José Joaquín Arguedas: Políticos y burócratas, un matrimonio de conveniencia

Invito al estimable lector a preguntarse cómo funciona al respecto su gobierno local y por qué de seguro han crecido exponencialmente las plazas y los gastos. 

0

José Joaquín Arguedas Herrera, Politólogo.

En el año 2017 se publicó en Cambridge, Reino Unido, seguramente el más importante trabajo escrito en la  presente centuria sobre las relaciones entre políticos y burócratas en el Estado moderno.  Llama la atención la minuciosidad académica, la abundancia de bibliografía, elementos metodológicos,  indicadores, e instrumentos cuantitativos y cualitativos, así como la amplitud de la muestra de países estudiados,  que en algunos casos, supera la centena, incluyendo a Costa Rica. 

El trabajo comentado (Víctor Lapuente y Carl Dahlström. Organizando el Leviatán: Por qué el equilibrio entre políticos y burócratas mejora los gobiernos. Barcelona: DEUSTO. 2018) destaca la colaboración de dos académicos europeos adscritos a la Universidad de Gotemburgo, Suecia, pero provenientes de dos culturas sociopolíticas y tradiciones jurídicas muy distintas.  Carl Dahlström es sueco y Víctor Lapuente español. 

Veamos una de sus conclusiones más relevantes: “La burocratización de la política puede ser tan perniciosa para la calidad del gobierno, como la politización de la burocracia, porque en ambos casos se produce la integración de los destinos profesionales de dos facciones distintas en una sola… Esto requiere que los políticos no se impliquen en la contratación y la promoción de los funcionarios y que, también de manera crucial, los burócratas no se conviertan en políticos.”

El título hace referencia a la obra capital del pensamiento político occidental,  Leviatán o la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y  civil (1651) que contiene la teoría del Estado del filósofo inglés  Thomas Hobbes, que a saber, concibe metafóricamente al Estado como la bestia bíblica que aparece en el libro de Job. Esta obra popularizó la célebre frase latina (Plauto, 250-184 a. de C.)  “el hombre es un lobo para el hombre” -homo homini lupus- para referirse a que el estado natural del hombre lleva a una lucha continua contra su prójimo. 

En nuestro entorno posiblemente este ejemplo también se hubiese tropicalizado mencionando la obra de Octavio Paz, El ogro filantrópico. (1979). Paz, Premio Novel de Literatura, hacía referencia al amenazante fenómeno  del estatismo y la nueva clase a la que dio lugar, la burocracia.   Para el caso mexicano y más acá, ésta la constituyen los empleados que se creen dueños de las instituciones públicas donde trabajan y su percepción de que las entidades están al servicio de ellos y no de la sociedad.  

¿Por qué algunos países son menos corruptos y están mejor gobernados que otros?, se preguntan Lapuente y Dahlström. El libro sostiene que la organización de la burocracia del Estado es un factor crítico para la calidad del gobierno y llama la atención la ligereza con que es ignorado en mucha de la literatura existente. Los países donde los funcionarios de las burocracias públicas son reclutados por sus méritos, funcionan mejor que aquellos donde los empleados públicos deben sus puestos a sus conexiones políticas o filiales. Esto pareciera una verdad de Perogrullo, lo bueno es que cada afirmación que aparece en el libro, responde a un amplio y documentado estudio comparado.

Por otra parte, la garantía  de una contratación basada en mérito y no en las consideraciones políticas –condición sine qua non para la existencia de un sistema de servicio civil o función pública- supone en consecuencia un importante recurso para un gobierno de alta calidad. Lo interesante también es que la contratación meritocrática ya no está enlazada a caros y engorrosos sistemas de selección, fundamentados en principios memorísticos como los que equivocadamente ha querido endilgar nuestra Sala Constitucional al servicio civil para contratar al personal profesional no docente. En países más avanzados, como los nórdicos o Nueva Zelanda, la selección se realiza con predictores más simples y directos, semejantes a los que utiliza el  sector privado en todo el mundo. 

¿Qué ocurre cuando la actividad de los políticos  y los funcionarios esta tan entremezclada que las carreras de los segundos depende de las decisiones de los primeros? Los ejemplos demuestran que abunda la corrupción y se compromete la calidad del gobierno y por arrastre, de la democracia. El libro nos enfrenta a un debate necesario en cualquier país democrático o que aspira a serlo: el que hace referencia a la endogamia entre la política y la administración pública; el hecho de que muchos políticos sean funcionarios y que muchos no puedan ascender sino es agradando a los políticos, sin la necesaria distancia y vigilancia entre ambos. Resultado: una senda abierta a la corrupción, el despilfarro, el nepotismo  y a la falta de transparencia en todas sus formas. 

Con vista en experiencias -malas por cierto- de municipios españoles, vemos que la  capacidad de los políticos para designar a un gran número de cargos públicos ha contribuido de dos maneras a la proliferación de elefantes blancos. En primer lugar, el nombramiento político de importantes puestos administrativos permite a los cargos electos ignorar las consideraciones tecnocráticas y dar prioridad a objetivos cortoplacistas. El segundo mecanismo, hace que los vínculos clientelistas entre protectores políticos con capacidad para distribuir una gran cartera de trabajos en el sector público y su electorado, ayudan a conseguir la reelección de los primeros, casi de manera independiente a la actuación de su gobierno. 

Invito al estimable lector a preguntarse cómo funciona al respecto su gobierno local y por qué de seguro han crecido exponencialmente las plazas y los gastos. 

Sin embargo, Carl Dahlström y Víctor Lapuente señalan no ver ninguna razón para pensar a priori que los burócratas son mejores personas que los políticos, ni tampoco peores, como a veces ha sugerido la literatura sobre elección pública. Nosotros adoptamos un planteamiento más pragmático. Creemos que los burócratas,  pero también los políticos, son buenos o malos, dependiendo de la estructura organizativa en la operan. Cuando una burocracia es extremadamente autónoma también podemos tener una condición indeseable. Greif (2008) señala que una entidad política dominada por administradores podría tener efectos tan negativos como una controlada por un gobernante sin restricciones”. Y no debemos olvidar que en “numerosas economías emergentes y desarrolladas… legal e ilegalmente, [los burócratas –y no solo los políticos- roban al contribuyente] (The economist, 2012). Es igualmente importante que los políticos vigilen a los burócratas. 

En relación con América Latina, lo común son Estados con una débil capacidad para ejecutar políticas públicas. De acuerdo con la mayoría de los académicos -Francisco Longo, Mercedes Iacoviello, Laura Zuvanic, Luis Lorenzo Rodríguez, Joan Prats-, esto se explica por el predominio de burocracias muy politizadas. La relación entre políticos y burócratas –con una dependencia casi total de los últimos hacia los primeros- representa el eslabón más débil  en las estructuras estatales en Latinoamérica. Pero también a menudo  caemos en el otro extremo del péndulo: instituciones corporativizadas –convertidas en deidades- por sindicatos y gremios. Costa Rica no es ajeno a todo esto.   

El propósito de esta breve referencia es interesar al sector académico y de opinión en la obra, pero muy especialmente a todos aquellos que en el Estado costarricense tienen bajo su responsabilidad dictar política pública sobre la organización del Estado, función pública y la calidad del gobierno, así como a quienes deben conocer y aprobar el  muy necesario proyecto de Ley marco de empleo público en trámite legislativo.  Les será de mucho provecho.

josejoaquinarguedas@gmail.com
El autor fue Director General de Servicio Civil.

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...