Julieta Dobles Yzaguirre.
La casa de las ventanas plenarias
El Alto de Guadalupe, Goicoechea, Costa Rica.
(setiembre 1986 – mayo 1987)
El yigüirro invisible elevó en dos octavas
el cafetal absorto, y nosotros llegamos
a tomar posesión de la casita blanca,
dispuestos a gozar del solar de la patria
y sus bandadas breves y sonoras.
Ah, esas bandadas de loros
o pericos fugaces y colores
que inauguran mañanas y rompen los silencios
con una beatitud de campanario.
Aquel retorno quiso ser festivo.
En cambio, fue reposo y fue la tregua,
sorbo de paz en tanta incertidumbre,
que ignoró los primeros desamores
surgidos, sin aviso,
abra en medio del campo, inadvertida.
Rodeados de matorral y gallos mañaneros,
y antiguos cafetales que alguien olvidó.
A nuestros pies el brillo
de la ciudad tan próxima,
y lejana entre el aire que madura despacio,
blanco espejo del sol,
se nos desparramaba por la noche
como una miríada de luciérnagas plenas.
El Alto acogió
nuestro pequeño desamparo,
nos ofreció sus árboles amenazados y perfectos,
el concierto aplazado de yigüirros fugaces,
el murmullo certero de sus chicharras níveas.
A nuestros hijos les devolvió su patria,
cielos, amigos nuevos, guayabas montaraces
donde aspirar, ansiosos, el olor del retorno.
Inclusive las cajetas de coco,
cristalinas y amables,
nos dieron la ilusión de que volvíamos
a poblar para siempre
los rincones vacíos del recuerdo.
Tú y yo nos escapábamos uno del otro, tristes,
dolorosos y ambiguos,
porque al crecer los hijos
se habían hecho más hondas y terribles
las grietas del amor.
Pero aún hubo tardes que saborear reunidos,
y el anillo de hijos, más rotundo que el de oro,
pudo unir nuestras manos
en el nuevo destino que la vida ofrecía
a nuestros dos azares,
a nuestros dos silencios comenzados
tan sigilosamente,
que ninguno advirtió su filtro amenazante
en la alegría rotunda de la patria devuelta.
Libro disponible en Editorial Universidad de Costa Rica.

