Juan Ml. Muñoz: Sobre el racismo y la memoria histórica en Estados Unidos

Las personas blancas y negras en Estados Unidos, en promedio, tienden a tener percepciones diferentes sobre el racismo. Esto está, obviamente, alimentado por la experiencia que cada una de ellas haya tenido en su vida y de lo que considere es justo.

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Juan Manuel Muñoz Portillo, Académico.

La protesta y discusión sobre el racismo en Estados Unidos se ha intensificado recientemente a partir del caso de George Floyd, un afrodescendiente que perdió la vida asfixiado por la presión que ejercía la rodilla de un policía que lo estaba custodiando, como sospechoso de un aparente robo a una tienda. Los hechos ocurrieron en Minneapolis, el pasado 25 de mayo. Varios transeúntes grabaron con sus teléfonos la escena, quedando registradas las súplicas de Floyd para que lo dejaran respirar y la indiferencia del policía.

Este evento impulsó el resurgimiento del movimiento Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan), para exigir un alto a los abusos de autoridad de policías en Estados Unidos, especialmente, contra personas afrodescendientes. Rápidamente, el movimiento terminó dirigiéndose al racismo enquistado en las instituciones políticas, económicas y sociales en Estados Unidos.

En cuestión de seis semanas, el movimiento logró lo que otras protestas similares en el pasado no habían alcanzado. En Estados Unidos, como en otros países, se erigen estatuas y monumentos en honor a hombres y mujeres que hicieron cosas significativas en el pasado, o para recordar eventos que tuvieron un papel relevante en su historia.

Sin embargo, algunos de estas personas y monumentos tienen un pasado racista. Por ejemplo, el pasado 27 de junio, el presidente de la Universidad de Princeton anunció que la Junta Directiva de la Universidad decidió cambiar el nombre de su prestigiosa Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales, para eliminar el nombre del expresidente que gobernó Estados Unidos entre 1913 y 1921.

Woodrow Wilson tuvo un papel importante para terminar con la Primera Guerra Mundial y, posteriormente, para el establecimiento de la Sociedad de las Naciones —la antecesora de la Organización de Naciones Unidas—. Sus contribuciones a las relaciones internacionales, tanto desde su puesto como jefe de Estado como desde su pensamiento político, le valieron el Premio Nobel de la Paz, en 1919. No obstante, también fue un hombre con reconocidas convicciones y conductas racistas, algunas de las cuales se reflejaron en políticas públicas para su país.

Aunque tal vez algo más aceptado en esos tiempos, como declaró el Presidente de la Universidad de Princeton, Christopher L. Eisgruber, en su anuncio:

Las políticas segregacionistas de Wilson lo convierten en un homónimo especialmente inapropiado para una escuela de política pública. Cuando una universidad nombra una escuela de política pública para un líder político, inevitablemente sugiere que el homenajeado es un modelo para sus estudiantes. Este momento abrasador en la historia de Estados Unidos ha dejado en claro que el racismo de Wilson lo descalifica para ese papel. En una nación que continúa luchando contra el racismo, esta universidad y su escuela de asuntos públicos e internacionales deben defender clara y firmemente la igualdad y la justicia.

Como en el caso de Woodrow Wilson, el reconocimiento a otras figuras notables de la historia, está siendo sometido a una revisión más seria que en ocasiones anteriores. Varias ciudades estadounidenses están removiendo estatuas de Cristóbal Colón. Él tal vez es una de las figuras más reconocidas de la historia universal. Sus estatuas, sin embargo, son un recuerdo del colonialismo, que, además, en un principio esclavizó a indígenas y los convirtió a la fuerza al cristianismo.

La memoria histórica vs. el reconocimiento a las reivindicaciones de personas negras

El problema de si remover o no las estatuas y monumentos a personajes reconocidamente racistas es controversial. Algunos argumentos consideran que hay que poner en contexto las acciones de hombres como Wilson y Colón. El racismo era algo más socialmente aceptado en los tiempos que les tocó vivir.  Para decirlo de otro modo, eran hijos de su época y en la actualidad tal vez pensarían diferente. Otros argumentos también plantean que no se debe borrar la memoria histórica. Con sus defectos, estas personas también tuvieron un papel preponderante en la historia de sus naciones.

Una tercera línea de argumentos está relacionada a un conflicto de valores. Líderes populistas como Donald Trump acusan a quienes reclaman “la destrucción de la memoria histórica”, de ser personas liberales que adoptan valores diferentes a los compartidos por la mayoría en la sociedad estadounidense. Muchas afirmaciones contra el racismo son interpretadas por este grupo como “corrección política”. En cierta medida esto es cierto.

Trabajos de investigación como los del sociólogo político Ronald Inglehart, de la Universidad de Michigan, muestran cómo las nuevas generaciones en sociedades afluentes, como los Estados Unidos, simpatizan más con valores que él denomina “postmateriales”. Es decir, son creencias sobre bienes no tangibles importantes para millones de jóvenes. Por ejemplo, las políticas contra el cambio climático, la igualdad de género, el derecho al aborto, el reconocimiento de derechos a las parejas del mismo sexo y las reivindicaciones de minorías étnicas —evidentemente, de los afroamericanos—. Sin embargo, esas posiciones las suelen defender personas que se han visto menos afectadas por los cambios económicos y sociales de las últimas décadas.

Miles de estadounidenses se han visto perjudicados, principalmente, por cambios económicos. Especialmente, personas con bajos niveles de escolaridad —que suelen ser más pobres— han encontrado mayor dificultad para ajustarse a una economía basada en el conocimiento; la cual busca talentos, usualmente jóvenes, para competir en áreas productivas globalizadas. Donald Trump ha encontrado un nicho de electores, que resienten no solamente la exclusión económica. También, repudian los valores postmateriales con los que ésta se asocia. Por extensión, muchas estas personas se identifican con valores en contra del “postmaterialismo”. Pero estos son poco beneficiosos para la cohesión de una sociedad muy heterogénea. Este es el caso de la creencia en la “supremacía blanca”.

Si bien, hay que tomar en serio todos estos argumentos, el problema es que al aceptar su alternativa —dejemos a las estatuas y monumentos con pasado racista en paz; el antirracismo es corrección política— se está ignorando las reivindicaciones de millones de estadounidenses afrodescendientes que, en definitiva, están en contra del reconocimiento a la memoria de un pasado racista que sigue perjudicándoles.

De acuerdo con una encuesta, del centro de investigación Pew Research Center, publicada el 27 de junio de 2016, ante la pregunta de si su país hará los cambios necesarios para dar a las personas negras los mismos derechos que a las blancas, un 43% de personas negras entrevistadas respondió que no. Esto contrasta con un 11% de personas blancas que cree que su país realizará los cambios. Es decir, los estadounidenses afrodescendientes son muy escépticos acerca de cambios que se realizarán en su país para mitigar el racismo.

Las personas blancas y negras en Estados Unidos, en promedio, tienden a tener percepciones diferentes sobre el racismo. Esto está, obviamente, alimentado por la experiencia que cada una de ellas haya tenido en su vida y de lo que considere es justo. Así, a pesar de que la elección de Barak Obama como presidente de los Estados Unidos, en 2008, pueda ser considerado como un progreso en la sociedad estadounidense, en la misma encuesta recién mencionada, un 25% de personas blancas cree que el gobierno de Obama empeoró las relaciones interétnicas. Mientras que un 5% de personas negras está de acuerdo con la afirmación. Es decir, es una diferencia considerablemente grande entre percepciones. Las personas negras estadounidenses, en promedio, tienden a creer que existe racismo en su país.

El pasado abolicionista no erradicó el racismo

Se podría pensar que las encuestas no reflejan propiamente una realidad compleja, sino que manifiestan el sentir de una muestra (representativa) de personas entrevistadas en un lugar y tiempo determinados.

Empero, son varias las investigaciones en ciencias sociales que estudian si existe el racismo en Estados Unidos como un fenómeno enquistado en la sociedad. Por ejemplo, varios investigadores estudian por qué a partir de la década de 1970, los estados del Sur de los Estados Unidos votan por el Partido Republicano en mayor proporción. Anteriormente, estos eran estados dominados por el Partido Demócrata, pero el cambio de ese partido hacia políticas de Estado de bienestar a partir de la década de 1930, con el gobierno de Franklin D. Roosevelt, de las cuales muchos afrodescendientes se habrían visto beneficiados, contribuirían a que muchas personas blancas se cambiaran al Partido Republicano. A la larga, este factor contribuyó a mayor apoyo electoral de personas negras hacia el Partido Demócrata desde la década de 1970.

En el Sur de Estados Unidos parece haber mayor tolerancia al racismo. Paradójicamente, también estos estados tienen la población de personas afrodescendientes más grande de toda la nación. Recuérdese que los llamados estados del Sur, se declararon independientes en 1860. Esto motivó la última guerra civil en Estados Unidos. Precisamente, el motivo racial fue protagonista en este conflicto. Los estados del Sur, dependientes de una economía agrícola basada en plantaciones de algodón, creían que la mano de obra esclava era fundamental para la sostenibilidad de su sistema económico. Los del Norte propugnaban otro tipo de economía basada en la libre demanda y oferta de mano de obra, fuera esta de origen afrodescendiente o caucásico. Si el motivo estaba en el fondo originado por ideologías racistas es motivo de discusión entre historiadores.

No obstante, una investigación reciente de los politólogos y economistas Avidit Acharya, Matthew Blackwell y Maya Sen brinda evidencia muy convincente de cómo las personas blancas en los estados del llamado “Sur profundo” — Mississippi, Carolina del Sur, Luisiana, Alabama y Georgia— manifiestan mayores percepciones racistas hacia las personas negras.

Los efectos del pasado

Después de la guerra de secesión (1961-1965), los estados del Sur aceptaron continuar como parte de los Estados Unidos. Sin embargo, aprobaron varias políticas segregacionistas que en las décadas de 1950 y 1960 fueron objetivo del movimiento por los derechos civiles.

Las leyes segregacionistas de finales del siglo XIX y principios del XX, así como movimientos racistas, específicamente el Ku Klux Klan, impulsaron un éxodo de personas afrodescendientes de los estados del Sur, hacia los estados del Norte. La emigración interna se profundizó con las guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945), después que el Ejército de Estados Unidos buscara reclutar también entre ciudadanos negros, bajo promesas de darles vivienda después.

A ese fenómeno de migración interna se le conoce como Gran Migración. Ciudades como Baltimore (estado de Maryland), Detroit (Michigan) y Chicago (Illinois) vieron un aumento rápido de población afrodescendiente, a partir de la década de 1940. Paradójicamente, se da un fenómeno que los científicos sociales llaman “hipótesis de la amenaza racial”. Es decir, muchas personas blancas asentadas en esos lugares desde tiempo atrás, vieron como una amenaza de algún tipo el incremento en población negra en sus vecindarios.

Algunas personas interpretaron a esa población negra como una amenaza a su seguridad. Ciertamente, como sucede en muchos poblados de alta densidad poblacional y con pocas oportunidades laborales y de progreso económico, algunas personas negras se vincularon a actividades criminales.

No obstante, muchas veces, se trató de una percepción de personas blancas hacia personas negras. Este es el caso del referéndum de la Propuesta 14 en California, que tuvo lugar en 1964.  Esta política proponía reformar la ley de ese estado, con el fin de permitir a los residentes a decidir a quién vendían sus propiedades; implícitamente, para poder evitar venderlas a personas de color, tal como documentan los politólogos Tyler Renny y Benjamin Newman en su artículo “Protecting the Right to Discriminate: The Second Great Migration and Racial Threat in the American West”.

Por aparte, con la muerte de George Floyd han sido numerosos los artículos periodísticos que destacan estadísticas sobre el racismo en Estados Unidos. Por ejemplo, en términos de desigualdad económica y pobreza, las personas negras tienden a mostrar menor movilidad social, mayores tasas de pobreza y desigualdad social, como también de encarcelamiento. Esto también se muestra en estudios sistemáticamente desarrollados por economistas y sociólogos.

Raj Chetty, del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, y sus colaboradores, en su proyecto “Opportunity Atlas”, muestran cómo las personas afrodescendientes tienen menores probabilidades de movilidad social. Esto es, de ascender de clase social. Por ejemplo, de una clase bajos ingresos y pocas oportunidades de conseguir mejores puestos de trabajo, a una clase media, o de clase media a alta, a lo largo de sus vidas. Esto se debería a factores enquistados en las instituciones sociales y económicas que impiden el progreso personal, especialmente, desde los niveles educativos.

Como sugieren algunas investigaciones, por ejemplo, “Slavery and the Intergenerational Transmission of Human Capital”, del economista Bruce Sacerdote, parte de la explicación de este fenómeno podría esta relacionado con los efectos del pasado de esclavitud en Estados Unidos y las dinámicas que surgieron con la Gran Migración.

El racismo en nuestros días

Paradójicamente, de acuerdo a varios estudios de opinión, muchas personas blancas perciben que las personas negras no trabajan lo suficiente, se aprovechan de los servicios sociales del Estado o no se ajustan al ideal del “sueño americano”.

Los anteriores son prejuicios. La evidencia en ciencias sociales sugiere que la desigualdad racial en Estados Unidos se debe a factores sistémicos; o sea, no son decisiones personales. Más allá de esto también es importante preguntar qué propicia el racismo.

A raíz del cuestionamiento sobre el racismo en la sociedad estadounidense y el reclamo a preservar la memoria histórica, quienes toman decisiones en ese país y en otros países donde se alza el cuestionamiento deberían preguntarse ¿cuál es la opinión de las personas de minorías que se sienten transgredidas ante el reclamo de memoria histórica? También, ¿contribuye o no a la reproducción de convicciones racistas la tolerancia a figuras históricas que, si bien tuvieron un papel importante en el pasado, también son ejemplos para personas que apoyan el racismo?

 

 


Juan Manuel Muñoz Portillo.
Académico, Coordinador del Observatorio de los Estados Unidos
Centro de Investigación y Estudios Políticos
Universidad de Costa Rica

 

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