José Solano: ¿Y despúes de la pandemia qué?

Sí algo nos ha enseñado la pandemia es la importancia de los sistemas públicos y su aporte al desarrollo del país

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José Solano Alpízar, Historiador.

No podemos pensar en la pandemia generada por el COVID 19, sin pensar en el lenguaje y por ende en una narrativa, porque la de la pandemia es una narrativa que han posicionado en nuestras mentes, la cual se afirma en una dimensión tripartita: económica, política y biomédica.  La primera actúa imponiendo una agenda que busca desestructurar un modelo de estado afirmado en el bienestar común; la segunda actúa creando las justificaciones y las normas y leyes necesarias que permitan la consecución de la agenda predefinida, y la tercera actúa generando un estado de miedo y alarma permanente que contribuye al despliegue de las dos anteriores gracias al estado de inmovilidad voluntaria en el que se ha sumido la ciudadania.

De esta manera, y gracias al uso y la manipulación que hacen gobiernos y medios de comunicación colectiva, esta narrativa ha venido imponiendo un orden que es capaz de ejercer una dominación tenue y transparente sobre las mentes de millones de personas que no sólo han llegado al paroxismo del miedo, sino que han creado en sus mentes la preocupación por el mañana, por el mundo después de la pandemia, mientras tanto, las élites económico-políticas disfrutan del momento de desconcierto para impulsar su agenda de liberalización económica a ultranza y privatización salvaje de activos estatales.

George Gusdorf decía que el lenguaje era por esencia la imposición de un orden aplicado al desorden de los fenómenos que rodean la existencia humana, y efectivamente debemos coincidir con él, ya que el siglo XX ha sido testigo de la forma en que el lenguaje ha contribuido a codificar el mundo ejerciendo un poder mágico sobre los seres humanos, que hipnotizados se enfrentan a una mezcla de desesperanza y pavor por lo que pueda acontecer. Gracias a las profecías apocalípticas de los gurús de la economía neoclásica, se ha logrado generar un estado de turbación permanente en la ciudadanía, capaz de hacerlos ceder sus libertades individuales y sus derechos sociales y políticos a cambio de un poco de esperanza.

Como lo ha señalado Naomi Klein en algunos de sus escritos, las élites tienen claro que los momentos de crisis son su oportunidad de impulsar su lista de deseos, y eso es lo que han venido haciendo en nuestro país y en toda América Latina. Evidentemente las empresas privadas se alzan para aprovecharse de la crisis, con el uso de los paraísos fiscales, la evasión fiscal solapada, las amnistías fiscales, y ahora en medio de la vorágine biomédica, la creación de nuevas leyes y políticas que buscan expropiarle a la clase trabajadora sus derechos civiles políticos y sociales.

En virtud de lo anterior, no es fortuito que en la lista de deseos el gran empresariado y sus aliados políticos impulsen la alianza público-privada, donde el estado invierte una buena cantidad de los recursos financieros obtenidos del pago de impuestos de la ciudadanía y le entrega -en concesión a empresas privadas- el usufructo de esa inversión inicial, o la Ley de reforma del empleo público, o la reforma fiscal regresiva que pesa sobre los hombros de la clase media, o la audaz jugada de la Superintendencia de Pensiones que busca aprovecharse de los ahorros de los ciudadanos para beneficio de los sectores económicos más poderosos.

Sin duda el carrusel de lo político y lo económico gira y gira, mientras una dictadura mediática presenta el estado actual de cosas como una situación crítica que exige de grandes sacrificios, y sobre todo posiciona una falsa dicotomía que enfrenta a trabajadores privados contra trabajadores públicos, y busca posicionarse en el imaginario social como una verdad incuestionable. Así desde diferentes frentes y por medio de las voces de diferentes personajes de la vida política y económica se repite el mantra de la obsolecencia del estado y de la necesidad de reducir su tamaño, eliminando “los privilegios” -no los derechos ganados históricamente- de los trabajadores vinculados a instituciones públicas.

Slavov Zizek creía -erróneamente a mi parecer- que después de la pandemia vendrían tiempos mejores, pero lastimosamente después de la pandemia no llegaran las grandes revoluciones, por lo menos no por ahora. Por el contrario, el capitalismo se renovará y se disfrazara nuevos ropajes, algunos capaces de seducir hasta a los más críticos y perspicaces; pero al final de cuentas, continuara con las brutales formas de explotación del ser humano y de la naturaleza.  Sí bien es cierto podemos coincidir con Alan Badiou, David Harvey o Atilio Boron con que algo habrá de cambiar con la pandemia, ese cambio podrá durar bastante tiempo, y mientras se produce ese cambio de conciencia en la sociedades, los grandes empresarios continuaran con su viejas prácticas de expoliación, basta ver los movimientos en diferentes países en el que las élites hacen lobby para flexibilizar las medidas que otrora los gobiernos habían impuesto a los contaminantes o a los agroquímicos o las leyes leoninas que atentan contra la clase trabajadora.

Como ciudadanos y ciudadanas hablamos hoy de volver a la normalidad, a la normalidad de antes de la pandemia del COVID 19, pero lo normal era la destrucción creativa impulsada por el modo de producción capitalista de la que tanto David Harvey nos ha hablado. Es la normalidad de la explotación de la mano de obra semi esclava de niños, mujeres y ancianos en los países del tercer mundo; de la pobreza convertida en un problema individual afirmado en la incapacidad del individuo para alcanzar las promesas del éxito que el sistema les ofrece, y no en un fenómeno estructural afirmado en la desigualdad. Es la normalidad de los incendios en la selva amazónica o en California, es el cambio climático producido por el ser humano y su perversa lógica antropocéntrica.

Al parecer hablamos de volver a la normalidad en un mundo donde el 83% de la riqueza generada en el 2019 fue a parar a las manos del 1% de la población (Informe Oxfam). Donde 1300 millones de personas alrededor del mundo viven en condición de pobreza y cerca de 736 millones viven con menos de dos dólares al día. Sí es esa normalidad de la que hablamos, entonces aunque la toma de conciencia planetaria tome más tiempo, debemos comprender que el momento es propicio para hacer un cambio de marcha, un golpe de timón, las élites económico-políticas nunca cejaran en sus esfuerzos de acumulación rápida y fácil, la mal llamada globalización les ha permitido sacar provecho de la producción tercerizada, sin tener que invertir un centavo en los sistemas sociales de los países donde viven, y les ha facilitado la creación de instrumentos jurídico-económicos -éticamente cuestionables- con los que han venido trasladando sus riquezas a los famosos paraísos fiscales.

En esta nueva normalidad ¿cuáles serán las nuevas reglas?. Seguiremos viendo a las élites económico-políticas impulsar su programa de libre mercado a ultranza, destruyendo a su paso todo vestigio del estado de bienestar o bien luchar y organizarnos para promover la redefinición de ese modelo de estado de acuerdo con las nuevas circunstancias; esto es, impulsar un nuevo modelo de estado que no debe caer ni en un estatismo esclerótico ni en un fundamentalismo estatizante, esa es la gran opción o bien, aceptar el paso a sociedades más autoritarias, producto de las medidas antipandémica a que redefinirán la relación de los cuerpos consigo mismo, con los otros y con la economía, esta última convertida en filosofía política capaz de elaborar una narrativa del bienestar afincado en el mercado y sus leyes absolutas.

Es un buen momento para repensar el estado, pero no desde la lectura de la economía ortodoxa neoliberal, sino desde una perspectiva ético-política en la que se le redimensiona, a la vez que se reduce la burocracia y las prácticas y normas que impiden un accionar más eficiente de la cosa pública.  Es un buen momento para desarraigar del estado y la política el clientelismo que ha inflado los presupuestos estatales, pero también de cerrar el paso a los esfuerzos de privatización de actividades medulares del estado en la gestión pública. Hablamos de que lo público (educación, salud, investigación científica y tecnológica, electricidad, agua) deben fortalecerse.

Sí algo nos ha enseñado la pandemia es la importancia de los sistemas públicos y su aporte al desarrollo del país. No ha sido la empresa privada la que ha respondido. No han sido las universidades privadas, en el caso de América Latina y de Costa Rica, en particular, las que han respondido en la hora crítica, han sido trabajadores y trabajadoras del estado quienes han dado un paso al frente; por ello ¿Con cuáles reglas volveremos a la normalidad?

 

 


José Solano Alpízar.
Historiador y pedagogo, Especialista en Análisis del Discurso. Catedrático Universidad Nacional de Costa Rica. Dentro de sus obras se pueden mencionar: Las narrativas del desarrollo y la nueva gramática social del capitalismo tardío (2019, Editorial Letra Maya); Pedagogía: Itinerario y desafíos (2018, Editorial Letra Maya), La sociedad ignorante: Reflexiones en torno al Alterhumanismo (2016, EUNA).
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