José Joaquín Arguedas: Elección de autoridades universitarias. Una democracia bien amarrada

Al fin de cuentas, más que las personas, lo que falla es el sistema, que permite todo tipo de abusos para el que quiera aprovecharse.

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José Joaquín Arguedas Herrera, Politólogo.

Desde mi experiencia como estudiante universitario, he escuchado hablar de democracia intra-universitaria. La oportunidad de que cada universidad tenga “autonomía”, no se discute, especialmente en cuanto al principio de libertad de cátedra. Lo que no está bien es que este principio, cuando abarca el autogobierno, se haya venido prestando para abusos, totalmente opacos ante la ciudadanía, que es la que paga la fiesta.

En mi segundo año de carrera matriculé un curso anual con un connotado catedrático. Lo vimos solamente tres veces durante ese año. Las clases las daba un “asistente” y a veces la novia del asistente. No era el único. Algunos profesores venían a una sesión de clase y se iban un mes completo, producto de sus ocupaciones internacionales, dado su estatus de celebridad. Alguno nos recordaba que en vez de quejarnos, debíamos agradecer que en nuestro curriculum apareciera haber sido alumno de “Don Fulano de tal…”. Pero también maestros, la mayoría sin duda,  que además de inmensos profesionales, fueron siempre puntuales y responsables.

Al fin de cuentas, más que las personas, lo que falla es el sistema, que permite todo tipo de abusos para el que quiera aprovecharse.

En algún momento, en ese tiempo- los problemas rebalsaron y se declaró una “huelga”, donde se pedía cambiar a las autoridades de la unidad académica, creyendo ingenuamente que con eso se arreglaba el problema.  Rápidamente nos dimos cuenta de que quien nombraba y quitaba autoridades era una “asamblea de escuela”, conformada por una pequeña argollita de 5 o 6 profesores, de la que formaban parte precisamente algunos de esos escapados, excluyendo a la gran mayoría de docentes -30 o más-  que estaban nombrados como interinos, y por ende -al menos entonces- no podían opinar y menos elegir.

Todo aspirante a cargos de autoridad lo primero que debía comprometerse era a “no molestar” a sus electores. La citada huelga lo que la Asamblea “reubicara” a alguna autoridad, pero luego que esta se desmovilizara, todo siguió igual. Un profesor nos trajo a colación en aquellos añorados días la moraleja intrínseca en la novela El Gato Pardo, de Guissepe Tomasi di Lampedusa: debemos hacer que todo cambie, para que nada cambie.

Estas pequeñas argollitas llamadas asambleas de escuela o similar, luego van y eligen decano, asambleas de facultad y más allá,  eligen consejo universitario y rector. Aunque voten administrativos y estudiantes el valor del voto docente –en propiedad- es porcentualmente superior. Todos somos de los mismos y aunque entre ellos se detesten de la boca para afuera, se recuerda siempre que “los bomberos no se majan la manguera”. La “autonomía universitaria” es sagrada y ninguna mirada intrusa debe profanarla.

El  ingreso a la carrera universitaria en propiedad,  tenía necesariamente que pasar por el tamiz de la mencionada asamblea de escuela o equivalente. Los electores cuidaban con precisión quirúrgica quien entraba y quien no, al fin de cuentas sería un futuro voto y por otra parte, entre menos electores, más fácil ejercer el control, para ello los concursos se dilatan en el tiempo. Algunas unidades académicas pasan hasta una década sin realizarlos, no sea que ingresen colegas electores “con hojas de ruta” muy propias.

Por el contrario, sí se realizan innumerables nombramientos en propiedad –con mucha dispensa de trámites- para administrativos, admitiendo en ellos muy seguramente solo a interinos, – que por lo general llegaron allí “a dedo”- lo cual violenta los tres principios elementales y necesarios para validar una función pública profesional, a saber, los principios de publicidad, igualdad y mérito (o idoneidad).  Esto trae consigo muchos vicios, donde el más notorio es el crecimiento exponencial de la planilla administrativa, al modo que lo denuncia la conocida “Ley de Parkinson”. La proporción de administrativos frente al crecimiento de la planilla docente, se hace cada vez más asimétrica, denunciándose a menudo que, a diferencia de universidades europeas y norteamericanas de prestigio, cuya relación es de 1 a 5 (un administrativo por cada 5 docentes) en Costa Rica algunos centros de enseñanza han invertido la fórmula, lo que permite que este grupo mayoritario domine los sindicatos y termine imponiendo indebidamente su particular agenda.

Regularmente este sistema permite el afloramiento de nepotismo y compadrazgo, donde cada instancia de poder va a tener una porción del pastel.

Así, las autoridades se eligen pero no mandan, excepto para repartir el presupuesto, y como sabemos, dado que si se ponen “repugnantes” con sus colegas, no hay reelección y entonces se acaban los sobresueldos, las dietas, las asesorías financiadas por fundaciones y el manjar de algunas autoridades universitarias: los abundantes viajes.

Si los diputados, que a veces se mueren de la envidia por lo que sucede en unos ministerios, conocieran los informes migratorios de algunos profesores, catedráticos,  coordinadores, vice rectores; caerían en cruz. Escuché en una ocasión, con mucho sarcasmo: “El profesor (x),  en una de sus breves visitas al país, dejó la instrucción para…”.

En este caleidoscopio gerencial,  las universidades van a elecciones muy a menudo, siempre hay alguna elección en el horizonte, en este marco de democracia controlada, para que, glosando de nuevo a Di Lampedusa, nada cambie. Y si a alguien no le gusta el panorama descrito, ipso facto se convierte en apóstata de la inmaculada autonomía universitaria, o lo que es lo mismo, siguiendo a Ibsen, en un enemigo del pueblo. Al llegar a este punto se acaba el Lucen auspicio.

Este centralismo democrático en palabras y obras de Lenin -que inspira este modelo de administración universitaria- no es justo para la democracia costarricense, el buen manejo de la cosa pública y menos para los ciudadanos, que como se dijo, pagan la fiesta.

josejoaquinarguedas@gmail.com
El autor es Politólogo, académico y ex Director General de Servicio Civil.

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