Julián Solano: Terrorismo fiscal, ansiedad y desempleo.

Difícil esto de aceptar para los “ingenieros sociales”, que son los políticos que creen que son ellos los que construyen a la sociedad y la hacen “feliz” y no, los propios ciudadanos… si los dejan en paz.

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Julián Solano Bentes, Politólogo.

Ciertamente -y desgraciadamente-, la reforma fiscal era necesaria. El escenario era apocalíptico sino se tomaban medidas urgentes y radicales. Pero ahora seguro estoy  que en el propio texto o, en la interpretación que ahora hacen del mismo las autoridades hacendarias, les metieron varios goles a los bienintencionados diputados. Un ejemplo brutal es lo que estamos viendo, por ejemplo, con los bienes de las sociedades anónimas que no desarrollan actividades lucrativas, pero que inscriben bienes valiosos a su nombre, como una casa, un local, un carro, u otro.

La interpretación de los gendarmes fiscales es que tales bienes se podrán considerar un “incremento de patrimonio sin justificación”, y como tal, calificarse como “renta” de esa sociedad. Surge entonces, de acuerdo a estos vivillos, la obligación de pagar impuestos, como si esos bienes fuesen ganancias o utilidades. Válgame Dios, así sea una casa que dejó la abuelita, o un apartamento que con sus ahorros hizo un amoroso padre de familia y que luego heredó sin testamento, no importa, inventan, como sacaba Mandrake conejos de su chistera, fundamentados en pirotecnias legales burocráticas, de que eso es capital. Además, utilizarán alícuotas a pagar que son absurdamente elevadas, incluso por encima de la mayoría de los países de la OCDE.

Si al nuevo terrorismo fiscal agregamos la ineficacia e ineficiencia del gasto social, tan alto como el promedio de dicha OCDE, pero que mantiene nuestros indicadores de pobreza y pobreza extrema en los mismos niveles de hace 20 años, tenemos a ciudadanos trabajadores y a empresarios de todo tamaño, que ven que su enorme sacrifico no tiene mayor sentido. Es un hecho que la economía tiene mucho que ver con la psicología. Todos tomamos nuestras decisiones de inversión, consumo, trabajo y pagos tributarios de acuerdo a lo que nuestra mente y nuestro corazón nos dictan como la decisión que maximiza nuestros beneficios personales y colectivos, y minimizan nuestros costos personales y colectivos. Las personas no invierten si sienten que el fruto de su trabajo, de su ahorro, y su patrimonio están siendo esquilmados por el Estado.

Hace algunos años, el economista Arthur Laffer planteó su famosa “Curva de Laffer” , sustentado en la teoría, muy confirmada por la realidad, de que hay un umbral de tasa impositiva – diferente para cada país y su particular grado de desarrollo-, en que la las personas empiezan inevitablemente a eludir tributos o a hundirse en la informalidad para protegerse. Ello confirma que no necesariamente más tributos implican más ingresos para el Estado. La voracidad fiscal seca a la vaquita lechera. Con el agravante que los ricos se van, o esconden fuera sus verdaderos ingresos cuando se sienten acorralados, mientras los pequeños empresarios, los trabajadores y los pobres se tienen que quedar aquí, viendo sus esfuerzos y empleos languidecer.

Las cifras son contundentes. A pesar del rebajo patrimonial a las personas físicas y jurídicas el déficit fiscal aumentó. Dicho déficit en el 2018 fue del 5.9% del PIB y en el 2019 del 7,0%, y, la deuda del gobierno central pasó del 53% del PIB a 58,5% del PIB. Esto en el marco de un decrecimiento del Producto Interno Bruto -es decir todos los bienes y servicios generados en el país en un año- de un 2,1% del 2019 respecto al 2,6% en el 2018. La consecuencia dolorosa de todo esto es un aumento del desempleo que pasó de un altísimo 12% a un 12,4%. Más claro no canta un gallo madrugón.

Conclusión: Si la economía es en gran parte psicología, estamos viviendo grados de extrema ansiedad e inseguridad, producto de un Leviatán que cada vez más, persigue las pingues ganancias del trabajador, del profesional y del pequeño y mediano empresario. Existe mucho temor por la casita heredada de la abuela o el localito que costó años y años de no consumir y ahorrar para dejarle algo a los hijos. Existe ansiedad ante la delincuencia que crece con el desempleo.

Una sociedad con menos restricciones a la iniciativa privada, a la libertad de decisión económica de las personas, al incentivo de saber que el fruto de un esfuerzo no será arrebatado, impulsa, sin duda alguna, a la sana inversión, al crecimiento económico y al crecimiento del empleo. Menos ansiedad para los ciudadanos de bien. Difícil esto de aceptar para los “ingenieros sociales”, que son los políticos que creen que son ellos los que construyen a la sociedad y la hacen “feliz” y no, los propios ciudadanos… si los dejan en paz.

 

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Julián Solano Bentes

El autor es Politólogo. Profesor universitario, cuenta con Postgrado en Relaciones Internacionales (Universidad de Brasilia). Ex-diplomático. Ex consultor para el Instituto Interamericano de Derechos Humanos. Ex director nacional DINADECO.

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