Juan Ml. Muñoz: La reelección ilegítima de Daniel Ortega en Nicaragua y la geopolítica de Estados Unidos, China y Taiwán en Centroamérica

En síntesis, aunque es probable que Estados Unidos tenga cada vez más sobre la mira a Nicaragua, todavía existen motivos para que este país no aplique todo el peso de la presión que podría ejercer sobre el gobierno nicaragüense, para respetar los derechos humanos y ofrecer una solución pacífica al conflicto interno que cierne a ese país, más o menos, desde 2018.

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Juan Manuel Muñoz Portillo, Académico.

El pasado 7 de noviembre, como se esperaba, Daniel Ortega se reeligió para un cuarto periodo desde que se reeligiera por primera vez en 2006 —fue electo presidente de Nicaragua en 1984 y, anteriormente, fue jefe de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, constituida en 1979—. Estas elecciones no son legítimas. El gobierno de Daniel Ortega uso sus abundantes y muy cuestionables recursos de poder en la Asamblea Nacional de Nicaragua para aprobar leyes que allanaran el camino para eliminar la oposición. Legalidad y legitimidad no son la misma cosa y sobre este tema y las elecciones de Nicaragua ya se ha escrito (por ejemplo, véase el análisis reciente de Constantino Urcuyo en este enlace).

Aquí me enfoco en un asunto que algunos analistas vienen discutiendo desde hace un tiempo. Este es cómo Centroamérica se está convirtiendo en un escenario de confrontación entre las grandes potencias. Aunque ha habido incertidumbre entre especialistas sobre qué forma tiene el orden mundial en la actualidad, cada vez parece más claro que se trata de un orden multipolar (varias potencias tienen influencia determinante en las Relaciones Internacionales).

Ya Estados Unidos no es el actor dominante en el sistema internacional, como lo fue después de la caída de la Unión Soviética a finales del siglo pasado. El poder de China en la economía y la política internacional aumenta prácticamente de manera constante. Al tiempo que Rusia mantiene cuotas de poder importantes del periodo bipolar de la guerra fría, y se fortalece en áreas económicas relacionadas con recursos energéticos—gas y petróleo—. La Unión Europea, más debilitada en los últimos años, busca no quedarse atrás y surgen potencias regionales como Brasil e India que, en un mundo tan interdependiente, pueden cambiar el balance de fuerzas en situaciones de alta incertidumbre. Recientemente, discutimos sobre esto en un coloquio con un panel de expertos de política internacional.

No hablo categóricamente de guerra fría, pero sí de cómo Estados Unidos y China tienen intereses económicos y estratégicos en la región centroamericana, que se conectan con sus grandes estrategias a nivel global. Las potencias mundiales suelen tener grandes estrategias y, sobre eso, me he referido anteriormente. Lo curioso es que, si bien Nicaragua bajo el actual mandato de Daniel Ortega ha coqueteado con la posibilidad de reestablecer relaciones con China —anteriormente, en la década de 1980, se formalizaron relaciones con ese país y luego se rompieron en los noventa—, bajo el actual gobierno no ha pasado de ser una provocación o una promesa casi imposible relacionada al proyecto del canal interoceánico. Del mismo modo que Honduras y Guatemala, sus relaciones diplomáticas siguen siendo con Taiwán.

En esto hay mucha informalidad. Y es que, en gran medida, así funciona la política (internacional). Desde la década de 1970 Estados Unidos reconoce a la República Popular China —RPC o, simplemente, China, como usualmente la llamamos— como estado soberano. La RPC es un estado más poderoso que Taiwán en términos demográficos, territoriales y crecientemente económicos. Por lo que su influencia política mundial es mayor.

Para este tipo de relaciones, de par a par, la RPC exige una política de una sola China. Es decir, la contraparte no debe mantener lazos diplomáticos con la República de China (RC) o Taiwán. No obstante, como documenta Colin R. Alexander (China and Taiwan in Central America: Engaging Foreign Publics in Diplomacy. Londres: Palgrave MacMillan, 2014), Estados Unidos contribuye en este juego político, que algunos han denominado la “diplomacia del dólar”, debido a las contribuciones financieras en cooperación económica que Taiwán otorga a varios estados pequeños alrededor del mundo —entre otros en Centroamérica y el Caribe— para continuar manteniendo el reconocimiento de Estado-nación en el sistema internacional.

Las relaciones de la RPC y Estados Unidos son, crecientemente, tensas en lo político y diplomático, pero ambos mantienen relaciones convenientes en los negocios; aunque con salpicaduras. Taiwán sigue siendo aliado de Estados Unidos y en semanas recientes esto tal vez tiene vigencia hoy más que nunca, a juzgar por los “deslices diplomáticos” de Biden sobre su potencial defensa de Taiwán, ante cualquier incursión militar china. En la diplomacia de las relaciones internacionales, como en la “diplomacia” de la vida cotidiana, el qué se dijo y cómo se dijo importa. A decir verdad, sus implicaciones pueden ser mucho mayores en la política mundial. En situaciones de tensión y alta incertidumbre, las contrapartes internacionales pueden interpretar los comentarios de otros líderes como una potencial agresión, o, inclusive, servir como excusa para justificar un acto de agresión, bajo el pretexto de garantizar la seguridad nacional.

Entonces, al gobierno nicaragüense de Daniel Ortega le conviene mantener la relación con Taiwán. Inclusive, medios de comunicación vinculados al oficialismo reportan que el comercio internacional entre los dos países aumentó en 2020, el año de la pandemia. Romper ese vínculo fortalecería de algún modo al gigante asiático en Centroamérica. Algo que Estados Unidos tiene interés en evitar.

Dos días después de la reelección fraudulenta de Daniel Ortega, el presidente estadounidense, Joe Biden, firmó la ley RENACER (Reforzar el Cumplimiento de Condiciones para la Reforma Electoral en Nicaragua, por sus siglas en inglés), aprobada por el Congreso de los Estados Unidos. Entre otras medidas, esta normativa impone sanciones al gobierno de Ortega para adquirir préstamos de organismos financieros multilaterales, o recibir cooperación internacional, como también la revisión de la participación de Nicaragua en el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos, y la investigación de inteligencia de las relaciones de ese país con Rusia; con especial atención a compra de armamento.

En síntesis, aunque es probable que Estados Unidos tenga cada vez más sobre la mira a Nicaragua, todavía existen motivos para que este país no aplique todo el peso de la presión que podría ejercer sobre el gobierno nicaragüense, para respetar los derechos humanos y ofrecer una solución pacífica al conflicto interno que cierne a ese país, más o menos, desde 2018.

A propósito de todo esto, el Presidente Nayib Bukele, en El Salvador, siguiendo el ejemplo del régimen Ortega-Murillo en Nicaragua, busca aprobar una ley que también posibilitaría el encarcelamiento de opositores; so pretexto de injerencia política de otros estados en los asuntos internos de sus naciones. Aunque cualquier injerencia extranjera es indeseable en la política interna de un país, la verdadera motivación de tales líderes es concentrar poder. En estos tiempos, como en el siglo pasado en América Latina, la política de las potencias mundiales tuvo un papel preponderante.

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