Juan Luis Rodríguez.

Los amores del diablo

 

Ahora sí llueve. Es una lluvia tan fina como un vaho plateado cubriendo un rostro moreno. Esta humedad naciente tiene una humedad de tiempo. Nuestro tiempo sin tiempo, nuestro amor sin reloj de arena, marcado por esa fecha vertical del mediodía, acostado por la madrugada. Nosotros los poetas, los verdaderos, aquellos que nunca copian sentimientos ajenos porque no saben mentir. No saben mentir las cosas ajenas y porque el sentimiento verbal es tan fuerte que tiene que salir cantando sin ruido en palabras rasgadas, como quien rasga una caja de cartón o desastilla un armario lleno de sorpresas y los clavos salen disparados por el suelo sin herir ningún talón desnudo y sin interrumpir el diálogo de los dedos que siempre se hablan como personas y nadie oye nada y siguen cayendo las puntas plateadas de la lluvia.

 

Siento una sensación desnuda de un cuerpo sin cuerpo o de dos cuerpos en uno indivisiblemente apareado antes y después en nuestra soledad compartida sin disfrute individual. Sigue lloviendo. Lo que estoy mirando y de lo que me voy llenando: cuerpos de plata festejando el día más alegre de la tierra, el primer día del invierno. Inver-nemos, pues, juntos. Si pudiéramos invernar sin despertar, algo asi como el sueño tarde del domingo por la mañana o el otro, el feriado sin familia. Debe ser extraordinario despertar para cada estación, nacer en temporada de frutas o de pescado. Cuando la veda se levante es algo que nadie puede soportar. Sólo nosotros, los cazadores afri-canos, lamentamos la ausencia de la cacería. Para la primavera no sólo retoñan los pastos sino que también nacen los primeros críos. El otoño es más para recordar las viejas y nuevas costumbres. En el invierno los pájaros se alegran por la entrada de las lluvias.

 

Pero hay otros lugares en donde no hay lluvias sino fríos que obligan a los cuerpos a apiñarse y a entrar en un gran silencio blanco.

Me gustaría volver a sentir ese invierno blanco y a aparearme con la noche. Los árboles se desnudan y tosen con el invierno. La esperanza amarilla vendrá después de la primavera, entre el otoño y el mediodía tropical.

Aparearse y comer fruta y peinar tu cuerpo de agua tinta son las dos cosas más bellas en el trópico. La tierra húmeda tiene un olor y un color de sepia, ya los retoños comienzan a desprenderse y los abejones trepan, terroneando, la superficie cantabile de la tierra.

Por las madrugadas el trapo húmedo se escurre y su perspectiva va tomando la forma del mapa africano. Dicen que en algunas regiones africanas a los hombres no se les puede encarcelar ni colonizar.

Parece que los massai mueren si se los encarcela. Las tribus más bellas del mundo, sin duda, son los massai, los mismos que cubren sus cuerpos con barro, esos gigantes llenos de ritmo y de gracia que viven al pie de las cataratas Victoria o en las regiones desérticas del África. Somos y seremos africanos hasta que la muerte nos separe.

La sangre es negra cuando se coagula y el sentimiento es y será tan negro como la noche. Lo más triste es pensar que existen rivalidades dentro de las negritudes. Nosotros somos de aquella África sin diferencias. Cómo hacer en un futuro para conservar esa África de la que tanto hablamos. Ese poema negro con extensión de madrugada y con llanto de mediodía, esa enorme catarata sin peinar anidando cantos y cantatas oscuramente negras, ritualmente castañas. Esta noche inmensa sin reloj, cargada de insomnio solitario y de uno que otro ruido de avión lejano que pasa hiriendo el aire y despertando la mañana.

 

Todos los rincones de la tierra deben tener un pájaro que cante las estaciones. Aquí el yigüirro se vuelve ronco con su gorjear de trinos. Creo más bien que sus cantos son como un gargarear cantando y así, en esa forma monótona de llamar la lluvia, la tierra, mágicamente es bendecida por el agua de la lluvia.

Sos silenciosa, por eso sos exquisita. Ahora que han encontrado los restos de un mastodonte, tal vez podamos entendernos.

 

Mi abuelo decía que, al mascar el tabaco, sólo el perfume y la saliva se oían. Yo le pregunté que cómo era posible que a saliva se oyera al mascar el tabaco, él me dijo que el perfume del tabaco y el papel que lo envolvía no tenían membrete, sólo perfume. fi abuelo tenía en aquel entonces noventa y cinco años y murió de ciento quince. Por eso sus respuestas fueron incongruentes y disparatadas. Creo haber heredado algo de él.

 

Por Juan Luis Rodríguez Sibaja

En el año 1950 se inicia en la Casa del Artista de San José. En 1960 estudia grabado en metal en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Luego, en 1961 estudia en la Academia Libre de La Haya, Holanda. En 1973 obtiene la Medalla de Oro en el I Salón Anual de Artes Plásticas del Museo Nacional de Costa Rica. En 1975 el Premio ¨Aquileo J. Echeverría¨ (grabado) y Premio Áncora del Periódico La Nación. Premio Nacional de Cultura Magón 2020.