Julián Solano: La rebelión del hombre común

Son las relaciones horizontales y los lazos de confianza, generadores de valores compartidos (cultura), los que construyen y permiten, en libertad, una vida en comunidad.

Julián Solano Bentes, Politólogo.

“Las leyes se hicieron para los hombres y no los hombres para las leyes”.
John Locke

Existe hoy tremenda incertidumbre y desasosiego por los intempestivos fenómenos políticos, de gran impacto, que sacuden al mundo. La consolidación del Brexit; la posible reelección de Trump; la fuerza política de regímenes extremamente conservadores como el polaco o el húngaro; el populismo rampante dentro de la ilustrada Europa; el crecimiento -en número de adherentes y en creciente poder político-, de iglesias de toda laya entre las masas populares de América Latina, incluso entre algunas de sus élites del poder económico; el crecimiento demográfico y de su fundamentalismo, de las poblaciones musulmanas dentro y fuera de sus países de origen; son solo algunos de estos fenómenos que crean perplejidad y ansiedad por doquier.

Curiosamente, son fenómenos políticos que se han dado a contrapelo del “mainstream” de la información mediática, de la globalización del libre mercado, y de las inmensas campañas para inculcar los “valores post modernos” como los nuevos “derechos humanos”, reconceptualizados a partir de los originales por extremistas e intolerantes, que dicen representar a las minorías. Los fenómenos mencionados y otros, se han multiplicado a pesar de las incesantes campañas y acciones llevadas a cabo por la gran prensa “progresista”. A pesar de los inmensos recursos invertidos por los organismos internacionales (ONU) en esas agendas postmodernas, a pesar de las acciones políticas económicas de la Unión Europea, y a pesar de los programas académicos y de investigación de las universidades liberales norteamericanas y europeas, copiados en nuestro país por los sectores socialistas y “progres” de nuestras universidades públicas.

En Costa Rica estos poderosos actores sociales y políticos se preguntan: ¿Como es posible que esté sucediendo esto?, ¿como explicar, en nuestro terruño, que Fabricio casi llegó a presidente?, ¿Por qué, se preguntan muchos radicales, la familia tradicional tiene tanta fuerza y arraigo entre nuestro pueblo, si esa familia “explota a la mujer e impone el patriarcado del hombre blanco, heterosexual, cristiano y machista”? ¿porque los trabajadores y los miembros de minorías no nos votan en las elecciones si somos sus “representantes y defensores”?  Estas y otras muchas interrogantes se hacen en nuestro país muchos intelectuales y políticos cosmopolitas -adictos viajeros frecuentes VIP, y de buen billete-, que, desde sus poltronas en el Poder Judicial, o en sus bibliotecas del claustro universitario, o desde sus programas de radio y televisión, están convencidos que representan – aunque tengan poco contacto real y humano con ellos- a los “garroteados del sistema”.

Personajes de este perfil se ven retratados también en otras latitudes. Un ejemplo de ello sucedió en el Reino Unido adonde un tribunal ha determinado que las escuelas no pueden seguir usando las palabras “padre” y “madre”, porque ello infringe el derecho, “descubierto” por abogados progres, de las parejas del mismo sexo. Un solo Juez, deja por fuera, de la noche a la mañana, el relato fundamental de millones de hogares, utilizado durante cientos de años para la crianza de sus hijos. La locura de la imposición abusiva de los iluminados contra una práctica que ha funcionado eficazmente, para la estabilidad emocional y social de las personas en comunidad.

A partir de esta cruzada cultural que machaca un día sí y otro también, los “ciudadanos de a pie”, observan como sus valores y sus prácticas tradicionales, valores que dan sentido y orientación a su pequeña vida diaria, son agredidos y vilipendiados por ser “retrógados” y conservadores. Este mismo ataque sistemático se ha repetido en Europa, América Latina o en Norteamérica. Ante él hay que callar porque quien se le oponga es un troglodita políticamente incorrecto. La única forma que el “troglodita conservador” -quizás la mayoría de las población-, se ha podido oponer y así defender valores fundamentales para él o ella, es a través del voto en aquellas sociedades adonde todavía la democracia tiene alguna validez y realidad.

La perplejidad de los intelectuales ante este comportamiento se da porque su ideología formativa de fondo, las ideas que sustentan sus análisis de la realidad, nada tienen que ver con la conformación psicológica y sociológica del ser humano real y concreto. Este ser humano no encaja con el modelo de humanidad inventado por la imaginación de esos pensadores de herencia platónica que aún proliferan, y que creen, a pie de puntillas, en la “ingeniería social” desde arriba. Ingeniería aplicada desde el poder para modelar sociedades regidas por seres iluminados y sabios, que sí saben lo que la gente quiere y le conviene más que ellas mísmas.

Cuenta el filósofo inglés Roger Scruton que siendo muy joven estaba en París cuando observó y vivió la rebelión -y su concomitante destrucción-, de Mayo del 68, protagonizada por estudiantes y profesores muy privilegiados en su condición material y educativa, condición derivada del inmenso desarrollo económico y social que se vivía en la Europa Occidental de post-guerra. Sin tener claras las causas o motivos de esa rebelión, el joven Scruton se dijo a si mismo,…”lo que sea que motive esta destrucción, sus ideas o fines, yo estaré siempre en contra de las mismas”. Por cierto, el pueblo francés en las elecciones realizadas pocos meses después, votó masivamente por el partido conservador, reeligiendo al General De Gaulle, antítesis de todo lo que el movimiento revolucionario estudiantil pretendió impulsar. Pese a la simplicidad de la explicación sobre este fenómeno, los intelectuales y políticos partidarios de la “ingeniería social” siguen sin considerarla, siguen hoy sin comprender al ciudadano de a pie.

Para entender un poco estas aparentes paradojas de la rebelión del “ciudadano de a pie” hoy día, retrocedamos a los siglos XVII y XVIII para abrir las páginas del “Segundo Ensayo sobre el gobierno civil” de John Locke y la “Teoría sobre los sentimientos morales” de Adam Smith. Dichas obras fueron escritas en épocas de monarquías absolutistas, guerras religiosas, colonialismo y rebeliones campesinas. Locke empieza preguntándose sobre la legitimidad de un gobierno y llega a la conclusión de que ésta descansa en el consentimiento de los ciudadanos. Otro autor, Thomas Hobbes, llega a la misma conclusión, pero diciendo que el necesario consentimiento del ciudadano significaba su renuncia al derecho individual para otorgárselo totalmente al monarca, a cambio de la protección para su seguridad personal y la de la sociedad. Es el gran alegato en favor del estado autoritario. Para justificar sus posiciones teóricamente, ambos autores plantearon que en épocas anteriores a la constitución del Estado existía el denominado por ellos “Estado de naturaleza”. Para Hobbes, éste era una sociedad salvaje, violenta, adonde predominaba la lucha de todos contra todos, y adonde el trabajo, la propiedad y la misma vida eran precarios e inseguros. De ahí la necesidad de un Contrato Social para refundar la sociedad bajo el dominio del Leviatán (absolutismo monárquico). Una variante interpretativa del “Estado de naturaleza” también la dio el pensador francés Jean Jacques Rousseau, quién, totalmente al contrario de Hobbes, decía que éste estado era casi un paraíso terrenal que fue pervertido y desaparecido por la evolución de la sociedad, y sobre todo, por la aparición de la propiedad. Demás está decir las catástrofes que en la práctica sucedieron y suceden cuando se lleva este planteamiento roussoniano a las últimas consecuencias. Jacobinos y bolcheviques entre otros le creyeron y condenaron a millones de seres humanos al derramamiento de sangre y al sufrimiento.

Locke como buen empirista, a diferencia de esas dos extremas interpretaciones, nos dijo que el estado de naturaleza no era ni paraíso ni infierno. Era una organización ya social, de convivencia humana, pero sin Estado. Ello se demostraba por la existencia del lenguaje y el dinero que fueron invenciones pre-estatales. Decía Locke que en el estado de naturaleza el hombre debía trabajar y ganar el sustento con el sudor de su frente. De ese trabajo derivan sus tres derechos naturales: derecho a la vida, derecho a la libertad y el derecho a la propiedad (esta última fruto del trabajo realizado). El problema es que en toda sociedad cada quién actúa en el interés propio y ello puede conducir a la violación de parte de algunos de los derechos naturales de los demás individuos. Consecuencia de esto surgió la necesidad, no de un contrato social al estilo Hobbes o Rousseau, sino un “Contrato político” para proteger los tres derechos naturales del individuo.

Para Locke la sociedad nace de manera espontánea, mientras que el Estado (lo político) surge para proteger los derechos naturales. Para él, la sociabilidad humana es necesaria para adquirir seguridad personal y ayuda mutua para así poder ejercer la libertad. El Estado o el poder de unos pocos no puede, de ninguna manera, disminuir la voluntad y las preferencias del individuo en su interacción con los otros.

Nuestro otro autor, Adam Smith estudia porqué las personas normales respetan espontáneamente las obligaciones de unos con otros, porqué se da la reciprocidad, y como esa reciprocidad es la base de la sociedad. Smith es más conocido por su monumental obra “La riqueza de las naciones”, a partir de la cual muchos de sus seguidores y detractores cayeron en la falacia de creer que fue el creador del calculador y egoísta “homo economicus”. Pero si juntamos las dos obras y las estudiamos como complementarias, vemos que el sabio escocés tenía claro que el hombre es un ser social complejo e integral, cuya humanidad deviene tanto de la producción de su vida material (práctica económica), como de su existencia moral (su necesidad psicológica de seguridad y desarrollo junto a los otros seres humanos). Un ser humano imbuido de deberes y derechos en relación con los demás.  Incluso utilizó lo que hoy llamamos empatía (él la llamó simpatía), que es un impulso natural de ponerse en el lugar del otro. La sociedad fundamentada en solo derechos sin la contrapartida de obligaciones va, no solo a la quiebra económica sino, sobre todo, a la decadencia moral.

Este tipo de pensamiento, producto tanto de la razón como de la evolución práctica de las sociedades -gracias al intercambio, la reciprocidad, la confianza empática y, sobre todo, el ensayo y el error que implica el vivir en comunidad-, ha sido muy propio de las sociedades anglosajonas. Lo admirable del mundo anglosajón es su respeto al individuo y a las costumbres de la sociedad civil. Prueba mayúscula es su no necesidad de una Constitución escrita y su derecho consuetudinario. Es el vivir junto a los otros lo que va creando derecho y comunidad. Es la experiencia siempre fluida y cambiante pero anclada en valores básicos, el fundamento de la convivencia. Convivencia nacida desde la base social y no impuesta por el estado político. El resto de las sociedades humanas, por razones que tendría que abordar en otro artículo, han sido dominadas ideológicamente por la herencia filosófico política del platonismo de La República. Esto explicaría la locura de las “ingenierías sociales” que tanto dolor y destrucción han causado a través de la historia. Desde Platón, cierto pensamiento ha creído posible que “iluminados” (filósofos, sacerdotes, reyes, partidos de vanguardia, líderes mesiánicos, o el Estado), pueden modelar a la sociedad y al ser humano (el “hombre nuevo” de los discursos fascistas del Che o de Pol Pot, o la “raza superior” del nazismo, han sido sus expresiones extremas).

En contrario, más bien podemos afirmar que en la realidad social, hay un curso “natural” de las sociedades (que deviene del intercambio comercial; de la división del trabajo; de los relatos míticos o religiosos compartidos; de la cooperación espontánea), que es un curso muy fuerte (una psique colectiva), que crea el cemento del orden social paulatinamente cambiante y adaptativo. Este curso es mucho más fuerte y profundo que cualquier cambio que el Estado o el poder político quiera intervenir o torcer desde arriba.

Son las relaciones horizontales y los lazos de confianza, generadores de valores compartidos (cultura), los que construyen y permiten, en libertad, una vida en comunidad. Los fenómenos políticos inquietantes que describí al principio, son producto de la rebelión del hombre común, del hombre práctico, que trata de sobrevivir y llevar una buena vida con su familia y su comunidad. Rebelión del ser humano producto de la evolución y no de la revolución, del hombre que necesita anclas vitales, sean religiosas, morales, económicas, o sociales para mitigar sus crecientes ansiedades. Es el ser humano que los ingenieros sociales “progres” no entienden ni entenderán. Por ello, su rebelión les está dando una dura lección.

 

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Julián Solano Bentes

El autor es Politólogo. Profesor universitario, cuenta con Postgrado en Relaciones Internacionales (Universidad de Brasilia). Ex-diplomático. Ex consultor para el Instituto Interamericano de Derechos Humanos. Ex director nacional DINADECO.

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