Una reflexión sobre dos Costa Ricas que conviven sin encontrarse
Jorge V. Vilaplana, Economista.
Costa Rica: un país de burbujas
Costa Rica hoy pareciera ser un conjunto de múltiples burbujas y varias economías a la vez: coexisten, pero no se integran y, a duras penas, se traslapan tenuemente. Esa fractura no es solamente económica. También se expresa en la educación, la seguridad, la salud, las oportunidades laborales y, cada vez más, en la manera en que distintos grupos entienden la democracia y el Estado.
A continuación me refiero a dos de esas burbujas. No pretendo que sean las únicas ni que describan a todas las personas que viven en ellas. Son, más bien, dos realidades sociales que ayudan a entender por qué una parte del país siente que Costa Rica funciona razonablemente bien, aunque requiera mejoras importantes, mientras otra siente que el sistema le cerró las puertas.
El Informe Estado de la Nación 2025 describe una Costa Rica en la que algunos indicadores mejoraron, pero sobre bases frágiles: bajaron la pobreza y la desigualdad, mientras persisten problemas de empleo, inversión social, educación y seguridad. El propio Programa Estado de la Nación advierte que el crecimiento económico no se ha traducido de manera suficiente en oportunidades para todos.
Primera burbuja: los beneficiarios de la Segunda República
La primera burbuja es aquella a la que pertenezco. La formamos quienes, indistintamente de nuestro origen y condición socioeconómica, nos hemos beneficiado de las bondades de la Segunda República. Fundamentalmente, somos un grupo cuyas edades rondan los cincuenta años o más.
Tuvimos la oportunidad de estudiar y de posicionarnos en un nivel económico relativamente bueno. Eso nos permitió exponernos a otras culturas, a diversidad de ideas e incluso, en algunos casos, estudiar en el extranjero. Somos también quienes, a capa y espada, defendemos los valores democráticos y la institucionalidad construida, a pesar de sus fallas.
Y tenemos razones para hacerlo: comprendemos lo que su deterioro, desmantelamiento y eventual ausencia puede significar para toda la sociedad, no solamente para nosotros. Hemos visto el costo humano y económico que el debilitamiento institucional ha tenido en otros países y no queremos ese destino para Costa Rica.
Sin embargo, emulando a la princesa troyana Casandra, hemos advertido peligros sin ser escuchados más allá de nuestra propia burbuja. Y debemos asumir una parte de la responsabilidad: como grupo social, también le hemos fallado al país.
Durante años vimos cómo nuestras instituciones y poderes se contaminaban de corrupción, ineficiencia e ineptitud, y optamos demasiadas veces por esconder la cabeza en la arena. Mientras eso ocurría, la desigualdad se agigantaba y nosotros seguíamos pensando que el problema estaba suficientemente lejos.
La educación se deterioraba inexorablemente y nuestra solución fue desentendernos y enviar a nuestros hijos a escuelas y colegios privados, profundizando una separación que ya existía. Con la seguridad pública en caída libre, optamos por residenciales de acceso restringido y seguridad privada. Y cuando la salud pública comenzó a mostrar señales cada vez más graves, recurrimos a la medicina privada, dejando a la Caja como último recurso.
La economía crecía, pero sus beneficios no llegaban de la misma manera a todos. Una parte de la población encontró oportunidades en los sectores más dinámicos de la economía —incluidas las zonas francas— mientras otros sectores y territorios quedaban rezagados.
El Estado de la Nación 2025 señala que el dinamismo económico sigue concentrándose en sectores y espacios específicos, mientras la economía genera relativamente poco empleo formal fuera de los segmentos más dinámicos. En el cuarto trimestre de 2024, alrededor de 845.000 personas tenían empleo informal, equivalente al 37,9% de la población ocupada.
Y cito estos ejemplos porque revelan algo incómodo: no basta con que una persona o una familia consiga protegerse del deterioro. Cuando quienes tienen capacidad para aislarse lo hacen, el problema colectivo deja de sentirse dentro de la burbuja y, precisamente por eso, tiende a agravarse.
Quizás nuestros hijos e hijas se mantengan dentro de nuestra misma burbuja: trabajando para una empresa extranjera, en una zona franca, en un negocio familiar o, simplemente, emigrando. Así hemos llegado a donde estamos hoy. Y no debería sorprendernos que otros nos perciban como parte del problema.
Segunda burbuja: quienes quedaron del otro lado de las grietas
La segunda burbuja está formada, fundamentalmente, por personas de treinta años en adelante que han caído a través de las grietas de un sistema en el que alguna vez creyeron. No necesariamente han dejado de esforzarse; muchas veces, todo lo contrario. Se han acomodado como han podido ante un futuro con pocas oportunidades de mejoramiento socioeconómico, educativo y de salud.
Son personas forzadas a trabajar en ocupaciones con escaso potencial de crecimiento para ellas y sus familias, mientras enfrentan diariamente medios y redes sociales que exaltan un nivel de vida al que no tienen acceso.
Es ilusorio pretender que alguien cuya preocupación cotidiana es llevar un bocado a la mesa se identifique automáticamente con conceptos cívicos como república, democracia, derechos y libertad. Al igual que Sísifo, debe subir la montaña con la roca a cuestas todos los días de su vida.
Durante más de cincuenta años hemos pretendido combatir la pobreza. Sin embargo, una parte importante de la población permanece atrapada en condiciones que dificultan salir de ella. El problema no es solamente cuánto dinero recibe un hogar, sino si tiene acceso real a educación, salud, empleo de calidad, seguridad y oportunidades para avanzar.
Según el Estado de la Nación 2025, la pobreza por ingresos cayó de 21,8% de los hogares en 2023 a 18,0% en 2024. La reducción es importante, pero el informe advierte que no estuvo impulsada principalmente por un fuerte aumento del empleo formal o por una expansión sólida de las oportunidades para los hogares de menores ingresos. Eso vuelve frágil la mejoría.
La pobreza, además, no se distribuye de manera uniforme. El Estado de la Nación identifica fuertes diferencias territoriales y muestra que la pobreza multidimensional está asociada a carencias que van más allá del ingreso. Entre los hogares en pobreza multidimensional, el 64% presenta una carencia de bajo desarrollo de capital humano, frente al 20% de los hogares que no son pobres bajo esa medición. El dato ayuda a explicar por qué la educación sigue siendo una de las principales fronteras entre las burbujas.
Cuando una persona no encuentra la forma de resolver sus problemas, busca respuestas fuera de si: en la religión, en un personaje salvador o en quien prometa soluciones rápidas. Entonces, ¿por qué nos sorprende que una parte de la población esté enojada y sea receptiva a los cantos de sirena de algunos inescrupulosos que quieren canalizar ese enojo hacia sus propios intereses?
La seguridad: cuando la burbuja no te proteje
La seguridad pública es quizás el ejemplo más evidente de que las burbujas no pueden mantenerse aisladas indefinidamente. Podemos pagar vigilancia privada, vivir detrás de portones y desplazarnos en vehículos seguros, pero la violencia termina afectando el espacio público, la economía y la confianza. La tasa de homicidios en los dos últimos años ronda alrededor del 17 por cada 100,000 habitantes, valor muy por encima del umbral de 10 por 100.000 que la OMS utiliza como referencia de epidemia.
Más revelador aún: el 70% de los homicidios de 2024 estuvo asociado a ajustes de cuentas o venganzas, y el 78% se cometió con armas de fuego. La violencia, además, golpea de manera diferenciada: afecta especialmente a hombres jóvenes y se concentra con mayor intensidad en territorios con rezago social y zonas costeras.
Esto vuelve a conectarnos con la idea de las burbujas. La inseguridad no es un fenómeno separado de la desigualdad, la falta de oportunidades o el debilitamiento de los servicios públicos. El propio Estado de la Nación analiza estas conexiones y advierte que la violencia homicida tiene efectos sobre la integración social y el desarrollo.
Educación, Salud y Estado: la factura de mirar hacia otro lado
La primera burbuja pudo responder al deterioro de los servicios públicos con soluciones privadas. Pero esa estrategia tiene un límite: una democracia no puede sostener indefinidamente dos sistemas paralelos de oportunidades, uno para quienes pueden pagar y otro para quienes dependen exclusivamente de lo público. El Estado de la Nación 2025 destaca cómo inversión social está en retroceso y señala que entre 2010 y 2024 la proporción del gasto público destinada a inversión social cayó de 78,8% a 68,1%. Dentro de esa estructura, la participación de educación bajó de 34,0% a 28,3% y la de salud de 28,3% a 26,1%,
Estos números no significan que todo deterioro pueda atribuirse a una sola administración o a una sola decisión. El problema es más profundo y viene de años atrás. Precisamente por eso, resulta insuficiente buscar culpables inmediatos: necesitamos reconocer una tendencia estructural.
La educación es especialmente importante porque funciona como puente entre las burbujas. Si ese puente se debilita, la movilidad social también se debilita. El Programa Estado de la Nación ha advertido que la caída en la inversión educativa y por estudiante compromete la capacidad del país para sostener los avances alcanzados y formar las personas que necesita para crecer.
El frío no está en las cobijas
El frío no está en las cobijas, dice el refrán popular. Negar nuestra responsabilidad en el resquebrajamiento del sistema institucional no es de recibo.
Hemos permitido que los partidos políticos nos pongan a elegir gobernantes mediocres y representantes mediocres, que crean leyes mediocres y que eligen jueces mediocres para dispensar justicia mediocre. Y no se trata solamente de las falencias de los partidos politicos, ¿Qué dice esto de nosotros, quienes somos los que los elegimos?
Nos encontramos ante un mundo y una Costa Rica carentes de liderazgos y de ideas suficientes para resolver problemas acumulados y agravados durante muchos años. Su solución requiere sacrificio, tiempo y, quizás, un nuevo pacto social.
El Estado de la Nación 2025 aporta una advertencia que encaja con esta reflexión: el país puede mostrar buenos resultados coyunturales —crecimiento, menor pobreza o estabilidad fiscal— sin que eso signifique que haya resuelto sus problemas estructurales. La pregunta relevante no es únicamente si Costa Rica crece, sino quién se beneficia de ese crecimiento y qué capacidades estamos construyendo para el futuro.
Entre el cinismo y el populismo
No debería sorprendernos, entonces, que pensemos cínicamente que los problemas son irresolubles o que los políticos buscan únicamente enriquecerse a costa del pueblo. Cuando esa percepción se vuelve generalizada, se institucionaliza el ‘patear la lata para adelante’: cada gobierno hereda los problemas, administra la coyuntura y deja para después las decisiones difíciles.
Mientras exista este sistema de burbujas, mientras no haya comunicación entre ellas, mientras falten empatía y solidaridad y quienes estamos de un lado no intentemos comprender cómo piensan y sienten quienes están en la acera de enfrente, seguiremos condenados a más de lo mismo. Recordemos que Hungría tardó 16 años en sacudirse democráticamente de un regimen autoritario, y los resultados están aún por verse. El péndulo mundial se está moviendo en la dirección del populismo, debemos luchar por ser la excepción.
El populismo encuentra terreno fértil cuando las instituciones dejan de resolver problemas concretos y cuando las personas dejan de creer que el sistema también trabaja para ellas. No basta con combatir al populismo en el discurso: hay que reducir las condiciones que lo alimentan.
Dice un amigo que el populismo es cómo un virus para el cuál no hay vacuna, siempre habrán resentidos y disconformes entre nosotros. El remedio está en que no sean mayoría y no tengan acceso al poder para promover agendas divisivas y extremistas. La responsabilidad de ejercer los filtros es de los partidos politicos, la de reducir el espacio social para los extremismos recae en todos y cada uno de nosotros y nosotras.
Tender puentes
Es necesario restablecer un diálogo sincero y franco entre las burbujas. No un diálogo para convencer al otro de que está equivocado, sino para comprender en cuál Costa Rica está viviendo. Tenemos mucho más en común que lo que nos separa.
La primera burbuja necesita reconocer que protegerse individualmente del deterioro no resuelve el deterioro. La segunda necesita recuperar la convicción de que las instituciones democráticas pueden volver a funcionar para ella. Ambas necesitan algo que hoy escasea: razones para confiar en que el futuro puede ser mejor.
Costa Rica todavía tiene fortalezas enormes. Pero no podemos vivir indefinidamente de los logros de la Segunda República mientras dejamos que se derrumben las condiciones que hicieron posibles esos logros.
La pregunta ya no debería ser quién tiene la culpa de que existan las burbujas. La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer para romperlas.
Todos merecemos y queremos una Costa Rica mejor. Es difícil combatir los intereses personales y el poder económico que se acumula alrededor del gobierno y de las instituciones. Sin embargo, quiero pensar en la nobleza, la paciencia y la suspicacia del tico para que podamos tender los puentes necesarios y no perdamos este lugar idílico llamado Costa Rica.
Iniciemos el diálogo.
Referencias
- Programa Estado de la Nación. Informe Estado de la Nación 2025. Capítulos de Equidad e Integración Social, Oportunidades, Estabilidad y Solvencia Económica y Fortalecimiento de la Democracia.
- Programa Estado de la Nación. Informe Estado de la Nación 2024

