Joaquín Gutiérrez

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Vladimir de la CruzHistoriador y politólogo.

Un hombrón jovial de casi dos metros de altura con la sonrisa y el humor siempre a flor de labio, conversador y raconteur de vocación y oficio, trotamundos por más señas, pero que es uno de los novelistas más sagaces, sabrosos y exitosos que ha tenido la literatura costarricense, fue galardonado esta semana – dos años y pico después de que terminó una larga ausencia suya del país – con el Premio Magón, el más alto honor que la República confiere en el campo de la cultura.

Joaquín Gutiérrez ha obtenido el Premio Magón, por la misma razón que tiene derecho a figurar algún día en la Galería de la Fama del Deporte: por campeonato puro y simple (lo fue de ajedrez mucho tiempo). Y como ha sido celebrada tanto en función del hombre de letras como del ser humano.

Josefino y de familia prominente (su padre fue diputado varias veces. Ministro de Hacienda de León Cortés y Calderón Guardia y Embajador en Washington de Teodoro Picado), Joaquín Gutiérrez renegó muy temprano de las oportunidades que ello le ofrecía, para abrazar la fe marxista; y es un militante activo del Partido Vanguardia Popular (o del Partido Acción Socialista, PASO), como lo fue en Chile de su homologo durante su estancia de más de treinta años en aquella república, donde se casó, dirigió la Editorial Nascimiento y durante el gobierno de la Unidad Popular, la Editorial oficial Quimantú.

Acento y Conciencia

No obstante su alejamiento, toda su obra literaria tiene un fuerte acento costarricense, y combina la conciencia social (aunque no con igual dosis de protesta) de Carlos Luis Fallas, con la estilización artística del lenguaje popular que inició Carmen Lyra, y la picardía de Magón. Todo ello combinado (por ejemplo en “Cocorí”) con un curioso y viril espíritu poético que persiste como poeta, y que ocasionalmente todavía escribe versos que no desmerecen ante los de los cultivadores profesionales o asiduos del género. Pero su campo es la narrativa, y a los 57 años tiene a su haber una labor en ese campo que por su calidad (si no por su cantidad) resulta impresionante.

“Manglar” (1947) es su primera novela, y se ocupa de las vicisitudes y problemas de una maestra rural en campos guanacastecos. Es un ensayo cuidadoso y estilísticamente refinado que Gutiérrez superaría muy pronto.

“Cocorí” (1948) es una breve novela infantil, en la que Joaquín Gutiérrez exploró por primera vez la zona limonense de su infancia (su padre tuvo negocios bananeros y el futuro novelista creció en Limón). Fue premiada en un concurso en Chile, y el negrito que la protagoniza le ha dado la vuelta al mundo traducido al francés, al alemán, al ucraniano, al eslovaco, al checo y al holandés.

“Puerto Limón” (1950) marca un paso firme, muy firme, en la novelística de Gutiérrez. Combinando recuerdos de seminarista adolescente, con la huelga bananera de 1934 (que él vio como adolescente y desde fuera), logró dar un impresionante mural sobre la ciudad, la provincia, la complicada y pintoresca zona, y los conflictos sociales y laborales que son propios. (Una dramatización de esta novela, realizada y dirigida por Alfredo Catalina, fue uno de los grandes éxitos de la temporada teatral de 1975).

“La Hoja de Aire” (1968) se produjo tras un largo silencio del narrador. Es una novela brevísima, producto de la maduración lenta de Gutiérrez como escritor, que introdujo en su producción elementos de nostalgia y de picardía, una visión sardónica sobre los costarricenses, y una depuración estilística notable. Fue como la premonición de un nuevo Joaquín Gutiérrez que se preparaba para dar el gran salto.

Y lo dio

Y el gran salto lo dio en 1973. La Editorial Costa Rica convocó a un concurso de novelas con un premio codiciable. Concurrieron seis, y un jurado compuesto por el Rector de la Universidad, Eugenio Rodríguez, el Ministro de Cultura, Alberto Cañas, y el director de “La Nación”, Guido Fernández, no tuvo que deliberar largo rato para concluir que la mejor de las novelas presentadas era “Murámonos Federico”.

“Murámonos Federico” (1973) fue el gran salto: lo que “La Hoja de Aire” había anunciado, se concretaba. La técnica juguetona, el lenguaje sabio y de gran oído para nuestra habla se depuraban; la visión burlona sobre la burguesía costarricense se afilaba. Tras un tono de jovialidad, se escondía, sin embargo, una novela profunda, certera y perspicaz. La anécdota final (una tremenda broma a la “mamita yunai”, mostraba a un Joaquín Gutiérrez triunfal haciendo bueno el concepto de que el costarricense típico no es Juan Santamaría sino Tío Conejo.

Hasta aquel momento, sus novelas (todas publicadas en Chile pero luego re-editadas en Costa Rica, le habían dado a Joaquín Gutiérrez una sólida y respetable reputación. Pero “Murámonos Federico” (la primera de sus novelas cuya primera edición fue costarricense) le dio popularidad. Fue el éxito de librería más sensacional que aquí se hubiera conocido desde los “Cuentos de Angustias y Paisajes” de Salazar Herrera; en seis meses, la Editorial Costa Rica se vio obligada a sacar una segunda edición, y ya va por la cuarta. Se puede decir que no hay costarricense amante de los libros que no la haya leído. Y disfrutado. Y celebrado.

Regreso a Costa Rica

Editorial Legado

Para la segunda edición de “Murámonos Federico”, ya Joaquín Gutiérrez había regresado a Costa Rica con su esposa Elena y sus hijas Alejandra (directora teatral) y Elena (bailarina): el gobierno de Salvador Allende había caído y sus seguidores eran (son) perseguidos. Regresar a la patria después de más de 30 años, habría sido difícil para cualquiera. Pero no para Joaquín Gutiérrez, con su talento, y su costarricensidad y su don de gentes. Al poco tiempo estaba instalado. Hoy enseña literatura en la Universidad de Costa Rica y dirige la Biblioteca Patria de la ECR. (Es, además, presidente de la Asociación de Autores). Y a partir del lunes 23, Premio Magón. El décimoquinto costarricense que recibe este premio.

Creado por la Asamblea Legislativa a iniciativa del entonces diputado, y después Ministro de Educación Pública, Fernando Volio  Jiménez, el Premio Magón se otorgó por primera vez en diciembre de 1962, al filósofo Moisés Vincenzi. En 1963, lo obtuvo el poeta Julián Marchena. En 1964, el cuentista Carlos Salazar Herrera. El de 1965 se dividió (y luego una disposición legal prohibió nuevas divisiones) entre el novelista Carlos Luis Fallas y el historiador Hernán G. Peralta. En 1966 le tocó al poeta Carlos Luis Sáenz, en 1967 al novelista José Marín Cañas, en 1968 a otro novelista, Fabián Dobles, en 1969 al investigador e historiador Luis Felipe González, y en 1970 a Paco Amiguetti.

Premio de Cultura

La ley ordenaba, hasta entonces, que el Premio Magón fuera otorgado a un escritor, como Premio Nacional de Literatura. Amiguetti lo recibió oficialmente en su condición de poeta, pero fue claro entonces que la ley debía reformarse, para que el Premio fuera de Cultura, y estuviera abierto a artistas, músicos y hombres de ciencia.

Así, el de 1971 le correspondió al escultor Juan Rafael Chacón, el de 1972 al ensayista León Pacheco, el de 1973 al escultor Francisco Zúñiga, y el de 1974 al pintor Quico Quirós.

Ingresó, pues, Joaquín Gutiérrez, a una familia ilustre, más ilustre ahora.

“Cocorí” recibió el Premio Rapa Nui en Chile en 1948: “La Hoja de Aire”, el Premio Aquileo Echeverría de cuento en 1968; “Murámonos Federico” el Premio Editorial Costa Rica y luego el Aquileo de novela en 1973. Y ahora, el autor de todo eso, el Magón.

Lo dicho: lo que le falta es la Galería de la Fama del Deporte. Y también la tiene al alcance de la mano.

(Artículo publicado en la Revista del periódico Excelsior, en la Sección “La figura de la semana”, el 29 de febrero de 1976, p.3)

 

Vladimir de la Cruz
Político, historiador, profesor universitario y ex embajador de Costa Rica en Venezuela. 
Fue candidato presidencial del partido izquierdista Fuerza Democrática en tres ocasiones.

 

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