Juan Luis Rodríguez.

Los amores del diablo

 

No contradigas mis alegrías ni mis tristezas, porque en el fondo sos un pedazo de alegría entristecido y porque tendrías que ser una línea nerviosamente coloreada para intentar contradecirme.

Yo sé muy bien que tus pies desnudos saben deslizar tu cuerpo, lo sé tan bien que en las noches frías y sin luz, tus dos reinas de la noche guiarán tu sombra negra con dos botones fosforescentes hasta el lotus vivo humedecido que andas buscando.

Todos los días son iguales, pero de distinto perfume. Nunca el amor ha podido ser clasificado. Todos los seres humanos o vegetales nacen, crecen y mueren de distinta forma, aunque las cajas que guarden sus cuerpos tengan colores casi similares. Todos nosotros estamos llenos de diferentes sensaciones y de apetitos contradictorios. Es por eso que existen tantas comidas diferentes entre sí, aunque la base sean almidones vegetales, carnes o pescado. Son las variantes de las especies las que permiten la variedad de perfumes.

 

Hay un lugar peinado por cascadas y bañado por el agua tibia de los riachuelos. Ahí, las esmeraldas, las tortugas y las ostras yodifican la arena en medio de las piedras y la espuma.

En ese lugar llegaremos a peinar tu cuerpo y secar tu sonrisa, dibujaremos en la arena toda la escultura de tu cuerpo y esta vez sí, grabaré tu espalda anidando tu columna para sentirme papúa, zelándico púrpura. Llenaré tus incisiones de azul turquesa por la noche y en algunas partes de azul cobaltado por si llega el día. Toda tu siena quemada bordeará tus contornos y no habrá rebordes en tu silueta, luego respiraremos para adentro, para llenarnos y acurrucarnos dentro de nosotros mismos. Entonces seremos una obra de arte multiejemplarizada, nuestros días serán editados por nuestros anhelos y no habrá casa editora que perturbe nuestros ejemplares. Seremos nosotros mismos la gran obra de arte para nosotros mismos y en secreto confrontaremos nuestros valores y así nos iremos mejorando todo el tiempo del amor que dure nuestro acto y será una edición de un millón de amor ejemplarizado en números arabescos y así seremos siempre.
Son las siete con ocho horas de retraso y aún no te apareces.

Mi garganta en el mismo sitio, los parques y las aulas despiden ruidos de temporadas, como si todas las estaciones entraran en primavera. África siempre de nosotros, esos niños con sus voces y sus manecitas cantando para que no haya guerra, los cementerios pintados de blanco y aunque sean unos pocos en cólera, somos muchos los que no queremos la guerra.

Por uno que cante a la guerra, muchas voces de niños cantaran en
contra.

 

Meto mi cuerpo en mis bolsillos y siento una gran tristeza alegre, una lluvia fina humedece mi semblante y aún así, empapado, quiero llorar y no puedo. Mi gran alegría viene con esa manera de pestañear para que nadie se moje, ni siquiera tú que nunca has llegado a la hora, a la hora de siempre, a la hora de nunca.

África es mía aunque no me pertenezca. Si me robaran mi propia soledad sería para bendecirla. Nadie puede robarse la soledad. A veces regalo pedazos de mi alegría vestidos de tristeza. Esas veces, sin quererlo, estoy entregando mi manera sola de estar solo. Mi alegría de estar solo es como la de un venado que todavía no se aparea.

Cuando los venados se aparean la tierra tiembla y llueve muy fuerte.

 

Me dicen que todavía los partidos y pequeños grupos desfilan frente a la casa que rige los destinos de la patria. Hoy, primero de tantos mayos y de tantas veces festejado, nuestros trabajadores van a cambiarse de camisa una otra vez, como si el cambiarse de camisa arreglara nuestras dependencias. Está cayendo una lluvia fina. La tierra comienza a prepararse para cantar o para llorar.

Pienso más bien que será un canto, porque no puedo creer que al nacer las flores y la hierba verde alguien llore.
La lluvia fina se sigue extendiendo hasta las alturas de tu morada temporal. Pronto recibirás el buen día de la tarde en tu propia tarde, así sabrás que estoy bien, con una esquina de la garganta sana y la otra herida y que mi cabeza duele concoidalmente, es un dolor de agonía amonitide y no un dolor de nacimiento, nautílico o de génesis contradictorio. Cuando puedas verme, podrás leerme sin dificultad. Verás que mis garabatos han sido ordenados en un sobre rayado común, aunque las consonantes que se escriben diferente de como las pronunciamos y las vocales que también, dirán otra cosa de lo escrito.

¡Ah!, me olvidaba que estoy naciendo. ¡Atención! Atención a las comas y a los puntos suspensivos porque son los que más me gustan!

De cualquier circunstancia, cuando llegue ese momento -que será mañana por el día- tendré quizás, y así lo espero, mi garganta menos adolorida para decirte con amor estos jeroglíficos y estas triquiñuelas. Espero terminar esta tarea que me has pedido como una prenda más a nuestros encuentros renovados. Antes de que te ausentes temporalmente de mis dominios y, me olvidaba, que vas a querer leerme, porque debes haber despertado ebria de la noche misma. Sin embargo, intentaré introducirme en tu casa antes que despiertes por esa hendija de la vida que has abierto en sus paredes con ese amelado cuchillo que tanto te gusta. Pronto nacerán y crecerán los pequeños manzanitos y veremos desfilar otra vez aquellos cortejos de cuchillos de verano. Pero habrá un invierno fuerte antes; y ningún pañuelo podrá secarme el rostro. Pero sé que volverás para el tiempo amarillo, mucho antes de las navidades y me traerás vida o gozo etéreo, y así podremos tramar el aire, y tus líneas y tus cuatro manos y todos tus pies que se suspenden como si hubieran entrado más allá de la estratosfera, tramarán el sueño inmemorial de mi memoria y de mi bandera.

 

Ya que hoy no es ningún día más sino el mismo día atrasado, unamos nuestros deseos y expongámoslos en el aire, o si prefieres en el agua. Tal vez alguna gaviota logre tragárselos, porque nuestros deseos marinos se confunden con los ríos y son de agua salada, ligeramente azucarada, pero con un poquito de pimienta negra.

Mais si un jour tous les grupusculos du munde ce metreraint esembles?

¡Te imaginas! ¿Somos o no africanos del mundo? ¿Te imaginas al Diablo Primero formando parte del enjambre mundial de africanos?

Son las cuatro menos dieciséis. Deberás estar recibiendo mi buen día de tarde ya de noche. Buenas noches, Aura mía.

 

Por Juan Luis Rodríguez Sibaja

En el año 1950 se inicia en la Casa del Artista de San José. En 1960 estudia grabado en metal en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Luego, en 1961 estudia en la Academia Libre de La Haya, Holanda. En 1973 obtiene la Medalla de Oro en el I Salón Anual de Artes Plásticas del Museo Nacional de Costa Rica. En 1975 el Premio ¨Aquileo J. Echeverría¨ (grabado) y Premio Áncora del Periódico La Nación. Premio Nacional de Cultura Magón 2020.