José Pablo Valverde: Explotación petrolera

Tenemos una responsabilidad como especie humana ¿Vale la pena empecinarse en tecnologías obsoletas? ¿No será mejor fortalecer nuestra economía de servicios y turismo de manera inteligente leyendo las señales del mercado y al mismo tiempo siendo responsables con nuestra especie y las que habitan el planeta Tierra con nosotros?

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José Pablo Valverde Coto.

Recientemente se dio la autorización por parte del Tribunal Supremo de Elecciones para llevar a cabo la recolección de firmas con el fin de llevar a referéndum un proyecto de ley que permitiría la explotación de gas natural y petróleo en Costa Rica.

Aunque respeto profundamente todas las opiniones acerca de este tema, no logro comprender el deseo por retroceder en nuestro desarrollo energético y de paso romper con una imagen país – que no es del todo cierta y debemos ser críticos al respecto – al promover una posible explotación de petróleo en Costa Rica. Es por ello que he decidido darme a la tarea de exponer unas cuantas razones por las cuales no veo conveniente perseguir dicho proyecto energético.

Posiblemente, el primer argumento que salta a la mente del ciudadano va ligado a la idea de que explotar petróleo en Costa Rica nos convierte inmediatamente en un país más barato lo cual atraerá inversión y crecimiento económico. “Los ‘datos duros’ deben de ir por encima de cualquier discurso idealista y ambientalista y el bienestar económico a corto plazo nos debe de ocupar más allá de cualquier otra discusión fuera de nuestras fronteras.

Quizás en los años ochentas o noventas, esta afirmación podría haberse dado por cierta. En aquellas épocas el bienestar de una sociedad era medido casi exclusivamente por su output económico. Una empresa era exitosa si transformaba recursos – sin importar el cómo – en números de seis dígitos.

Hoy la realidad es otra. Indicadores como el Índice de Progreso Social del “Social Progress Imperative” nos permiten evaluar el bienestar real de las personas de forma holística. Así, un país que anteriormente se regía únicamente por máximas económicas erroneamente centralizadas en el Producto Interno Bruto como índice irrefutable de bienestar hoy deben de prestar atención a dimensiones como: Las Necesidades Humanas Básicas, Fundamentos del Bienestar y Oportunidades – un total de 54 indicadores que van más allá de la generación de dinero –.

A nivel microeconómico, el problema precisamente reside en entender la sostenibilidad como un discurso ambientalista e idealista. Hace una década todavía era válido ver a la oficina de “sostenibilidad”, si es que existía, como la figura en donde a final de periodo se pagaban las indulgencias por los pecados cometidos en la operación diaria del negocio. Hoy, dicha mentalidad se entiende como retrógrada y completamente fuera de la discusión empresarial global.

Pero, “las grandes compañías multinacionales no se rigen bajo esta lógica”, podría afirmar algún promotor de la economía del Siglo XIX. Durante mis estudios de maestría en la Universidad de St. Gallen, en Suiza, tuve el honor y placer de recibir un curso con la profesora Barbara Kux, quien fuera hasta 2013 parte de la junta directiva de Siemens y responsable directa de la estrategia de sostenibilidad de la compañía y de la comercialización de la cartera ambiental. Entre sus mayores logros se encuentra el diseño de un programa de sostenibilidad que llevó al reconocimiento de Siemens como Líder del súpersector “Productos y servicios industriales” en el Índice de sostenibilidad Dow Jones en 2012.

Personalmente, su curso causó un profundo impacto en mí ya que representó una ruptura de paradigmas al encuadrar a la sostenibilidad como una oportunidad de negocio y no bajo una mirada cliché ambientalista en la que se busca muchas veces encasillar a la lucha contra el cambio climático. Barbara, aboga por un mundo en donde la sostenibilidad ambiental y social no sufra “tradeoffs” en la búsqueda de crecimiento económico.

Esta es una realidad que nosotros como costarricenses no deberíamos de entender como lejana. Mundialmente las oficinas de sostenibilidad están cercanas a su obsolecencia. En unos años todos dentro de la compañía deberán de tomar decisiones bajo criterios alineados dentro del marco de la sostenibilidad. Es decir, la sotenibilidad no debe de ser tomada como un elemento más de la empresa, sino que debe de estar en el ADN  de la misma. Los empresarios, economistas y emprendedores que no logren dar el salto quedarán fuera de las dinámicas de mercado.

Hoy, los milennials tienen una fuerte inclinación hacia iniciativas ambientales que generaciones anteriores no mostraron. Esto genera presiones sobre las empresas hacia prácticas ambientales y sociales que genuinamente busquen un impacto positivo en el mundo, el llamado “greenwashing” no es una opción.

Según datos de Cone Communications, una empresa de Porter Novelli, estudios indican que «más de 9 de cada 10 millennials cambiarían de marca a una asociada con una causa». Aún más, según dicho estudio, los «millennials» están «preparados para realizar profundos sacrificios personales – “pagar más por un producto, compartir productos en lugar de comprarlos o aceptar una reducción salarial para trabajar en una empresa responsable » – con el objetivo de tener un impacto real en los problemas que les interesan.

Este comportmiento ha generado presión sobre las empresas. Prueba de ello es el importante incremento de aspectos relacionados a la sostenibilidad en los informes corporativos así como la firma del Pacto Mundial de las Naciones Unidas por más de 9.000 empresas que prometen defender la responsabilidad social en materia de derechos humanos, normas laborales y protección ambiental.

A pesar de la famosa afirmación del economista Milton Friedman, que aseguraba que la única responsabilidad de las empresas era maximizar las ganancias, ha habido muestras de un importante giro de las empresas hacia perseguir otros objetivos más beneficiosos para la sociedad. KLM Royal Dutch Airlines, por ejemplo, alienta a sus clientes a no comprar vuelos en circunstancias en que otros métodos sean menos contaminantes e igual de convenientes que un vuelo. Asimismo, hace escasos días Apple, Walmart y docenas de otras compañías con sede en los Estados Unidos anunciaron un cambio importante en sus objetivos establecidos para las empresas: «beneficiar a todos los interesados: clientes, empleados, proveedores, comunidades y accionistas», en lugar de centrarse únicamente en crear valor para los accionistas. Por su parte, Royal Dutch Shell se convirtió en la primera firma de energía en vincular el pago de sus ejecutivos a la reducción de emisiones de carbono. La gigante Angloholandesa estableció objetivos de emisiones de carbono a corto plazo a partir de 2020 después de estar bajo la presión de los inversores.

Pero, ¿por qué se da este comportamiento? ¿Es una moda? No, los milennials entienden más que cualquier otra generación la delicada situación que enfrentamos. La realidad planetaria que vivimos obliga a cambiar profundamente nuestros anticuados paradigmas. Lamentablemente, en muchos de nuestros países en vías de desarrollo aún seguimos una mentalidad de “derecho al desarrollo”, como resentimiento hacia el progreso que han alcanzado muchos de los países del primer mundo siguiendo prácticas de explotación irresponsables que han ido en detrimento de nuestro planeta.

En esta misma línea, resulta interesante ver como a pesar de los esfuerzos de la administración Trump por revivir la industria del carbón en los Estados Unidos, el apetito de la nación por el carbón continúa en declive. Solamente el año pasado, el consumo doméstico de carbón cayó a 687 millones de toneladas, el nivel más bajo desde 1978, según datos publicados por el Departamento de Energía de Estados Unidos. Ante esto, Kingsmill Bond, estratega de energía de Carbon Tracker – un grupo de expertos que examina la relación entre los mercados de energía y financieros – expresó coheremente: «El carbón es una tecnología costosa que ya no puede competir».

Mientras tanto, en Alemania, las energías renovables superaron al carbón como la principal fuente de energía por primera vez el año pasado, representando poco más del 40 por ciento de la producción de electricidad. Aunado a esto, pareciera ser que el costo de las fuentes de energía renovables, como la eólica y la solar, continúa disminuyendo drásticamente, y será solamente cuestión de tiempo antes de que sean más baratas que los combustibles fósiles. La Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA) cree que esto sucederá en 2020, según su informe Renewable Energy Statistics 2017.

Ante estos movimientos del mercado, el fondo de riqueza soberana de $ 1 billón de Noruega – país que es muchas veces utilizado como benchmark por los defensores de la exploración petrolera – ha discutido en varias ocasiones durante 2019 la posibilidad de vender una gran cantidad de compañías de petróleo y gas, como parte de su interés en disminuir sus inversiones de activos de combustibles fósiles.

La medida está diseñada para reducir la dependencia de Noruega – el mayor productor de petróleo de Europa occidental – en una industria que enfrenta grandes interrogantes sobre su futuro a largo plazo. Muchos expertos pronostican que la demanda mundial de petróleo alcanzará su punto máximo en la década de 2030, mientras que los objetivos climáticos están acelerando los esfuerzos para reducir la dependencia de los combustibles fósiles.

También se hace interesante observar, como de la mano con esta búsqueda de flexibilidad ante las incertidumbres que presenta la industria del petróleo, en marzo de este año, por primera vez los vehículos eléctricos fueron más vendidos que los modelos de gas y diésel en Noruega. Esta señal del mercado va en línea con el liderato noruego en la adopción de vehículos con cero emisiones; para lo que el gobierno ha establecido un ambicioso objetivo que busca dejar de vender nuevos vehículos de gas y diésel para 2025.

India es otro caso interesante. Las compañías eléctricas indias pasaron gran parte de la última década apresurándose a construir centrales eléctricas de carbón en previsión de la creciente demanda de electricidad a medida que despegaba el crecimiento económico. Ahora, muchos de esos proyectos están sumidos en profundos problemas financieros y la inversión privada en energía de carbón se ha detenido casi por completo. El sector se ha visto afectado por una serie de problemas: muchas plantas han luchado para asegurar el suministro de combustible y cerrar acuerdos para vender su energía a compañías de distribución estatales con problemas de liquidez.

La principal razón de la incertidumbre que vive la industria es uno que pocos anticiparon hace 10 años: un despegue explosivo en el sector de las energías renovables a medida que India se une al impulso global para abordar el cambio climático cambiando hacia la energía verde. Este cambio en la economía de la industria significa que el poder del carbón, que alguna vez fue una de las mejores perspectivas para los industriales indios, ahora es una arena donde la mayoría teme ingresar.

Más allá de lo económico

Más allá de los argumentos de índole económico mencionados anteriormente, lo cierto es que nos encontramos al borde del precipicio como especie humana. Soren Toft, Director de operaciones de Maersk, comprende la entrecrucijada en que nos encontramos y resume muy bien la problemática en palabras que dio al Financial Times: “Tendremos que abandonar los combustibles fósiles. Tendremos que encontrar un tipo diferente de combustible o una forma diferente de alimentar nuestros activos. Este no es solo otro ejercicio de reducción de costos. Está lejos de eso. Es un ejercicio existencial, donde nosotros como compañía necesitamos diferenciarnos”.

Hace menos de 5 años, en París, se decidió limitar el calentamiento global a menos de 2 grados, o en el mejor de los casos, a 1,5. Sin embargo, las medidas adoptadas hasta ahora en todo el mundo para reducir los gases de efecto invernadero perjudiciales para el clima distan mucho de ser suficientes. Según el IPCC, las emisiones globales de dióxido de carbono en 2017 alcanzaron los 53,5 gigatones (un gigantón equivale a 1.000 millones de toneladas) – la mayor cantidad jamás liberada a la atmósfera, la cual representó un aumento de más del 1% sobre las emisiones de 2016.

A pesar de que las emisiones globales deben reducirse en un 25% para 2030 si se quiere limitar el calentamiento global a 2 grados Celsius y en un 55% si se quiere permanecer a por debajo de los 1,5 grados, pareciera ser que , como seres humanos aún no nos enteramos de la criticidad de la amenaza. Según el programa de encuestas climáticas de Yale un 74 por ciento de las mujeres y el 70 por ciento de los hombres creen que el cambio climático afectará a las generaciones futuras, pero solo el 48 y el 42 por ciento, respectivamente, piensan que les está haciendo daño actualmente, es decir, menos de la mitad de los estadounidenses piensan que el cambio climático es un problema aquí y ahora.

Datos como estos, nos demuestran que se nos olvida lo frágiles que somos. Seguimos una lógica antropocentrista, y pareciera ser, que estamos dispuestos a embargar nuestra existencia por una ficción que nosotros mismos creamos, hace no tanto tiempo, llamada dinero. Todo el periodo Mezozoico se extendió por 180 millones de años y nosotros como “Homo Sapiens”apenas rondamos el planeta hace 0.2 millones de años. Somos un segundo en términos de la historia del universo, por lo que bien vale preguntarse: cuando lleguemos a los escenarios proyectados por IPCC, ¿de qué valdrá el dinero? ¿Es acaso que requerimos de una narrativa disotópica para caer en cuenta del peligro inminente que afronta el Homo Sapiens?

Marquemos el rumbo

Con records constantes en las temperaturas registradas por El Programa de Cambio Climático Copérnico de la Unión Europea – que analiza los datos de temperatura de todo el planeta – se hace inegable aceptar que nos enfrentamos quizás al mayor reto en nuestra existencia.

El momento histórico que vivimos no acepta actuar bajo el lema “si los otros no actúan yo tampoco”, más bien requiere de valientes liderazgos que generen acciones colectivas disruptivas. Ya no es válido pensar en nuestra economía nacional bajo una mentalidad cortoplacista y en desconección con el mundo. Los modelos sostenibles que nos permitan extender nuestra vida en la Tierra ya están a la mano, no se vale enfrascarse en el pasado, ni se vale tomar la ruta más fácil y peligrosa para el Homo Sapiens – porque el planeta va a seguir girando con o sin nosotros.

Seamos innovadores. Seamos disruptivos. Mientras en California se proyectan paneles solares en cada nueva vivienda construida, nosotros en Costa Rica instauramos cuotas para los paneles solares. No podemos patear la pelota hacia adelante pensando que la descarbonización es el futuro. No, la descarbonización es hoy porque no tenemos tiempo. Como dijo el ex Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki-moon: “No hay un plan B, porque no hay un planeta B».

Tenemos una responsabilidad como especie humana ¿Vale la pena empecinarse en tecnologías obsoletas? ¿No será mejor fortalecer nuestra economía de servicios y turismo de manera inteligente leyendo las señales del mercado y al mismo tiempo siendo responsables con nuestra especie y las que habitan el planeta Tierra con nosotros?

¿Preferimos ser un “follower” o un “trend setter”? Este año celebramos los 71 años de haber abolido el ejército y haber tomado una decisión audaz que ha marcado a varias generaciones. El mundo está sediento de más decisiones de índole colectiva que cambien las reglas del juego. No dejemos que una visión cortoplacista nos encadene a una industria obsoleta que acelerará nuestra desaparición del planeta.

 


 

José Pablo Valverde.
Es periodista y administrador de empresas. Actualmente, es estudiante de Ph.D. en la Universidad de St. Gallen, en Suiza, y se desempeña como investigador en Viva Idea. Cuenta con un MBA de INCAE Business School y un Master en Strategy & International Management de la Universidad de St. Gallen.

 

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