Jonathan Masís Solís. Abogado

“Un hombre [una mujer] es lo que él [ella] hace con lo que hicieron de él [ella]”, igual sucede con las naciones, los pueblos e inclusive con la humanidad en su conjunto.

Nacer y nación comparten una misma raíz en su etimología, remiten a la noción de tener vida, de nacimiento. Desde luego, nacen los seres vivos, entre ellos el ser humano como paradigma de la evolución biológica; en otro sentido, las naciones son grupos humanos que comparten similitudes e ideales, historias compartidas, reivindicaciones, herencias y etnias que los aglutinan en naciones. Maritain las define así: “una nación es una comunidad de hombres [y mujeres] que toman conciencia de sí mismos tal como la historia los [/as] ha hecho, que están vinculados al tesoro de su pasado y que se quieren tal como se saben o se imaginan que son, con una especie de inevitable introversión”.

Yendo hacia el ámbito jurídico, naturalmente las normas del ordenamiento son gestadas por las naciones a través de una realidad siempre dialéctica de intereses, presiones, pasiones, romances, lobbies: luchas constantes por el poder, como lo hacemos las personas cuando lidiamos con nuestra constitución fisiológica y psicológica. No siempre vence el mejor combatiente, ni el más audaz, ni el más bueno, ni el más inteligente, ni el más veloz; aún y cuando pueden resultar estos ganadores, desconocemos lo que en el futuro ese combate puede desencadenar cuando se interactúe entre los intérpretes, formuladores y reformadores del Derecho y con los creadores de jurisprudencia. Es hoy una verdad indiscutible el axioma según el cual los derechos siempre deben interpretarse pro hominem, pro libertates y de forma evolutiva (siempre hacia adelante); sin embargo, no está garantizado que encontremos en algún decisor judicial o algún tomador de decisiones legislativos o administrativas interpretaciones contra los anteriores axiomas básicos.

Otro de los aprendizajes aleccionadores de las páginas de la historia es el salto copernicano que significa dejar de considerar algunas normas de la Constitución Política, principalmente las que decretan Derechos Humanos, solamente como principios inspiradores, programáticos, generales y etéreos y pasar hoy día gracias, entre otros, al Recurso de Amparo Constitucional; es decir,  considerar a la Constitución Política como un verdadero código de normas jurídicas que ostentan una fuerza de poder supremo y otorgan derechos, deberes y obligaciones concretas, que inciden día a día hacia y en pro de las personas y oponibles al Estado (a sujetos de derecho privado también en tanto realizan funciones públicas, por ejemplo, los banqueros o los comerciantes conforme con la ley de Defensa Efectiva del Consumidor) y a todas sus instituciones de Derecho Público, inclusive mediante la coerción; por ello, su desobediencia es sancionada inclusive con pena privativa de libertad en contra del funcionario competente.

En otras palabras, las normas jurídicas tienden a funcionar para las personas y grupos de personas, con funciones que pueden variar circunstancialmente, ya sea por razones objetivas o subjetivas. Para muestra de lo anterior, muchos regímenes totalitarios a través de la historia tienen su punto de salida (y meta de llegada al mismo tiempo) en la promulgación de una nueva Constitución Política: carta político-ideológica, en la que se erigen por antonomasia los derechos políticos, civiles y las libertades humanas. En las democracias, por otra parte, dicho documento es un gran edredón que cobija a las personas con un retaceo de Derechos Humanos antiguos y de reciente data, los cuales se incorporan conforme se van desarrollando: o vía jurisprudencial (Sala Constitucional en Costa Rica) o por reforma parcial a la Constitución Política.

Podemos entonces decir que la relación entre la Constitución Política y el Estado se asemeja a un partido de fútbol. La Constitución Política marca la cancha al poder ostentado por el Estado, se trazan las situaciones de los ciudadanos frente al Estado y entre sujetos particulares. En el partido participan todos los/as actores sociales de la nación, será más o menos acorde con un fair play o las reglas básicas de la disciplina, según lo indique dicha Carta Fundamental. Sabemos bien que el juego está dispuesto siempre para que el equipo que juega con la democracia y el Estado de Derecho pueda anotarle goles a la cancha del autoritarismo, el poder irracional y la restricción de derechos fundamentales, esos son los objetivos y fines primordiales de las democracias republicanas.

De la misma forma como en un país (que en el caso de Costa Rica coincide con la nación costarricense) se introducen esas importantes líneas de juego mediante la Constitución Política, asimismo hay valiosas razones históricas que introdujeron un vasto número de Derechos Humanos y dieron con el nacimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos un 10 de diciembre de 1948 en París en el seno de las Naciones Unidas (su antecedente fue la Declaración de Derechos del Hombre como cúspide de la Revolución Francesa), por lo cual, el 10 de diciembre anterior cumplió 75 años; para el 2024 obviamente tendrá 76, así sea con unos días de retraso o de forma anticipada (da igual, cuando la dicha es buena): ¡feliz cumpleaños!

Como es natural, se precisa un poco de contexto resumido a este nacimiento. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) ha finalizado, la comunidad mundial está impactada y devastada por los efectos de la guerra horrenda y mundial: ciudades e infraestructura destruidas, aproximadamente 70 millones de personas muertas y la impresión del débil efecto que el derecho internacional tiene para contener el irracional poder ostentado por las potencias y materializado en un holocausto de espanto y sin precedentes en la historia. Dicho derecho internacional resulta ineficaz cuando el derecho interno por una parte y la voluntad política, de los gobernantes por otra, juegan en equipos contrarios. Detalles más puntuales de esta historia exceden el objetivo de este artículo y desde luego es aconsejable (re)leerlos.

Así como inédita fue la segunda guerra, la cual puso a la libertad y a la paz colgando de un peñón, también lo fue la solución. Los estados democráticos del mundo, agrupados desde antes en la Liga de Naciones o Sociedad de Naciones (SDN; fundada en 1919 por el Tratado de Versalles promulgado por la Conferencia de París) promulgaron un documento orgánico que sistematizaba Derechos Humanos en un documento escrito, situando en la cúspide de sus misiones la paz y respeto del Derecho entre los estados firmantes y suscribientes posteriores.

La germinación del 10 de diciembre de 1948 no fue azarosa pues la historia es elocuente en registrar cuándo y cómo se fraguaron documentos que sistematizan y positivizan los derechos vitales para la vida y existencia sobre el Planeta Tierra desde Adán y Eva hasta nuestros días. Todo lo cual, a la postre germinó con documentos y declaraciones internacionales que postularon los derechos humanos con los facultativos procesos y procedimientos para su defensa judicial cuando de pleno derecho no son respetados.

Aún y cuando implica un salto importante en el ínterin histórico, es la Declaración de los Derechos Humanos un vuelco copernicano hacia la positivización y defensa de los Derechos Humanos, y pues es muy válida la razón por la cual, en diciembre de cada año, representantes de organizaciones Internacionales como la Organización de Naciones Unidas, se reúnen y festejan alrededor de tan importante documento, para celebrar.

Podríamos afirmar que es la Declaración de Derechos Humanos una criatura de la ONU, porque uno de los primeros actos luego de su erección en 1945 fue redactar esta declaración, como antes mencioné, en París donde fue suscrita por 56 países y posteriormente ha sido ratificada por muchos otros países más y hoy su efectividad depende de la buena voluntad que tengan los gobiernos para respetarla.

Es esencial concatenar lo anterior con la carta de las Naciones Unidas, suscrita en junio de 1945 en San Francisco, la cual en el preámbulo indica: “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos:

a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles,

a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas,

a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional,

a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad.”

Ahora bien, veamos brevemente un esbozo del contenido de la Declaración Universal de Derechos Humanos: “Artículo 1. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos. Están dotados de razón y conciencia, y deben actuar en sus relaciones mutuas con un espíritu de fraternidad”.

A partir de dicho artículo podremos leer, hacer ejecutar y ordenar cumplir los derechos humanos, los cuales se caracterizan y distinguen por otros derechos porque son inalienables, imprescriptibles e irrenunciables. Es decir, le pertenecen a toda persona por la simple razón de serlo, no podrá alegarse prescripción de estos derechos en contra de las personas, ni tampoco aún y cuando hayan hecho firmar un documento o mediante una declaración verbal así conste, ninguna persona puede renunciar a sus derechos humanos.

Ahora, brevemente, voy a indicar cuáles son los principales retos para la defensa de los derechos humanos hoy: en primer lugar la relación del Estado y de todas y cada una de las personas con el medioambiente, no abdicar en su función de cumplir y hacer cumplir las leyes de protección medioambiental; el respeto de los derechos de las mujeres y de grupos discriminados por razones étnicas, religiosas o económicas, principalmente las personas migrantes; respetar y hacer respetar el derecho humanitario de las personas migrantes; lo relativo al respeto de derechos humanos de las personas trabajadoras, la proscripción del trabajo infantil o de mujeres en estado de embarazo, respetar y hacer respetar en todos los ámbitos de su quehacer el principio de dignidad de la persona humana; el respeto, resguardo y protección de las personas periodistas y de todo el personal que se dedica a divulgar noticias en medios de comunicación masiva, por citar algunas de las áreas que considero más susceptibles de vulneraciones e infracciones a los contenidos de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La persona lectora podrá observar las cifras de infracciones de derechos humanos en el sitio web de la ONU “Nuevas estadísticas mundiales sobre derechos humanos destacan en el Informe de objetivos de Desarrollo Sostenible” de 14 de julio de 2020 (Nuevas estadísticas mundiales sobre derechos humanos destacan en el Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible | OHCHR).

En fin, motivos para celebrar hay muchos, hoy somos una sociedad más inclusiva e incluyente en varios aspectos y desde diversas aristas, situaciones jurídicas que hoy damos por sentadas son conquistas de luchas que se fraguaron durante décadas y tal vez siglos. Sin embargo, que la celebración no nos embriague de optimismo y logremos vislumbrar en ese hermoso bosquejo, cuáles situaciones aún son retos pendientes, y en el día a día preguntarnos cómo podemos hacer materialmente posible la protección de los derechos humanos aun y cuando haya que recurrir a medios legales coercitivos para su defensa.