José Joaquín Arguedas: La inteligencia emocional – Nuevo o viejo paradigma

En los albores de este nuevo milenio, requerimos una revolución educativa que de prioridad a los valores emocionales. Cada vez son más los argumentos que demuestran que la clave para el logro de objetivos de seguridad en sí mismo y éxito, no se basa tanto en la capacidad intelectual de los niños, jóvenes y adultos, como en su Inteligencia Emocional.

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José Joaquín Arguedas Herrera, Politólogo.

“Hemos dividido las virtudes del alma al decir que unas son del carácter y otras de la inteligencia. …Con antelación hemos dicho que hay dos partes del alma: la dotada de razón y la irracional.”
Aristóteles. Etica Nicomaquea

El hombre y la mujer, seres con una inteligencia imperfecta,  pero perfectible, construyen un mundo artificial, un cuerpo de ideas llamado “ciencia”, que puede caracterizarse como conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y, por consiguiente, factible. (Mario Bunge). Para lograr esta reconstrucción conceptual del mundo, en forma amplia profunda y exacta, el hombre utiliza la investigación (del latín investigatio, que significa “seguir el rastro”), o sea: una actividad del entendimiento que se caracteriza por buscar el conocimiento más extensa y profundamente. (Rodrigo Barrantes, EUNED, 2000). 

La ciencia puede ser difícil de entender –nos recuerda Carl Sagan- dado que puede desafiar creencias arraigadas. Cuando sus productos se ponen a disposición de políticos e industriales, puede conducir a las armas de destrucción masiva y a graves amenazas del entorno. Pero debe decirse una cosa a su favor: cumple su cometido.

Ahora bien, a qué tanto cuento si el título de estos comentarios habla de inteligencia emocional. A eso vamos.

El término “inteligencia emocional” adquiere carta de identidad a partir de 1990 en los escritos de los psicólogos estadounidenses John Mayer y Peter Salovey. Sin embargo, es luego del éxito editorial de la obra Emotional Intelligence, (1995), escrita por Daniel Goleman, colocada en la primera plana de la Revista Time, e incluso con una recomendación del entonces Presidente Bill Clinton, que todo estudioso de las ciencias sociales, administrativas y educativas a partir de la década del 90, ha tenido que preguntarse: ¡y eso qué es?.

El tema no es nuevo. Un verdadero tratado lo encontramos en la Etica Nicomaquea, de Aristóteles. De hecho, es significativo que el libro de Goleman, inicie con la conocida máxima del maestro estagirita: Cualquiera puede ponerse furioso…eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil. Sin embargo, el auge positivista del siglo XX nos llevó a sobredimensionar la importancia de la llamada medición psicométrica, y por ende del coeficiente intelectual (CI).

Decíamos anteriormente que Salovey y Mayer fueron los primeros en definir la inteligencia emocional (IE) entendiéndola como “un subconjunto de la inteligencia social que comprende la capacidad de controlar los sentimientos y emociones propios así como los de los demás, de discriminar entre ellos y utilizar esta información para guiar nuestro pensamiento y nuestras acciones”.

Sin embargo, más que una definición de IE, los autores prefieren hablar de factores que entran en juego para explicar el por qué del éxito de personas que con un CI modesto se desempeñan sorprendentemente bien. Salovey y Mayer incluyen aspectos como empatía, la expresión y comprensión  de los sentimientos, el control de nuestro genio, la independencia, la capacidad de adaptación, la simpatía, la capacidad de resolver problemas en forma impersonal, la persistencia, la cordialidad, la amabilidad, el respeto.

Daniel Goleman incluye el autodominio, el celo, la persistencia y la capacidad de motivarse a uno mismo. Asegura que estas habilidades pueden enseñarse a los niños, dándoles así mejores posibilidades de aprovechar el potencial intelectual que la lotería genética les ha brindado.

En un segundo libro sobre el tema, más ambientado hacia la empresa, (Goleman 1999) agrega que la inteligencia emocional determina nuestro potencial para aprender nuestras habilidades prácticas, basándose para ello en cinco elementos: conocimiento de uno mismo, motivación, autorregulación, empatía y destreza para las relaciones.

También nos aclara lo que no es IE; veamos: primero, IE no significa simplemente “ser simpático”. En determinado momento, puede requerir por el contrario, enfrentar sin rodeos a alguien para hacerle ver una verdad importante, aunque molesta, que haya estado evitando; segundo,  también en la perspectiva de Goleman, la IE no significa dar rienda suelta a los sentimientos, “sacando todo afuera”. Por el contrario significa manejar los sentimientos de modo tal de expresarlos adecuadamente y con efectividad, permitiendo que las personas trabajen juntas, sin roces, en busca de una meta común.

Las mismas capacidades del CE que dan como resultado que un niño sea considerado como un estudiante entusiasta por su maestro o sea apreciado por sus amigos en el patio de recreo, también lo ayudarán dentro de veinte años en su trabajo o matrimonio, demuestra Lawrence Shapiro. Por lo demás, opina que, tal vez la principal distinción que encontramos entre el CI y el CE, es que el CE no lleva una carga genética tan marcada, lo cual permite que padres y educadores partan del punto en el que la naturaleza ya no incide para determinar las oportunidades de éxito del niño.

De hecho, Shapiro aporta información preocupante en cuanto a que cada generación de niños parece volverse más inteligente, pero sus capacidades  emocionales y sociales parecen estar disminuyendo vertiginosamente. Aporta datos que visualizan una virtual epidemia de depresión que ha aumentado casi diez veces  entre los niños en los últimos 50 años y que se esta produciendo ahora a edades cada vez más tempranas.

En los albores de este nuevo milenio, requerimos una revolución educativa que de prioridad a los valores emocionales. Cada vez son más los argumentos que demuestran que la clave para el logro de objetivos de seguridad en sí mismo y éxito, no se basa tanto en la capacidad intelectual de los niños, jóvenes y adultos, como en su Inteligencia Emocional.

El autor es Politólogo y Administrador  de Empresas. Fue Director General de Servicio Civil y profesor en la UTN.

 

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