Jorge Vilaplana: Un evento, dos reflexiones

Hay un tiempo antes y después de la llegada de Trump a la Casa Blanca.  Si bien desde su elección algunos temíamos su estilo abrasivo y mercenario, nuestra imaginación nunca llegó tan lejos como para visualizar lo que estamos viendo y viviendo.

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Jorge Vilaplana, Economista.  

En los últimos días, la televisión y la radio estadounidenses de inclinación demócrata han olfateado la sangre en el agua, y como tiburones en frenesí, han incesantemente explotado la secuencia de pasos en falso que ha dado el presidente Trump con respecto a la presunta extorsión ejecutada en contra del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky.  Al mismo tiempo, Trump TV (Fox y afiliadas) ha salido en su defensa, minimizando y descalificando el torrente de reportes de comportamiento impropio del Presidente Trump y altos funcionarios del gobierno, tratando de tender una cortina de humo, prestidigitando y redireccionado la atención a teorías de conspiración con respecto a las elecciones del 2016, culpando a Ucrania por la interferencia, las raíces del reporte Müeller, y los ficticios negocios oscuros de la familia Biden en Ucrania y otras partes del mundo.

Primera reflexión

El presidente Trump comentó hace un tiempo, que su popularidad era tal “que podría matar a alguien y salirse con la suya”.  Este es un comentario cargado.  Sus seguidores son inmutables, y sus correligionarios republicanos cómplices silenciosos.  Ambos le refuerzan un halo y aire imperial cargado de prepotencia e irreverencia ante: normas y preceptos de civilidad, instituciones democráticas tanto políticas como sociales, y la verdad.

Al centro de esta crítica, radica mi preocupación por la democracia estadounidense y las instituciones que la sostienen.  Donald Trump ha llevado a límites inimaginables hace un par de años, el poder presidencial bajo el auspicio de un Senado cómplice o intimidado, que lejos de criticar su comportamiento irracional, errático, y peligroso, sale en su defensa y le alaba sus extravagancias y soberbia.

Hay un tiempo antes y después de la llegada de Trump a la Casa Blanca.  Si bien desde su elección algunos temíamos su estilo abrasivo y mercenario, nuestra imaginación nunca llegó tan lejos como para visualizar lo que estamos viendo y viviendo.

Los demócratas desde el Congreso han tratado de llamar a cuentas a la administración Trump solicitando documentos y generando audiencias para altos funcionarios tan solo para ser ignorados o burlados mediante el uso del privilegio presidencial, equivalente al contrato de confidencialidad entre abogado y cliente, aplique o no.  Sin más alternativa que recurrir a las cortes, la espera por resoluciones se hace interminable y ello evidencia la estrategia de la Casa Blanca: postergar, postergar, y postergar.

Si bien los Fundadores de la Nación visualizaron un gobierno apoyado en tres ramas con igual poder, el presidente Trump ha evidenciado la debilidad de este balance, en el que igual no siempre significa igual.

Paralelamente a todas sus acciones presidenciales, con el apoyo del líder del Senado, Mitch McConnell (“Moscow Mitch”, como le dice la prensa por haber nacido en Moscú, Kentucky y conexiones con el gobierno ruso, que ha invertido abundantemente en su estado), se han enfocado a desbalancear el aparato judicial con el nombramiento de cientos de jueces y probablemente uno o dos más en la Corte Suprema.

Tradicionalmente había pensado que el daño que un mal presidente puede causarle a un país era limitado.  Hoy confieso mi error.  Al igual que muchas otras naciones del tercer mundo, los Estados Unidos también es vulnerable a presidentes corruptos bajo el auspicio y complicidad de legisladores incompetentes y un sistema judicial con un serio problema de glaucoma o comprometido.

Tristemente, el pueblo estadounidense no percibe el peligro inminente en el que se encuentra.

Segunda reflexión

El affair que Donald Trump y Vladimir Putin han sostenido desde la elección del primero es mucho más complejo de lo que salta a primera vista.  No solo el presidente Trump ha ignorado la evidencia presentada por los organismos de seguridad nacional, creyéndole a Putin más que a sus funcionarios, sino que también se ha prestado en calidad de peón a la maquiavélica estrategia global rusa.

La remoción de las sanciones impuestas por la comunidad internacional a Rusia después de la invasión y anexión de la península de Crimea ha sido una espina en el costado de Vladimir Putin.  Y el presidente Trump no cesa de solicitar que Rusia sea invitada nuevamente a los foros gubernamentales de los países poderosos.  Es ahí donde nuevamente cobra importancia de la relación entre los Estados Unidos y Ucrania.

Mientras que la administración Trump “pedaleaba” la ayuda militar a Ucrania con el fin de obtener información negativa (real o ficticia) de oponentes demócratas, apoyaba en paralelo a Rusia debilitando la capacidad de negociación del gobierno de Zelensky.

Una Ucrania débil alcanzando un acuerdo con Rusia, abre las puertas para la restauración de la imagen internacional rusa y potencialmente llevaría al levantamiento de las sanciones.

No cabe duda de que el mejor aliado que Vladimir Putin podría desear es el presidente Donald Trump, no solo por su papel en la destrucción del modelo estadounidense, sino también por su silencio ante el deliberado debilitamiento de la institucionalidad democrática en el resto del mundo.

 


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