Julieta Dobles Yzaguirre.
La casa árabe en Jerusalén
Calle Bustenai 3, Jerusalén.
(mayo 1987 – noviembre 1989)
a Giza Pinchansky y a Juliette Levi-Golberg,
porque nuestra casa en Jerusalén fue también un poco suya.
Nos esperaba así, entera,
firme entre sus columnas que la piedra bordó.
Después de tantas guerras,
–al fin y al cabo ella misma botín también–.
Firme entre sus silencios despoblados
de glorias, exilios y leyendas,
de harenes y gobiernos,
de primeros ministros oscilando
entre el poder y la desgracia,
de embajadores y fantasmas
colgando y descolgando trajes
en sus armarios de capilla
blancos y trepidantes
como sus cielos, yesos luminosos,
que atestiguaban eras y revoques.
En el jardín trasero, apenumbrado
por la voz de los pinos, susurrando
músicas de otros tiempos y otros mundos,
sobrecogía el aroma de señoras
paseando sus nostalgias, sus encierros,
sus velos, y su caja de suspiros
en el bloque del aire atormentado.
Allí donde el estanque olvidado y reseco
nos pidió en un susurro –y le fue concedido–
su viejo sueño de escamas y colores,
donde las aguas cantaran
al borde y corazón de la piedra y sus légamos.
Piedra blanca sobre la piedra madre,
así fue nuestra casa en Israel,
piedra, lomo y estela de raros esplendores
cuando la luz poniente la tocaba,
casi como llorando.
Y ese grito aromoso del romero
verdeando entre la piedra,
subiendo, incienso múltiple,
por balcones, ventanas, deseos, amaneceres,
en las noches de verano y de luna
con que Jerusalén se deja perdonar
sus calores del día.
Y así nos recibió:
de par en par la vida y las ventanas,
y las puertas que rara vez cerraron.
De par en par la luz y los aromas,
las rosas agostadas en su incienso sabido
como un sueño marcado desde siempre.
Los geranios del frente,
trepando por la placa protocolar y escueta,
la bandera tricolor sin viento, recogida
en el sopor de brasa del desierto
y sus cielos de azul innumerable.
De par en par su alma singular y azarosa.
Nosotros,
la familia de viajeros añorando otros soles
sucumbimos muy pronto a su airosa serenidad,
a sus frescuras murmurantes, en el estío,
a sus quejas silentes
bajo de las lloviznas sigilosas de invierno.
Fue la casa de todos los muchachos del barrio
–casa abierta– según
la bautizaron los vecinos.
y ahí el amor tuvo su asalto
y su temible fortaleza.
Y la música,
sus mañanas plenarias.
Y los ojos heridos de los gatos salvajes,
el hambre abismal de los perros perdidos,
las raras campanadas de la poesía absoluta
cura, saciedad y refugio.
La vida la rebosó,
dándole un aire de fiesta inesperada
y ella retribuyó tanto bullicio
con su aura generosa de cien años rotundos.
En el salón de blancos espejismos,
el regalo del bosque
se hacía presente en cada Navidad:
un abeto gigante que rozaba
los cielos de doble alto.
Y los chicos judíos, junto con nuestros hijos,
cantaban villancicos y evocaban, atónitos
el antiguo Belén.
Allí mismo rehicimos el complejo ritual
de la Pascua Judía y su pétrea palabra,
y los dos años nuevos resonaron
en los vidrios festivos de la casa,
transformando en vitrales por un rato
su austeridad de mudas transparencias.
Y los nombres de Dios se repitieron
en ese mismo reino de albores y espejismos
y supongo que Dios se sintió complacido,
sin importar qué nombre tuviera en cada lengua.
Nuestra familia ignora la historia de Babel.
Libro disponible en Editorial Universidad de Costa Rica.

