Juan Luis Rodríguez: De «Los amores del diablo» (I)

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Juan Luis Rodríguez.

Los amores del diablo

 

Laura espléndida como el aura de oro, esa ley incorregible que todo lo armoniza. Tanto se ha hablado del amor y tantas veces pisoteado, herido, maltratado y tan pocas veces sentido: el amor-amor, aquel que emerge de las catedrales submarinas de medianoche, el mismo de la tarde, cuando ya casi seis horas transcurrían, aquel del mediodía cuando las tortugas se apareaban y muere el macho en ese único acto generoso que permite a la hembra aparearse nueva, pero distintamente. Ese amor color de aceitunas que sólo tú y yo hemos sentido, ese amor-amor tan generosamente expuesto. Por eso decimos que África es de nosotros, de aquellos que esperan -con la paciencia de la ternura- y la alegría del encuentro.

Hay en esta selva un montón de orquídeas que nadie ve y hay en esa misma selva un higuerón deshojado de tanto esperar.

La ley de la compensación nunca falla. Pedazos de amor desperdigado hemos sido y un gran terrón de amor hemos encontrado. Nunca desesperes, párate a la puerta de tu vida y algún día verás el amor que te corresponde. Pero no lo dejes ir, ni permitas que se enfríe: acuérdate de las capillas turquesas en las que nació y de donde esa diosa aceituna, con caderas de palmito y corolas de medianoche, escondió en tus esquinas el almíbar de tu aura, que sólo ella, Laura, sin campanas y para siempre con las yemas de las cuatro manos y con las puntas de los únicos pies que bailan, rasguñaron en silencio al gran amor laureado, acto generoso, gentilmente compartido.

 

Ya la tarde cayó y con ella la mañana. Aquella mañana soleada en ese rincón de alturas bañado por el Atlántico.

Ahí la tierra y el paredón son una huaca de leyendas y de dialectos y, más reciente, de asesinatos. Pero todo pertenece al pasado, aún estas palabras que, al no poder transmitirlas en sonidos verbales, me veo obligado a tirarlas fuera de mí como si fueran diseños en mi chaqueta o quizás colores de mi paleta dormida.

 

Pienso que las cosas vividas y compartidas no deben enredarse en lógicas de familia ni en avances dependientes de futuros cercanos. Las cosas vividas son sólo para contarlas, pero ojalá en lenguajes figurados, para que nadie entienda ni las enrede en dependencias materiales o en lactancias retardadas.

Tengo mucho miedo de perder la tarde una vez más, y el miedo me viene de no poder repetir esas horas apuntaladas en números de seis, esas horas arrastradas como sonámbulas y esas ventanas esas ventanas que fueron testigo y testimonio sin cortinas de lo único que nos pertenece y no se puede compartir con nadie ni contra nada. Porque el «A» mayúscula de las seis es para los que lograron beneficiarse de esa hora loca, tiernamente embarrialada.

El secreto de las imágenes es un secreto invisible y no puede contemplarse con ventanas ajenas a la generosidad del tiempo, ni puede situarse dentro de las lógicas terrenales. La esencia de las cinturas es tan invisible como el eco de las lanzas imperceptiblemente perfumadas.

 

El lotus es una flor nocturna y sólo brota en el agua, y además su lenguaje es su propio aroma incorregible, aceitunado, de mirada agachada y de andar despacio. No dejes que toquen dedos ajenos tu semblante, ya sabes muy bien que tu semblante es áureo, métricamente escogido, y tu perfume fue un regalo del diablo. Y en aquella tarde con números de seis, despacitamente hasta la madrugada, ¡acuérdate!, que todavía la luna brillaba herida por la tecnología y que tu respuesta fue valiente y romántica, fue un lenguaje de una hembra terrícola contra otra hembra espacial, pero fue un lenguaje familiar. Por eso ni la luna ni tú se resintieron, sólo la noche larga y la fatiga diurna logró separarlas. De todas maneras, ahí en donde habitas temporalmente algunas veces la luna no sale porque se ha escondido dentro de tu casa. Yo lo sé, porque cada vez que eso sucede, me duelen las rodillas y mi espalda, y también duelen otras cosas y se oyen campanas de hospital y comienza a nacer mi infancia y es cuando aprendo a caminar por tercera vez, y veo que la calle y la plaza están vacías y nadie juega ni a los chumicos ni al escondido y así me voy durmiendo en el costal de la ventana.

Y en ese soñar aparece mi abuelo Raimundo, contrabandista y hombre de respeto. También me llaman para que me acueste y no sé cómo responder cuando uno ha tenido tres madres y ningún padre y cuando uno ha querido sentir ese algo maravilloso, esencialmente invisible, cuando ese algo esencialmente invisible se presenta con ropaje nuevo y con mirada extraña, casi como las noches hirientes sin luna o tan extraño como esas mañanas que nunca llamaron por la puerta grande.

 

Así son los días y van perdiendo el tiempo, su velocidad amarga, porque todos los días con sus segundos y sus minutos y sus días nunca más regresarán, son parte del pasado desde antes de llegar. Todo lo que pensamos o sentimos no es más que el pasado mismo repetitivo, pero el gran «A», ese mayúsculo «A», el mismo que se nos escapa cuando apenas estamos conociéndolo, ése no pertenece al tiempo pasado ni al tiempo presente, es el tiempo mismo sin lamentos comparativos y mucho menos con lógicas materializadas en análisis del pasado. Hay tiempo sólo de amor, en el que el sudor y la guerra, el reposo y la alegría son el amor-amor mismo reposado. Por eso hay un sólo tiempo, el tiempo del amor sin tiempo, el tiempo del tiempo del amor, el amor del amor y para el amor.

 

La noche va cuajándose, es tan espesa como la miel. Pronto vendrá el día nuevo en su propio nacimiento. Mañana, si es que aún persiste un mañana-todo pertenece al pasado-, habrá tiempos de paz y de reflexión, porque las guerras sólo existen corporalmente como el amor de cuerpos. Sin embargo, el masoquismo humano todavía no entiende nada del África. We are africanians. Amaos los unos contra los otros y el reino del amor será de vosotros. Nosotros somos el mundo africano y es por eso que nuestro amor tiene color, el color del amor del mundo. Eso somos nosotros, grupúsculos del amor y del color. Cuando el amor no tiene color es un falso amor carapálida. Sólo el color admite reposo y sólo el amor da calor y se reposa para seguir nuevamente en ese teclear de teclas negras que son la esencia de todos los colores y sonidos: Esencia de sonidos perfumados son unos pocos y en millones de perfumes musicales os convertiréis, si sois sensibles. Así lo espero yo, profeta del acto generoso generosamente compartido.

 

Una densa neblina atraviesa el parabrisas de mis dos caballos y un vaho azul frío penetra mi garganta. Estas dos sensaciones, la de mi carro y la de mi nostalgia son la respuesta a mi ronquera, aunque hay algunas dosis psicosomáticas en mi cerebro que aletean mis reflexiones impidiéndome encontrar el gran milagro amarillo.

 

Ya está amaneciendo y veo tu espalda larga de color arena, la arena arremolinada, arena quemada, casi óxido de zinc por su transparencia y por los tatuajes que no logro grabar. La otra tarde cuando ya casi no eran las mismas descontadas (seis), mirando la embestida de tus omoplatos y de tus pulmones invisibles, descontando las líneas en esa línea larga y grande que es casi como un camino real por donde caminábamos cargando antaño piedras preciosas. Y ahora el día se abre con su perspectiva de trapo húmedo. Esta tarde nuestro encuentro planteará una serie de trifulcas, pienso mirarte como siempre, oírte cuando hablo y sentirte con tus cuatro manos y tus pies descalzos. No pienso cobrarte ningún interés acumulado de tus esquinas, pero sobre todo quiero saber si el amor está en tu cuerpo o si tu silueta corporal no es más que un cálculo para tus intestinos. Todo eso pienso preguntártelo. Para ello estaré en silencio, para oír de tus propios superiores e inferiores positivos si es verdad todo lo acontecido desde entonces o si soy yo el trotamundos de un mañana desconocido o si es el sol ausente o si la culpa es de la pálida herida en mis cinco años quebrados en mis dos rodillas o si son las campanas de medianoche que me están llamando o si son mis bolsillos rotos, mi domingo al hombro o mi cabeza grande cubierta con diez centavos de papel.

Ya los barcos de papel no cabecean sobre el horizonte deshojado. Mi esperanza es más grande y más entusiasta que la guerra porque yo, Diablo Primero, aprendí a reír un lunes de verano.

 

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