José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Jugar en media calle tenía su encanto… y su riesgo también. ¿Quién no lo hizo en su niñez, fuera con la venia o no de sus padres? Mejenga, landa, escondido, quedó, bolinchas, entre muchos otros juegos tradicionales, hoy en franco y acelerado proceso de extinción (si es que ya no lo están), pero que los veteranos modelo 80 recordamos no con poca nostalgia por aquellos tiempos pasados mejores, al menos en lo que a juegos respecta.

Recuerdo, por ejemplo, que, junto a la emoción propia del juego de turno, se añadía la de estar atento al paso frecuente de vehículos para evitar ser víctima de un susto, un accidente, o una madreada de algún amargado y apurado conductor, ignorante del derecho sagrado infantil a la diversión.

De esas y otras travesuras de antaño que mejor no cuento, me estaba acordando el domingo antepasado, mientras jugaba voleibol en una cancha improvisada de cemento al frente del Edificio Colón. Sí, en media calle, como en los años mozos que no volverán. La única diferencia, aparte de que la mayoría de los jugadores ya no éramos niños (aunque en ese momento gozáramos como tales), era que no teníamos que pegar carrera para esquivar carros como imprudentemente lo hacíamos varios lustros atrás.

Lo anterior gracias a los cierres totales de carretera que se hacen como parte de los tradicionales “Domingos Familiares sin Humo” que, para esta época de verano, organiza la Municipalidad de San José, con el apoyo de diversas organizaciones públicas y privadas, a lo largo del Paseo Colón (desde Torre Mercedes hasta el BCR).

Durante tres domingos de febrero y marzo, en horario de 9 am a 2 pm, se cierra la calle al tránsito de vehículos y, en su lugar, es tomada por cientos de personas y familias enteras -mascotas incluidas- amantes del deporte y la actividad física.

Desde tempranas horas se empieza a ver el movimiento de grandes y chicos que toman esta importante vía capitalina para convertirla en una gigante plaza al aire libre, donde por espacio de cinco horas, las presas, pitoretas y humo, son sustituidos por el sudor, las risas, el ejercicio y el sano entretenimiento.

Apenas llegando, a lo lejos, veo a un señor, entre feliz y acongojado, persiguiendo a su hijo que aprende a manejar bicicleta. De repente, me pasa al lado, casi atropellándome, un descamisado muchacho corriendo concentrado, como si estuviera en media maratón de Boston. Una cuada más adelante, unos osados muchachos sobresalen entre la multitud haciendo unas complejas acrobacias a bordo de sus patinetas, en el Skate Park, y una niña sonriente le pide a su madre que le tome fotos mientras brinca en el inflable de las princesas de Disney.

Todo eso y más conformaba el hermoso paisaje citadino que adornaba esa serena y soleada mañana dominical en la que participo de una bonita y concurrida actividad que, al menos por un rato, nos hace olvidar del desorden que se vive normalmente en las principales arterias capitalinas.

Queda demostrado el poder curativo de la actividad física frente a las inclemencias del estrés y ansiedad de nuestro ajetreado ritmo de vida que, aunado al colapso del sistema vial, causa tantos desmanes e injustificables actos de violencia en plena vía pública. Bien dicen que nada mejor que el ejercicio para mantener la cordura y entrenar, junto con el cuerpo, la inteligencia emocional.

Si no que lo digan los cientos de personas que tomamos el Paseo Colón en esta nueva edición de los “Domingos Familiares sin Humo”. Yo, fiebre que soy, opté, por segundo año consecutivo, por el voleibol, una de mis grandes aficiones desde tiempos colegiales. Sin embargo, a lo largo del más de un kilómetro de plaza asfáltica, se practicaban disciplinas para todos los gustos, destrezas y niveles de competitividad. Desde las más tradicionales como baloncesto, futbol, y béisbol, hasta otras más tranquilas y de menos roce como el ajedrez, las damas chinas y un Jenga gigante.

También, como gran novedad, había pista de go karts, pista de patinaje, feria de emprendedores, presentaciones culturales, conciertos, así como actividades de prevención de accidentes, cuidado de la salud integral y respeto al medio ambiente, a cargo del INS, el Cuerpo de Bomberos y la Compañía Nacional de Fuerza y Luz (CNFL).

Para quienes llegaban recién bañados y preferían no sudarse o estropear el “chaine” de dominguear, se realizaban talleres y exhibiciones de lucha libre, BMX, karate, gimnasia, taekwondo y una final del campeonato nacional de boxeo.

Y, como si fuera poco, la inclusión no se limitaba a la oferta recreativa, sino también se extendía a los propios asistentes, pues había actividades hasta para los peluditos de la casa, quienes podían disfrutar de regalías, piscinas de bolas e incluso de conciertos, junto a sus orgullosos papás y mamás perrunos.

Mientras seguía jugando voleibol callejero, no podía dejar de pensar -aparte de que íbamos perdiendo- en la relevancia y necesidad de estas actividades, tanto para la salud física como mental de los estresados habitantes de la ciudad… y de Costa Rica. Sin duda, un bálsamo de paz y cordura en medio del caos cotidiano.

Parar y darse un respiro para ir a correr, andar en bicicleta, patinar o simplemente caminar no solo le hace bien al cuerpo, sino al alma, mente y corazón. No es casualidad que otras ciudades igual o más caóticas, como Guatemala o Sao Paolo, en Brasil, hayan implementado iniciativas similares (algo se aprende de ver los videos de Luisito Comunica) que favorecen la cohesión social y el rescate de espacios públicos que pertenecen al ciudadano de a pie y no a las presas, la basura, la delincuencia y demás flagelos que azotan a muchas de las grandes urbes, incluyendo la nuestra, y que urge corregir (tome nota don Diego Miranda, alcalde electo de San José).

Es cierto que acumulamos graves males endémicos que no se solucionan a punta de cerrar calles y tirarnos todos a correr, pero lo cierto es que, sin estos espacios, cada vez más reducidos, muchos de nuestros problemas sociales y de salud pública serían peores y con consecuencias más lamentables.

Defendamos y fortalezcamos este tipo de actividades, gratuitas y aptas para todo público, que no solo nos llenan de bienestar y felicidad, sino también alejan a nuestros niños y jóvenes de esos peligrosos pasos a los que lamentablemente ya se están viendo arrastrados por el narco y el crimen organizado. Por más “Domingos Familiares sin Humo” en San José, Alajuela, Cartago, Puntarenas… y en todo Costa Rica. Porque lo bueno se debe conservar, replicar y expandir.

Por Jose Ricardo Carballo

Periodista, escritor y Codirector de La Revista