poder. Ahora sale mi tercera novela, que va a ser mi sexto libro publicado. Todos giran alrededor de lo mismo: el sometido y el poder.

El caso de Costa Rica es muy particular. El poder está muy camuflado, muy bien encubierto. Ha tenido una estrategia que le ha funcionado de película, que es la de haber cambiado los cañones por las escuelas. Entonces, esta intriga me llevó a mí a los archivos para revisar la historia para atrás y ver cómo se ha ido generando esta estrategia del poder en Costa Rica, o sea, la dominación ideológica que llaman.

Mi primera novela, Asalto al paraíso, fue un estudio de la colonia y del poder colonial. De ahí brinqué a la mujer dentro de la colonia en relación con el patriarcado, de ahí me fui al Atlántico a ver la relación negro-blanco, la relación étnica y qué pasa con un lugar de economía casi de subsistencia frente al poder central. He estado detrás de todo aquello que los libros de texto del Ministerio de Educación (primera, segunda enseñanza, incluso universitaria) han omitido, han tratado de borrar de la historia. Y yo diría que lo han logrado, porque si yo te hablo de los esclavos me vas a decir probablemente “¿cuáles?”, o sea, el sistema esclavista que hubo en esta bucólica y democrática democracia rural. La última novela (se refiere a El año del laberinto) aborda un contexto más reciente, a finales del siglo XIX, cuando se consolida el Estado, cuando gobierna en pleno la oligarquía cafetalera. Entonces, todo mi trabajo, ya sea ensayístico o sea literario, gira alrededor del análisis del poder en Costa Rica.

Ahora, una novela se hace exactamente igual que una tesis. Tenés una hipótesis. Tenés que demostrarla. Solo que la forma de demostrarla es otra, es a través de situaciones, a través de personajes, a través de diálogos, a través de conflictos. Eso es lo que yo tengo consciente de mis intenciones en el momento de diseñar un esquema o un proyecto literario, o un proyecto de investigación.

Si hacés una novela histórica tenés que respetar la documentación. Y cuando hablo de documentación no estoy hablando de bibliografía, estoy hablando de fuentes primarias, estoy hablando de documentos manuscritos, o sea, donde todavía no ha habido un historiador que haya tamizado y haya interpretado, sino que es mi interpretación directa frente al documento. Eso no lo puedo transformar, ahí no puedo usar ficción ninguna, tengo que respetar eso porque eso es una verdad histórica. El trabajo de ficción está en rellenar lo que la historia no dice y, por supuesto, en la interpretación misma del documento.

El proceso creativo como tal, como me decía mi editora Mabel Morvillo, es un cinco por ciento de inspiración divina y un noventa y cinco por ciento de culo de oro. Eso qué quiere decir, que hay un cinco por ciento que es absolutamente inconsciente, te aflora lo que llaman inspiración. Vos no sabés de dónde te viene eso. La cuestión es que se te ocurren un montón de cosas de repente, verdad, no sabés ni cómo ni por qué, pero la elaboración de eso es trabajo, es un trabajo racional, de coherencia. Y ahí es donde entra el propósito.

Supongo yo que, por experiencias infantiles, el autoritarismo me es profundamente repugnante, relente y lo detesto. ¡Andá a saber qué me pasó! Aunque yo creo que medio lo sé, porque me educaron en un colegio de monjas alemanas completamente decimonónicas, autoritarias terribles. De manera que yo ya tengo un impulso de rechazo y cuestionamiento hacia el poder. Estamos partiendo de una situación completamente subjetiva. Es mi historia personal la que me lleva a mí a tratar de encontrar una explicación a cómo actúa el poder en Costa Rica. Esa parte que aflora de tu remotísima infancia y de toda tu historia de vida hasta el momento, esa es la parte que llamamos inspiración, que realmente es el motor que te está impulsando. Por supuesto, en el resto del trabajo también. Sí, hay una parte que el autor, eso creo que sí es general, trabaja como si alguien le estuviera dictando. Pero eso luego tiene un proceso racional, para que quede convertido en una cosa legible, convertido en lo que le llamamos un libro, convertido en literatura.

La diferencia tremenda entre el ensayo y la literatura es que el ensayo pretende ser objetivo y la literatura es absolutamente subjetiva.

No absolutamente, pero nace o la motiva una actitud completamente subjetiva. Esa subjetividad va a estar presente a través de toda la obra literaria. Hay dos planos, el autor se está moviendo medio esquizofrenicamente en dos niveles que tiene que tratar. En eso consiste el arte literario: amarrar, armonizar, darle la coherencia, o sea, que no te quede uno por un lado y otro por el otro. No sé si más o menos me estoy explicando. Estamos hablando de cosas muy difíciles de formular, porque no hay un lenguaje técnico para explicarlas, no existe.

Yo estudié teatro también. Todas las técnicas de construcción de personajes clásicas del teatro me han ayudado enormemente para mi trabajo literario. Bueno, la verdad te digo que yo no he encontrado mucha diferencia entre crear una receta de cocina y escribir un libro, es lo mismo. Para cuando vas a hacer un queque, aunque tengás la receta aquí adelante, tenés que tener un instinto que te permita saber exactamente cuándo has batido lo suficiente, cuándo el azúcar está, cuándo el huevo quedó bien, todas esas cosas. Ni digamos ya de los cocineros profesionales que inventan, porque esos sí son grandes creadores y se mueven exactamente igual… Yo no creo que haya ninguna diferencia, absolutamente ninguna, entre diseñar un vestido de alta costura, diseñar un plato complejo en la cocina y escribir un libro, montar una obra de teatro, pintar un cuadro o componer un concierto. Es una cuestión de complejidades, unas cosas son más complejas que otras, nada más, pero la misma actitud humana, de intuición, inspiración y trabajo de reflexión e intelectual se da absolutamente en todas las actividades humanas. ¿Tú sabes, por ejemplo, la creatividad que implica la crianza de un niño, de un bebé? ¡Es tremendo¡ Eso que llaman la intuición materna es la intuición del artista, es la intuición del cocinero, es la intuición de quien diseña un modelo de ropa, es la misma intuición, solamente que por razones de carácter, de afectividad. También la medicina, en el juramento hipocrático, no se habla de ciencia, se habla de arte. Y yo sigo creyendo hasta el día de hoy que un buen médico es un artista, porque su intuición está jugando un papel fundamental para diagnóstico, para cualquier cosa.

En general, el trabajo de creación es la selección. Imaginate que el creador está obligado a seleccionar dentro del caos, porque el caos lo apabulla, porque la experiencia cotidiana y la experiencia de la vida es caótica. La información que estamos recibiendo es tan apabullante que, si nos detenemos un par de segundos a reflexionar cuánta es la tremenda información que estamos recogiendo en este instante de nuestra vida, nos volvemos locos. Entonces, en el momento de crear algo, el autor o la autora de ese acto que llamamos creación se ve obligado a sustraerse de toda esta información caótica para seleccionar solamente aquellos elementos que va a tener que poner en orden para poder hacer su trabajo. Entonces, el instinto, la intuición o la inspiración, los procesos que no son racionales, son los primeros que salen y capturan del caos elementos (quedémonos en la parte literaria), selecciona palabras, selecciona imágenes, selecciona figuras, selecciona metáforas. Esa primera selección es inconsciente o semiinconsciente. Después viene el trabajo cerebral, el trabajo racional, el trabajo reflexivo, que va a ordenar toda esta información que ha sido extraída del entorno casi sin que nos diéramos cuenta, casi sin tomar conciencia. Por eso te pilla, te pilla de sorpresa, porque vos no te has dado cuenta. Luego viene la parte del trabajo terrible. Todo proceso creador pasa por estas dos fases.

Una imagen, una metáfora, o a veces una sola palabra, tiene muchos sentidos, o sea, te está remitiendo a unos referentes que están dentro de este caos en que estamos sumergidos todos. Entonces viene la sensación de un mayor acercamiento a la realidad que la que puede dar el proceso racional solo. En realidad, el proceso racional solo es castrante, dice una parte pequeña, muy sustraída de lo demás, eso es lo que lo diferencia del arte. En el arte vos hacés esta selección intuitiva de información del caos que es la vida que te da una mayor sensación de realidad.

Lo terrible es que el creador está tratando de explicar lo inexplicable. Porque uno no lo tiene tampoco aclarado, verdad. Por ejemplo, de repente a las dos de la mañana yo me despierto con una idea lúcida, lúcida, lúcida, lúcida, de un problema literario que no había podido resolver y que en el sueño se ordenó. ¿Quién estuvo trabajando ahí? Eso no es inspiración. ¿Por qué? Porque no es, es como si en el sueño el cerebro hubiese estado trabajando racionalmente para resolver ese problema, verdad. Muy fácil decir “ah, la inconsciencia del sueño”. Pero es que no, uno siente que ahí hubo algo, algo que no sabés dónde meterlo o cómo se produjo aquello. Algo que de repente me despierta. No es que me suceda todo el tiempo, porque sino imaginate, ¡andaría con unas ojeras hasta por acá! Yo decía, caramba, cómo no lo vi, cómo no lo vi en estado de vigilia, tanto que lo pensé, tanto que le di vueltas y resulta que ahora lo estoy viendo clarísimo, clarísimo, clarísimo. No sabes cómo se produjo aquello, pero es como si tu cerebro hubiera estado trabajando, reflexionando sobre ese tema hasta que le encontró la solución. Por ejemplo, me queda de repente en un libro un bache, una incoherencia por ahí de que sucedió tal cosa. En Asalto al paraíso, en el juicio que se le sigue a Presbere en Cartago, en un documento me aparece un mulato equis, pongámosle Lorenzo, ya no me acuerdo cómo se llamaba, haciendo de traductor, porque Presbere no hablaba castellano. Pero yo no puedo literariamente dentro de la novela sacar este traductor de repente, tengo que engarzarlo con algo anterior para que no aparezca así como salido de la nada, tengo que amarrarlo con alguna situación anterior para justificar que exista este traductor. De pronto me digo, ¡caramba!, lo pongo de ayudante de un misionero, lo pongo de asistente de Rebullida que era el misionero más notable en ese momento y que más tiempo pasó metido ahí en Talamanca. Muy bien, lo escribo. Me voy después para Berlín, me meto en el Instituto Iberoamericano, donde hay mucho material de América Latina, y se me ocurre revisar las misiones en Costa Rica. Cojo un fichero ahí y de repente me encuentro el nombre Rebullida. ¡Qué bien, este es mi misionero! Pido los documentitos y me aparece que el traductor de Presbere efectivamente había sido asistente de Rebullida.

Si no otras cosas que son completamente inexplicables. Estoy en el Archivo Nacional haciendo el perfil psicológico de un personaje histórico femenino, pero no encuentro material por ninguna parte que me ayude. Reviso ficheros, reviso esto y reviso lo otro pero no encuentro nada. Bueno, me canso, decido buscar información sobre otro tema y cojo el fichero. Encuentro el documento 1308 y se lo pido al muchacho que trae los documentos de las estanterías. El muchacho viene, pero me doy cuenta de que se ha equivocado, en lugar de traerme el 1308 me ha traído el folio 1309. Entonces ya se lo voy a devolver cuando se me ocurre abrirlo (porque la curiosidad del investigador en el Archivo es tremenda) y me voy encontrando con lo que estaba buscando sobre ese personaje femenino del cual estaba tratando de crear el perfil psicológico histórico. Lo que está en el expediente corresponde a un tráfico de esclavos ilegal que había hecho esta mujer. Había ahí cualquier cantidad de información sobre esta mujer. Me voy corriendo al fichero y veo que este documento está fichado por otra cosa distinta. ¡No lo hubiera encontrado jamás! Es el azar. Es una cuestión telepática.

Me sucedió mucho que yo inventé cosas, porque no encontraba en las fuentes documentales un dato, entonces yo rellenaba, inventaba situaciones completamente ficcionales y después, a medida que avanzaba la investigación, resulta que mi ficción era histórica, era real, había sucedido así. Era como si mi cerebro estuviera trabajando sobre una información que yo conscientemente no la tenía. La explicación que yo di fue la siguiente: mi inconsciente estaba recogiendo mucha más información de la que mi consciente estaba procesando, entonces mi inconsciente estaba haciendo feliz mi trabajo, en total libertad, reuniendo datito por aquí, otro por allá, otro por allá, luego los iba amarrando y, al llegar el momento en que yo me decía voy a ficcionar, verdad, mi inconsciente sabía más de la historia. Yo tengo la teoría de que la intuición no es otra cosa más que el inconsciente recogiendo una información que no llega al consciente, eso es todo. Del caos general el inconsciente va seleccionando.

El inconsciente no tiene límites, el consciente sí. El trabajo intelectual, el trabajo racional, el trabajo de coherencia es desgastante. El inconsciente no se cansa, ni se cansa ni tiene límites en la selección de la información. Pero sí está. Y eso es lo que a mí me tiene intrigadísima. ¿Qué orden recibe y de quién recibe el inconsciente para la selección de los datos que están haciendo falta? ¿Quién le dice “inconsciente búscame tal información”?  ¿Quién le está dando esa orden? ¿Lo puede hacer el consciente? No. De alguna manera estás dirigiendo tu inconsciente también en una dirección, lo estás orientando en una dirección. En tu trabajo creador algo está orientando al inconsciente en la búsqueda de información. Ya estés trabajando en pintura, haciendo un concierto, escribiendo un poema, escribiendo una novela. Quizás en la novela es donde más se nota, por estas cosas que te estoy indicando, verdad, sobre todo los que trabajamos sobre material histórico.

Esto parece el enanito del cuento, que ha estado trabajando ahí, buscándome lo que necesito. Porque no es posible que vos inventés algo, que estés consciente que lo estás inventando, verdad, y que al poco tiempo descubrás que no inventaste nada, que ahí tienes el documento que te está diciendo lo mismo que vos inventaste, solo que después. El documento aparece después de la ficción, después de la invención. En esta particularidad del material histórico que uno trabaja a nivel literario se nota muchísimo este trabajo tan, tan, tan admirable, tan extraño y tan incomprensible del inconsciente como una especie de secretario.

Yo siempre he tenido la sensación de que alguien me está dictando. Fíjate qué cosa más tremenda. Te voy a contar otra cosa todavía más espeluznante. Ese día me dio fiebre. En esta última novela, que es una especie casi de thriller histórico que gira alrededor de una mujer asesinada, crimen por el que le echaron la culpa al marido y lo mandaron a San Lucas (estamos hablando del siglo pasado), yo estoy trabajando en la investigación, archivística, bibliográfica, y, de repente, en un momento dado, digo no, ese tipo no mató a esta mujer, no puede haber sido él. Y me viene la fiebre. Porque era la sensación tan real, tan real, tan real, de que no era una sospecha, era una certeza. Y esto cambió completamente la orientación de mi trabajo, porque yo a mi inconsciente lo sigo, lo obedezco. Toda mi novela iba a ser sobre mujer agredida por el compañero, iba para allá, y esto le cambio la orientación para convertirla en una novela política. Nunca podré tener el documento delante de la nariz que me diga que aquel hombre fue inocente, pero todo lo que fui descubriendo al cambiar la orientación dice que sí, y dice que fue un crimen político. Lo cambié, por esta sensación que me vino así repentinamente.

A veces incluso se golpea completamente con la razón. Choca medio a medio y, sin embargo, uno sabe y siente y percibe que ahí adentro hay una verdad y que hay que seguirla. Ahora, es difícil ese momento, sobre todo en la creación literaria, y sobre todo cuando trabajás con material histórico. La contradicción que existe entre tu trabajo racional, entre tu razón y esa vocecita que te está diciendo “eso no es así”. ¡Terrible! Porque tenés que tomar una decisión. No podés simplemente decir “ah bueno ya vámonos con esto otro”, no, porque resulta que todo el material que tenés adelante te está diciendo una cosa y, sin embargo, por dentro hay algo que te está diciendo otra cosa, o estás incómoda, o estás a disgusto, y se sufre, se sufre porque la duda es terrible.

No existe la creación individual. Cada individuo, cada ser humano, es una suma de su propia historia, de sus propias raíces. El inconsciente no está contando una anécdota, el inconsciente está recogiendo una condición, está recogiendo la condición humana. Pero la técnica también influye sobre el inconsciente. Porque yo puedo ser una excelente actriz y una chapa pintando, puedo ser un magnífico dramaturgo y un mal escritor, puedo ser… La creación no es. Las expresiones que usa la creación están limitadas por la técnica que se aprendió. De manera que aquí estamos teniendo un ir y venir entre consciente e inconsciente, no funciona el inconsciente de manera tan libre como habíamos pensado inicialmente

Dime si no hay algo más esquizofrénico que vos andás hecha mierda y te encontrás con alguien, le preguntás cómo estás y responde “Ah muy bien gracias”. Es increíble, la tranquilidad con que la gente se ve obligada a decir que está bien cuando está hecha paste. Hay un doble lenguaje terrible. Entonces la verbalización no es verdad, es falsa, no es sincera. Porque no está diciendo realmente lo que se está sintiendo. Entonces, ese tipo de verbalización es precisamente el que yo creo que el autor literario trata de romper, para decir cosas que sean más verdaderas.

Yo creo que el artista es lo que llamaríamos normalmente un loco, pero uno que ha decidido no escaparse completamente, sino escaparse dentro de lo que la sociedad le permite y lo que la sociedad necesita para tener respiros, para salir de sus niveles de realidad y meterse en otros. Si la sociedad ha permitido eso es porque el arte es necesario. El arte es necesario porque son nuestras fugas a otras dimensiones, verdad, permitidas socialmente, y es lo que todo ser humano necesita, escaparse. La gente más alienada y más loca es la que no comprende el arte, que son los fascistas. El que no comprende el arte es un autoritario, es un fascista, es un nazi, y ese sí está loco de remate, porque niega la posibilidad de otras dimensiones de la realidad.

Hablemos del éxito.

La patología del éxito es propia del siglo XX, nace en el siglo XX. Coincide precisamente con la expansión comercial e industrial, con el concepto de la competencia y del triunfo. Antes verdaderamente los creadores se encerraban a hacer su creación y pegaban o no pegaban. Hay cualquier cantidad de artistas que no fueron comprendidos en su época y no les importó, siguieron creando porque era su acceso a este otro nivel de realidad.

La sociedad del siglo XX está enferma gravemente de tres anti valores que son absolutamente patriarcales: conquista, triunfo y éxito. Porque sin éxito no hay conquista ni hay triunfo, que son las aspiraciones del mercado y, por lo tanto, de la industria. Hay que conquistar mercados. Hay que triunfar en las ventas. Por lo tanto, hay que tener éxito. Si no tenés éxito fracasás dentro del modelo de industria y mercado que caracteriza al siglo XX. Esto se traslada a todas las esferas de lo cotidiano. Entonces, el creador comienza a verse presionado por el éxito. Si no hay éxito no existís, porque son las leyes imperantes de la sociedad humana en este momento. Y comienzan a traspasarse fronteras pavorosas. Entonces, ya no es mi visión del mundo que yo quiero transmitirle los otros como una invitación a compartir otros niveles de realidad, no es mi percepción del mundo que busca un interlocutor, no… (Porque toda creación artística es una búsqueda de interlocutores, verdad…). Sino que se convierte en el sello de garantía que el poder, dentro de determinada sociedad, te da. Fíjate más o menos cómo opera en estos momentos, y eso es terrible, es enfermante. Te digo porque yo sentí esa aprehensión en determinado momento y lo que hice fue, de manera muy saludable, salir huyendo, irme a perder allá en mi rancho en Puerto Viejo, para no perder el contacto con la naturaleza que es la que siempre te remite a tu identidad humana… es como una vacuna frente a todas estas histerias. Porque lo que te dice la sociedad en estos momentos es “si no tienes éxito no existes, no eres nada”, o sea, te niega tu existencia misma. ¡Es terrible!

¿En literatura qué está pasando en estos momentos?

La literatura en estos momentos está prácticamente copada por los escritores periodistas. Resulta que estos periodistas trabajan en medios de comunicación, por lo tanto son piezas de los grandes consorcios de las trasnacionales de la noticia. Alfaguara ya va premiando consecutivamente periodistas que están dentro de la argolla del periódico El País que es español. Pero eso no es simplemente que los periodistas tengan una técnica de escribir que sea grata para la gente. Los están montando perversamente, con una intencionalidad. ¿Para impedir qué? Para impedir la literatura hecha de silencios y de reflexión. Es la lectura rápida y agradable, pero no la que te cuestiona. Yo hago contrapunto, cada vez que me cae en la mano un periodista leo un pedacito del periodista y después me remito a Juan Rulfo, que es el autor que más ha trabajado el silencio. Porque Rulfo es casi un puro silencio, es de un esquematismo impresionante pero de una sugerencia tremenda.

De manera que no podemos sustraer al autor de una obra de arte de la sociedad de su tiempo y de las presiones que está recibiendo. Gente que resulta incapaz de crear sola sin el estímulo del éxito social. Eso me parece pavoroso y eso es un fenómeno de esta época. Ya no es porque estás creando, porque tienes una comunicación con otro nivel de realidad y estás buscando interlocutores, o simplemente quieres explicitarlo de alguna manera, sino que es la búsqueda del éxito. Fíjate que las editoriales, en estos momentos, no te publican a ningún autor sino garantiza un libro por año. No publican poesía. La poesía es muy peligrosa, porque la poesía es el arte de la sugerencia, es el arte de la insinuación y es el arte del silencio. La poesía, por lo sintética que es, está obligando a quien la lee a hacer su propio texto narrativo. La poesía es eso: yo hago poesía y usted me hace relato, usted hace la narración. El lector está compelido a participar, no puede quedarse de manera tangencial.

La eterna condición humana, es decir, buscar al ser humano. Yo prefiero decirle criatura porque me da mucha lástima el ser humano, realmente. Buscar al ser humano a través de la geografía y a través de la historia es un entrenamiento fabuloso, porque encuentras exactamente la misma naturaleza. Le podés poner una toga, o le podés poner a dormir en un triclíneo, pero eso no altera en absoluto lo esencial. Entonces, llegar a ese denominador común de la humanidad que se reduce a las pasiones. Seguimos sintiendo de una manera tan arcaica, tan primigenia. ¿Qué hemos evolucionado al fin de cuentas? Seguimos sintiendo miedo, seguimos sintiendo envidia, seguimos sintiendo deseo… Te voy a leer un parrafito que subrayé en este libro de Albert Camus:

No nos hemos elevado por encima de nuestra condición y sin embargo la conocemos mejor. Sabemos que vivimos en la contradicción, pero que debemos rechazar la contradicción y hacer cuanto sea necesario para disminuirla. Nuestra tarea de hombres es la de encontrar las escasas fórmulas que puedan apaciguar la angustia infinita de las almas libres, hacer que la justicia sea imaginable en un mundo tan evidentemente injusto, que la felicidad tenga algún sentido para los pueblos envenenados por la desdicha del siglo. Naturalmente es una tarea sobrehumana, pero se llama sobrehumanas a las tareas que los hombres tardan mucho tiempo en llevar a cabo.
Albert Camus

O sea, no hay nada sobrehumano que el ser humano sea capaz de concebir siquiera. Pero esto: “No nos hemos elevado por encima de nuestra condición y sin embargo la conocemos mejor”. ¿Qué es el arte sino un intento de conocernos mejor también? Por un lado, permitirnos cierta licencia de locura, salir de la racionalidad y de lo establecido para llegar a un mejor conocimiento también de lo que somos.

El mundo en que vivimos, este mundo racionalista en que vivimos está en blanco y negro, es plano, no tiene una tercera dimensión. Esa tercera dimensión te la da el arte, que es esa búsqueda que tú llamas de texturas, de profundidades. Por eso ahora el arte es más importante que nunca, porque nos están dejando en dos dimensiones nada más. El sistema en estos momentos, con la trasnacionalización de la economía, ve un peligro muy grande en esta búsqueda de otra dimensión.

El arte además es anarquista, profundamente anarquista. Porque el arte niega toda autoridad, niega todo autoritarismo, es la libertad, es lo más parecido a la libertad que existe. Entonces en un mundo donde se quiere que todos obedezcamos sin cuestionar y a ciegas, verdad, como lo está imponiendo la economía mundial en estos momentos, el arte tiene que ser neutralizado. Y la manera que encontraron más fantástica –fantástica en el sentido de eficiente–, la manera más eficiente de neutralizarla es convirtiéndola en un simple artículo de mercado, insertándola dentro de la economía de mercado. Por eso se la mediatiza. Porque entonces los pintores, los escritores, los músicos, qué sé yo, ahí donde está el éxito metido, tratarán de hacer un tipo de arte que tenga una salida fácil, mercantil… ¿Quién quiere ahora hacer una exposición y no vender ni un cuadro? Por supuesto que nadie.

De esta forma se cierra la puerta de comunicación con la otra dimensión. Solo para dar gusto. Porque el afán de éxito nos ha envenenado, es un verdadero virus. Nos han envenenado con el éxito, nos han convertido en unos pobres seres. Es patético, es muy triste lo que está ocurriendo. Yo te lo digo porque yo lo he vivido, yo he caído en el envenenamiento del éxito. Porque hubo un momento en que yo estaba escribiendo, cuando me gané el Premio Sor Juana y mis libros empezaron a traducirse al inglés y al francés, y después Calipso al alemán. Yo empecé a sentir esa necesidad del triunfo, del éxito. Y en determinado momento elaboré un montón de proyectos literarios… pero, por suerte, me salvó la naturaleza en Puerto Viejo, que me dio la alarma y me dijo “en qué te estás metiendo muchacha, te van a volver loca, te van a neurotizar, vas a ser profundamente desdichada, porque el éxito no tiene límite”. Te das cuenta qué terrible. Es una enfermedad. No hay límite. Todo lo que te puedan aplaudir siempre podrá ser superado por una mayor cantidad de aplausos y una mayor cantidad de aplausos y una mayor cantidad de aplausos. Y empiezas a angustiarte. Y empiezas a no dormir. Y empiezas a sentirte brutalmente presionada. Y llega un momento en que simplemente dejas de ser, dejas de existir y estás funcionando alrededor de una sed insaciable que nunca nadie la puede… ¿Sabes cómo lo resolví? Porque este no es un problema de valores. Que si el orgullo, que si la vanidad, que si la humildad. No. Es un problema de supervivencia. Porque la necesidad de éxito te enferma. Renunciás a la libertad, que es lo que te hace bien, que es lo que te hace sentirte contenta, satisfecha. Aunque la dosis de angustia es muy grande, como dice Camus, la angustia del libre, de la persona libre es muy grande, sin embargo hay una sensación de existir y de ser real que es tremendamente gratificante, dentro de toda la angustia que eso lleve. Por eso te digo cómo lo resolví yo. Yo resolví este problema de la compulsión al éxito y creo que me salvé. No se crea para el presente, se crea para el futuro. Porque todo artista es un vidente de una realidad que todavía no puede ser percibida por la demás gente, para su desgracia también, verdad. De manera que solamente el tiempo y las generaciones que vienen son las únicas legitimadas, es decir, las únicas que realmente van a tener autoridad como para decir “sí”. Eso es lo que llamamos arte universal o literatura universal, cuando logra pasar la barrera del tiempo. Las generaciones que vienen son las que te dicen, las que van a decir si Cervantes fue universal, Shakespeare fue universal, verdad. Entonces, ¿qué sentido tiene que uno se esté jodiendo la vida por el éxito del momento? Si no sabes qué va a pasar con tu trabajo cuando ya estés enterrada y comida por los gusanos. Y tampoco tiene sentido preocuparse por el éxito a futuro porque ya no lo vas a saber. Nadie va a llegar a decirte a tu tumba “mirá, tu libro todavía pervive”, verdad, y todavía lo leen. Entonces no tiene ningún sentido preocuparse por el éxito, es una de las cosas más sin sentido que existen. Pero, desgraciadamente, como somos seres humanos enfermos por todo un sistema económico en esta época, estamos cayendo en esa compulsión, porque es compulsivo, el éxito es una compulsión… Porque el éxito no te permite vivir más que para el éxito. Es como un monstruo devorador. Pero la puerta está siempre abierta, esa puertita por la que te metés, verdad, donde entrás en contacto con una realidad diferente, que es la que te hace sentirte más viva, más existente, aunque no necesariamente más feliz.

¿Cómo se vive la relación con el libro después de terminarlo?

Se fue ya no es culpa mía. Ya no tiene nada que ver conmigo. Yo nunca leo lo que se ha publicado. Leo las pruebas que me pasa la editorial y después nunca más lo vuelvo a abrir. No tiene que ver conmigo ni con las etapas en las que ya mi vida va transcurriendo. Son cosas que pasaron y ya no vale la pena preocuparse por eso. Quedan como parte de mi historia personal, por supuesto. No puedo desprenderme de mi historia personal que ha producido este y este otro trabajo. Son una huella, pero se borra. Casi se borra completamente.

Fijate que, a veces, te quedan de repente medio dando vueltas los personajes, porque al fin y al cabo se materializaron, los materializaste de alguna manera. A veces yo he tenido la tentación… Ahora la he tenido, porque estoy en un bache en que no se me ocurre nada, que no tengo ningún proyecto concreto. Yo soy novelista, no soy cuentista. El cuento, la narrativa breve no se me da, se me da muy mal. Me gusta el relato largo porque me permite mucho trabajo consciente, de lógica, de coherencia… Y descanso en eso. La poesía, jamás he podido escribir ni un poema, porque soy más de trabajo que de inspiración divina. Sí soy más de culo de oro que de inspiración divina. Y ahora no tengo absolutamente ningún proyecto, entonces de repente digo “y si me vuelvo a leer para ver si retomo…”. No los temas, pero sí los tonos literarios, que es lo más difícil encontrar, el tono. Porque argumentos tenés miles, pero cómo tratar ese argumento… Necesitan un tono. Cada novela necesita un tono. Tienes que cambiar de registro. Puedes hacer un concierto en sol mayor, digamos, pero el otro lo vas a tener que hacer en fa sostenido. Cada argumento necesita un tono de tratamiento. Y ese tono no lo podes inventar racionalmente, ese tono te tiene que surgir de muy adentro. Y yo no lo tengo en este momento. Hay veinte mil temas sobre los que podría estar escribiendo, pero el tono no lo encuentro. Entonces digo, “bueno, y si leo mis dos novelas anteriores para ver si alguna de estas me da el tono”, como cualquier concertista a la hora de componer. Pero digo “no, qué asco, qué asco, qué repugnancia”. Es como si esos libritos que están ahí fueran el recordatorio de algo que ahora ya no me quiero acordar. ¿Qué? No lo sé. Alguna desnudez hay ahí que me daría como penilla, como vergüenza, verla ya impresa. No sé qué pasará con otros autores, no tengo idea, pero a mí me pasa eso. Y cuando me ha tocado, en alguna charla o algo, tener que leer obligatoriamente, es como si hubiera estado leyendo algo que escribió otra persona que no tenía nada que ver conmigo. No sé si psicológicamente me distancié para no pasar por esa vergüenza, como una defensa de mis confesiones íntimas, o si realmente ya aquello no tiene que ver conmigo ahora. Estamos cambiando todos los días.

Todo lo que se deja ir es una confesión. Todo. De streeptease. Es como andar por la avenida central completamente chingo. Es terrible, sientes que todos los ojos te están viendo los calzones y los calzones no están limpios, ese es el problema. Yo entiendo perfectamente bien que Kafka haya querido que le quemaran todo su trabajo literario cuando estaba agonizando.

Hay una depresión pos-partum, como no. Es un poco abandonar ese fetito que se está criando ahí, creando, y luego ya no lo tienes más. Pero además ya escapó de tu control. Yo creo que la depresión viene más que nada por ahí. Ya no puedes hacer nada, se fue, te abandonó.

Es como cualquier tratamiento terapéutico, como cualquier terapia. Pasás por un montón de etapas. Sí te puedo decir que, cuando terminé Asalto al paraíso, yo decía “esto no puede ser muy malo puesto que me ha costado tanto sufrimiento”. Después, a la vez, volví a rebatir mi propio argumento diciéndome “estás funcionando de manera completamente judeo cristiana”, entendiendo que el mérito está en el sufrimiento. Y resulta que en una obra de arte, literaria o la que sea, no es el sufrimiento cristiano el que va a determinar la calidad, sino que son otros factores. Los demás no van a valorar tu sufrimiento. Yo creo que cuando un autor dice “me ha costado tanto sufrimiento”, verdad, “por lo tanto no puede ser muy malo” (lo dice el 99,9%), se refiere a la autenticidad: aquí hay algo auténtico. Puesto que me costó tanto sufrimiento esto es auténtico, esto no es un entretenimiento ni un divertimento, no es un juego. Por lo tanto, el mérito está en eso, en la autenticidad. Que los demás la van a percibir… Por lo menos esa es la esperanza que uno tiene. Pero por mucho que te digan, es muy poca la gente que realmente ha entendido lo que has hecho. Y, por lo general, eso es terrible. Volvemos a lo mismo, el asunto del éxito. La gente lo que te dice es “te felicito por tu éxito”. ¿Has visto algo más pavoroso que eso? Bueno, a lo mejor después de tener mucho éxito también, sí me pongo a bailar chinga en el Parque Central, verdad, atraigo a la prensa, los periódicos hablan de mí y acaparo la atención del país entero: “Escritora loca se quitó la ropa en el quiosco de Somoza”, hizo la escenita ahí, las fotografías por todas partes, verdad. Eso es éxito. Éxito en el sentido que todo mundo habla de vos.

¿Cómo se puede valorar entonces el resultado del propio trabajo creativo?

No podés, no podés. No hay juzgamiento posible. Vos sabés nada más cuánto de tu entraña has puesto en el asunto, pero no podés valorarlo, es imposible. Nadie puede. Por ejemplo, te voy a contar qué me pasó, porque además no entiendo por qué uno va a andar guardando secretos. Tengo que referirme a hechos, porque este tema cómo lo abordás sino con la experiencia, verdad. Engolosinada con mi éxito, entre comillas, decidí que yo ya era una escritora que había traspasado las fronteras nacionales y, por lo tanto, ya necesitaba editoriales de mayor difusión. Caída totalmente en la trampita, verdad. Y este último libro, el que va a salir ahorita en abril, lo mando a Alfaguara, dejándome guiar por un dato totalmente nebuloso, que fue que una persona de una librería aquí, de la Internacional, el dueño de la Internacional me dijo: “si tiene usted un manuscrito mándelo a Alfaguara, yo no le puedo garantizar nada, pero creo que usted ya está en condiciones… puede ser editada por editoriales más gordas, más…”, no me dijo gordas, verdad, de mayor divulgación. El tipo es un comerciante obviamente, está pensando en la literatura en esos términos. Pues claro, me sentí muy requetebién, verdad, un reconocimiento ya poco menos que universal. Entonces la llevé. La acogida fue muy buena: “Esto sí, esto lo vamos a publicar, por supuesto que sí”. Faltaba un paso, la novela tenía que ir a México, me dijeron. Nunca supe, porque todos esos misterios en las editoriales son increíbles, no hay nada que realmente esté segura porque te pueden mentir y decir muchas cosas. La cuestión es que yo ya estaba lista. Me lo iban a publicar y todo muy bien. De repente, resulta que no. Fue un golpe para mi ego o mi vanidad personal, un golpe fuerte. Que en México habían dicho que no, porque tenía que hacerle tales enmiendas a la novela, y entonces aquí en Costa Rica habían decidido que no valía la pena y que mejor no. Si quiere, me dice la persona de la editorial, le doy el informe de lo que se dijo aquí, de lo que se dijo allá. Yo dije “no, yo sé muy bien lo que he hecho”, fíjate mis palabras, “yo sé muy bien lo que he hecho y no quiero que ningún juicio externo intervenga en este trabajo, de manera que prefiero no saber hasta que no encuentre una editorial que me lo publique”. Lo interesante de esta historia es que yo defendí mi obra de injerencias externas negativas, porque sentí que lo que había hecho no podía ir más allá de lo que había hecho. O sea, no puedo juzgar si ese libro es bueno o es malo, pero sí puedo afirmar que hice lo que pude y que eso era defendible. Entonces, no podés juzgar lo que hacés, pero sabés que has hecho lo que tenías que hacer y lo que podías hacer, lo que estaba dentro de tu realidad interior y tus capacidades en cuanto a talento o lo que fuera. Así que agotaste esa posibilidad. Y defiendes tu criatura, verdad, frente a un peligro exterior que quiere modificar eso. Eso sí te lo puedo asegurar, no puede uno juzgar su propio trabajo, pero sí puede saber si lo hizo, si dio todo lo que tenía que dar, si agotó todas sus propias posibilidades.

La crítica en general, verdad, la crítica de arte en general es tan pedante y es tan mutiladora, es tan castrante. Porque como no puede abarcarlo todo se queda siempre con una partecita del asunto, y luego aplica… Los métodos… Yo encuentro que los métodos son uno de los inventos más nefastos de la cultura occidental, porque definitivamente son castradores y son limitantes… El problema de los métodos es que siempre están dejando otras cosas por fuera, que si el sociocrítico, que si el estructuralismo, que si el yo no sé cuantitos… y yo qué sé cuántos se han dado, se han inventado. Son excluyentes, agarran uno y lo demás lo dejan por fuera. Quizá lo que hay que tratar de ver es el conjunto. Los críticos tratan de inventar un método que permita el juzgamiento de todas las obras de arte, verdad… Es una tarea imposible y además estúpida, no tiene ningún sentido y le quita a la obra de arte su función, la única que tiene, que es el diálogo bilateral. Bueno, todos los diálogos son bilaterales, verdad, el lector y el autor y no hay más. Si partís de una vez, verdad, con una afirmación: toda teorización es excluyente. El conocimiento pleno de la realidad es imposible, para poderla tratar de analizar hay que sustraer y hay que eliminar. Creo que como cada pieza de arte es única, no está dentro de competencia con ninguna otra, es única y solo puede juzgarse en relación consigo misma.

 

 

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