Juan Luis Rodríguez: De “Los amores del diablo” (III)

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Juan Luis Rodríguez.

Los amores del diablo

 

La noche cae como una piedra gris, pero ya no llueve ni hace frío ni hace viento, sólo se oye el grito del vigía que recorre las callejuelas en bicicleta. Esta noche oigo también ladrar los perros, cada vez que mis perros ladran entiendo de ladrones o de pájaros nocturnos. Y no sé si estarás leyendo o bailando, pero pretendo que estarás dormida.

Aquí abajo son las once y tres minutos. Todavía es viernes primero de mayo de 1986, el año del cometa Halley, de la guerra santa y del cerco contra Nicaragua. Costa Rica de los costarrisibles ha de cumplir un acto más en su existencia al fin frente al mar, este monasterio salado generoso, apareando la tierra.

Gestos van gestos vienen. La mojada ternura encresta la superficie terrestre, los dos cuerpos en una sola arremetida, con un silencio ensordecedor, cubren al tercer cuerpo excitándolo hasta reír, dando volteretas sobre la arena rosada, perfumada de yodo. Los tres cuerpos ríen. El punto áureo, día con día, hasta el día blanco. El punto áureo, noche con noche, hasta encontrar el punto negro del día. El punto áureo de silencio, del silencio, hasta encontrar y escuchar la música silenciosa de la noche. El punto áureo con tu láurea aureada para que tus manos y pies toquen el infinito, el espacio áureo tramado como tu cuerpo, grabado tatuadamente sobre tu espalda a los lados de tu camino real, tu propia columna griega que un día mi madre. tuvo, cuando peinaba sus trenzas azules en medio del temporal.

El punto áureo, cuando ya no existe nadie ni nada, y de un brochazo blanco nuestras ventanas se cierran, sin cortinas y sin aleros duermen en esa bóveda fría, en ese hueco-tierra, silenciosamente en el panteón.

El punto áureo de la vida, el punto áureo de la muerte, el punto áureo de la nada y de nadie.

 

Silencio!, que está naciendo el día sin su punto áureo. ¡Silencio!, que está muriendo el día áureamente silencioso sin su punto.

Los días se vuelven grises pero sin color y sin calor. Mis escuelas con sus pasillos y su rutina. Soy propietario de dos escuelas y de muchos países pero de ninguna mujer. Mi independencia me impide poseer por largo tiempo los cuerpos, soy un insaciable devorador de siluetas, pero sin llegar al súmmum.

Los ríos lloran desde el nacimiento y bajan hasta el mar. El mar y la tierra, hembra contra hembra: por eso el amor es un acto, en su esencia, e invisible. Me imagino que estarás muy cerca de la playa, parece que vives cerca del océano, sobre la arena. Yo he despertado sobre una arena rosada, conífera, tan fina como el azúcar refinado. Pronto se repetirán las mismas horas originarias de setiembre.

 

EI murió el otro día, creí habértelo dicho, pues en una época cuido y guardó mi rebaño de ovejas y de corderos. Fue un hombre valiente, afable y gran amigo del pueblo. Ayer fue enterrado en su tierra, casi en su propia casa. Ya todos los cuchitriles han sido despojados del pódium, sólo papeles arrugados y botellas ruedan, vacías, por las calles. El carnaval ha terminado y con él otra vida, otra temporada. Todavía los olores de sus andanzas se aprecian en los cafés o en las esquinas.

Los árboles parecen menos solos y menos tristes. Ya nadie se acerca a sus cortezas. El viento y el polvo comienzan a activar mi voz hueca. Mañana 8 de mayo será feriado: el traspaso de poderes y el fútbol son los dos feriados más generosos de mi provincia.

Sé que estarás escuchando mi manera lastimosa de criticar la patria. Nosotros los apátridas, ciudadanos africanos del mundo del color, sólo sabemos de contemplación, de desplazamientos, de actividades nómadas y de dátiles.

Sé muy bien que mi vida sedentaria es una manera de detener esa alegría desbordante de mis planicies nómadas. Erguida como yaces, África mía, es como me gusta contemplarte. Para venerar tu color de raza dormida o tu hambruna extensiva, todos los timbales percuten la tierra en donde existes, y todos los sonidos son como tu color, la esencia de tu negro perfume o de tu amanecer reposado. Canta y baila negra africana, estructura virginal del siglo XX, naciste y sólo morirás cuando me muera o cuando mis sonidos ya no se escuchen, porque tu sonrisa cobriza estará ahí parada en el frente de la puerta grande de la vida o porque tu manera despaciosa de marcar el mundo no será detenida frente al soporte elemental de tu sombra.

 

Casi todas las esquinas convergen. Nosotros los ansiosos sedientos de deseos, respiramos el aliento frontal de tu embestida. Nosotros, los poco existentes de agua, nadamos ahogándonos en tu saliva.

Nosotros los que ya casi no existimos, contamos y recontamos los encuentros y desencuentros. Todos nosotros, los ansiosos amarillos, rojos, negros, aquellos coralinos que rasgaron pestañeando todas las superficies de la tierra, del aire y de la noche.

Yes, we are the africans.

Même si nous ne sont pas l’afrique, si nous ne sonts pas tous des africans seulement quelques uns, tres peu mais des vrais.

 

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