Julián Solano: La guillotina para los derechos universales del hombre y el ciudadano

Terribles realidades que hicieron que muchos intelectuales, filósofos y artistas de la pequeña élite ilustrada francesa de la época, simpatizaran y apoyaran las ideas de necesarios cambios sociales y políticos en su sociedad.

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Julián Solano BentesPolitólogo.

“La era jacobina es el faro de todas las épocas revolucionarias y muestra el camino hacia el futuro”.
Karl Marx

Jean Jacques Rousseau describió en su obra “El Contrato Social” su comunidad ideal: una mezcla de su nativa y puritana Ginebra con su admirada Esparta del antiguo Peloponeso. Su admiración hacia esa antinomia de la cosmopolita y democrática Atenas, derivaba del carácter igualitarista que poseía aquella militarizada ciudad estado griega. En ella, siguiendo las leyes de Licurgo, todos los ciudadanos subordinaban sus “egoístas” deseos individuales a los intereses y los objetivos comunes, viviendo austeramente, dentro de una comunidad en permanente esfuerzo heroico.

La comunidad política soñada por Rousseau es aquella adonde la “Voluntad General” suprimiría el pernicioso individualismo, y, expresada a través de asambleas esa voluntad general, proscribiría toda desigualdad y privilegio. Así, el Todo sería algo mucho más importante que la mera suma de las partes. Saigé, discípulo del pensador ginebrino, lo dijo claramente: “La Constitución de Esparta me parece una obra maestra del espíritu humano. La razón por las que nuestras modernas instituciones son y seguirán siendo malas, es que se basan en principios totalmente opuestos a los de Licurgo, reuniendo un conjunto de intereses discordantes y asociaciones particulares opuestas entre sí, y que sería necesario destruirlas totalmente a fin de recobrar aquella simplicidad que es la que crea la fuerza y la perdurabilidad del cuerpo social”. Quizás, sumamente sensible a la inmensa pobreza de la época, decía Rousseau que era más probable encontrar la “virtud” entre los pobres que entre los ricos. Recordemos que para Rousseau el “hombre es bueno por naturaleza” y es la sociedad la que lo corrompe y lo hace actuar mal o en forma no virtuosa.

Si bien el progreso -indudable para el filósofo- de la sociedad organizada y compleja como es la “sociedad civil”, es mucho mayor que en el primitivo “estado de naturaleza” del aislado “buen salvaje”, el precio de ese progreso material es el nacimiento en el alma humana del “amor propio”, que es, según Rousseau, el uso egoísta de otros seres humanos y de la naturaleza en beneficio del individuo. La división del trabajo y su consecuente prosperidad es vista por Rousseau como algo moralmente cuestionable. El paso de la “sociedad natural” a la “sociedad civil” implicó la corrupción moral, pues dicha sociedad civil implica la desigualdad social. Para Rousseau, los únicos virtuosos dentro de dicha sociedad son los pobres porque no han sido corrompidos por la riqueza, el engaño y la explotación de otros.

Frente al “amor propio” o egoísmo, Jean Jacques propone el ejercicio de la virtud. Este comportamiento moral consiste en dar preferencia al bienestar del alma (y del «orden») sobre el del cuerpo, incluyendo las necesidades emocionales de éste -lo que opinan los otros sobre mí, que aparecen en la vida en sociedad-. La virtud es el control y autocontrol de las pasiones irracionales individuales que impulsen las desigualdades, y una manifestación concreta de la virtud es la identificación por la causa de los pobres, que recordemos son los únicos virtuosos de la sociedad civil. Además, el filósofo ginebrino considera que para hacer sostenible la virtud individual (que es la expresión de la voluntad de cada uno), ésta debe coincidir con la “voluntad general” (virtud colectiva), formando así al auténtico ciudadano de la comunidad política virtuosa. El ciudadano -citoyen- debe ser producto de la sociedad virtuosa y de la Voluntad General. La consecuencia de esto es que se debe renunciar conscientemente al beneficio privado en favor del beneficio público. La voluntad general funciona solo con el debilitamiento de las voluntades e intereses de los individuos.

Rousseau considera que la tarea del político consiste en ORDENAR de tal manera la sociedad que exista el menor obstáculo por parte de las voluntades individuales, para que así se escuche e imponga la voluntad colectiva en las asambleas populares. Estos obstáculos para la “voluntad general” disminuyen cuando las características y diferencias en fortuna, educación y pensamiento dentro de las asambleas, sean lo menor posible. La mayor homogeneidad es lo idealmente deseable. Ahí, en esa teoría, tan admirada por muchos todavía hoy, está el germen del totalitarismo. Recordemos a su discípulo Saigé y su idolatría por el legislador espartano Licurgo.

No hay duda de la profunda influencia del pensamiento roussoneano en el espíritu de los jacobinos radicales y de su líder Maximilien Robespierre. Para ellos, la Razón (con r mayúscula) lograría la imposición de la virtud y con ella una sociedad nueva, totalmente distinta al decadente, y profundamente injusto “ancién regime”. El proyecto jacobino iba más allá de lo económico y social y quería crear un “hombre nuevo”: el ciudadano roussoniano. Uno de los lugartenientes de Robespierre, Claude Francois de Payan (ejecutado posteriormente junto a su líder), explicaba que hasta entonces el Estado solo había centralizado el “gobierno físico, material” y que ahora se trataba de centralizar el “Gobierno Moral”. Entre varios proyectos de educación y propaganda revolucionarias, Robespierre fundó además, nada menos que una nueva religión no cristiana, creada por el Estado denominada el “Culto del Ser Supremo”, y cambió el calendario para eliminar toda connotación religiosa y para hacer desaparecer las festividades religiosas tradicionales.

Una vez eliminados sus principales rivales, a su izquierda jacobina el ultra radical Jacques Hebert, y a su derecha, el girondino Georges Danton, ambas ejecuciones le empezaron a aislar y hacer perder apoyos entre los revolucionarios, por lo que empezó a impulsar la etapa conocida como el Terror. Así la explicó el propio “Incorruptible”, como era conocido Robespierre: “Si el principal instrumento del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, en momentos de revolución deben ser a la vez la virtud y el terror: la virtud sin la cuál el terror es funesto, y el terror sin el cuál la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia rápida, severa e inflexible, emana por lo tanto de la virtud, no es tanto un principio específico como una consecuencia del principio general de democracia, aplicado a las necesidades más acuciantes de la patria”. Eran los jacobinos (y todos sus descendientes hasta nuestros días), hombres inspirados por la Razón ilustrada, los que a través del poder del Estado, imponían -e imponen los jacobinos modernos-, lo que ELLOS creían ( o creen) que es mejor, lo conveniente, y lo que es virtuoso para todos los demás, no importa si los demás están de acuerdo o no. Así diseñaron (diseñan) desde arriba, la sociedad “justa y perfecta”.

Con la invención de la guillotina,  se permitió más rapidez en las ejecuciones. Además se les cortó la cabeza de forma “menos dolorosa” que con el hacha tradicional -un gesto muy humanitario por parte de los revolucionarios-, a aproximadamente 16 000, personas. Pero murieron, de distintas formas, entre 160 y 200 mil en los dos años de 1793 y 1794. En la provincia de La Vendee se asesinaron a unos 100 mil ciudadanos en dos días, en su mayoría campesinos. Se considera esta matanza el primer gran genocidio de la era moderna. Si extrapolamos y consideramos la dictadura de Napoleón y sus posteriores guerras expansionistas, ya como emperador, como una consecuencia directa de la Revolución Francesa, se deberían contabilizar entonces unos cinco millones de muertos europeos ( y hasta egipcios) entre militares y sobre todo civiles , que produjeron directa e indirectamente dichas guerras provocadas por el famoso militar corso. El costo de la revolución que buscaba “libertad, igualdad y fraternidad” fue de un inconmensurable sufrimiento y destrucción para los parámetros demográficos y económicos de la época.

Para tener idea de la locura jacobina, en la guerra de independencia norteamericana entre 1775 y 1781 (seis años), murieron unas 28 mil personas entre civiles y militares, y la “Masacre de Boston” que escandalizó justamente a los colonos americanos por el “gran asesinato de civiles por parte de los soldados ingleses”, fue… de cinco personas. La filosofía y objetivos de la guerra de Independencia fueron muy distintas: frente a los desvaríos totalitarios de Rousseau y sus seguidores, fueron las ideas de John Locke las que inspiraron a los rebeldes de las trece colonias. Recordemos que la gran obra de Locke, “El Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil” se inspiró, y por ello teorizó, a partir de la famosa Revolución Gloriosa en Inglaterra de 1688, famosa por no haber tenido muertos y haber obligado al monarca Jacobo II a renunciar y a su vez elegir otro soberano, Guillermo de Orange,  al que obligaron a aceptar el “Bill of Rights” que limitaba su poder absoluto y le imponía un parlamento para aprobar leyes y ejercer control político. Fueron Locke, Hume y Smith entre otros, los que inspiraron a los padres fundadores como Jefferson o Benjamin Franklin. Algunos de ellos como John Adams y Alexander Hamilton incluso escribieron contra el peligro y el absurdo de las ideas roussoneanas, y denunciaron la locura desatada durante la revolución francesa.

Fue la Revolución Francesa la primera gran experiencia de “ingeniería social” de la historia, basada en la creencia de que hay leyes ocultas que la rigen y orientan, y que elevó a la Razón (con r mayúscula) como el instrumento capaz para desentrañarlas. Ello permitió a los racionalistas dirigentes revolucionarios (poseedores ya de la verdad), intentar construir una sociedad perfecta, justa y virtuosa a cualquier precio. Este intento de expresar y materializar en la realidad social el inevitable espíritu liberador de la historia (una alucinación abstracta), encandiló a Hegel y causó una profunda huella en Marx y en todos los socialistas estatistas que lo siguieron y aún lo siguen. Eso a pesar de los repetidos, y extraordinariamente dolorosos fracasos sociales y políticos de la ingeniería social, en las diferentes épocas y lugares que siguieron a la Revolución Francesa en que se ha aplicado.

Conclusión:

No hay duda que la miseria y explotación de las masas francesas -el llamado “estado llano”-, era espantosa durante el Absolutismo de los luises. No hay duda del profundo oscurantismo e ignorancia que atormentaba el espíritu de la mayoría de la población. Terribles realidades que hicieron que muchos intelectuales, filósofos y artistas de la pequeña élite ilustrada francesa de la época, simpatizaran y apoyaran las ideas de necesarios cambios sociales y políticos en su sociedad. El problema que se dió fue el tipo de PRINCIPIOS FILOSÓFICOS Y MORALES que fundamentaron la revolución y su devenir.

Otros ilustrados, en este caso ingleses y escoceses, escogieron otros principios para establecer mecanismos y estrategias para el mejoramiento social y económico de sus pueblos. Estos principios morales -como la empatía natural de los seres humanos-, fueron producto de la observación racional (con r minúscula), empírica, y realista del ser humano concreto tal u como es, y no un ser humano idealizado e inventado por la imaginación, capaz de construir un paraíso de leche y miel. El ser humano no era un ángel como el “buen salvaje” de Rousseau, ni un demonio violento y avaricioso como lo concebía Hobbes, sino un ser de naturaleza imperfecta, aunque no corrompida, cuyo “amor propio” y cuyo afán de auto mejoramiento no puede equipararse a un crudo egoísmo.

Es este “amor propio” de cada quien el que conduce al establecimiento de relaciones humanas e instituciones que moldean, mediante ensayo y error, a la familia, las leyes, las relaciones económicas, la innovación, los emprendimientos, las relaciones de amistad, la competencia y la cooperación humanas. Ese amor propio, a diferencia del egoísmo, es capaz de producir solidaridad, respeto y ayuda mutua, acciones que le permiten al individuo construir sociedades basadas en la confianza en los otros para poder así llevar a cabo su propio proyecto de vida.

Para los pensadores británicos en general y los escoceses en particular, las instituciones sociales y las estatales, se van creando desde abajo, mediante la asociación libre y espontánea de individuos que colaboran. Son instituciones que evolutivamente se van adaptando (mediante ensayo y error), al entorno en que se desarrollan, y por ello, su legitimidad descansa en lo provechosas que son para dichos individuos asociados voluntariamente.

Si para Rousseau la sociedad civil es fundamentalmente corrompida y egoísta, y por eso HAY QUE hacerla virtuosa y homogénea, para los ilustrados escoceses e ingleses, esa sociedad civil creada evolutivamente desde abajo, a partir del intercambio, la cooperación y la competencia entre seres humanos imperfectos, es la única que permite la libertad, el progreso y la realización humana. La primera visión produjo a Robespierre y a Marat, la segunda a Jefferson y a Benjamín Franklin.

Para Locke y Hume, es preferible mil veces Atenas que Esparta, aunque Rousseau, Robespierre y en alguna medida Marx, hayan optado por la segunda.

 


Julián Solano BentesPolitólogo.

El autor es Politólogo. Profesor universitario, cuenta con Postgrado en Relaciones Internacionales (Universidad de Brasilia). Ex-diplomático. Ex consultor para el Instituto Interamericano de Derechos Humanos. Trabajó como Asesor en la Asamblea Legislativa, Ex director nacional de DINADECO.

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