Julieta Dobles.

La casa del vuelo
Plum Street, Brentwood, Long Island.
(Julio 1983 – noviembre 1984)

¿Sabéis cómo transforma el vuelo
una vida, dos vidas, muchas vidas?
Lo convierte en azules vitrinas de lo siempre inefable.

Llegamos a Manhattan una tarde invencible
de escapados naranjas,
desde el Madrid de soles y polvo atormentado
que fue nuestro país de palabra y poema.
Dejamos en la bruma rascacielos y túneles
hacia la casa de Brentwood, en Long Island,
madera acogedora donde el hálito inmenso del verano
esmaltaba el poniente con aromas de césped
en aquel julio en que el mar nos besaría las tardes,
con delicias absolutamente insospechadas.

Todo tenía otro aroma y otro hálito.
¿Sabéis que cada tierra tiene un aliento nuevo,
y podríamos hacer una espléndida geografía
del aliento terrestre,
y los miles de aromas que le dan vida y cuerpo?
Aquellos sorpresivos bosques mudos,
embozados de humedades agrestes
nos traerían su aliento tan nuevo y tan distinto.
Aquí una ardilla, que huye como un minuto rojo.

Más allá, la estela fugacísima
de un mapache nocturno
entre el murmullo oscuro de los castaños ciegos.

Y en el sumiso esplendor del mediodía,
los cardenales tornasoles,
volando al ras del suelo,
tan sólo por burlarse,
-poder del vuelo sobre la vieja garra-
de la vana crueldad
de los gatos mimosos y domésticos.

El vuelo, el vuelo de los bosques
y su aliento de muralla mayor
junto a la “Gran Manzana”,
los cielos sorpresivos que el mar ha contagiado
con su temperamento, con su argamasa móvil
como espuma del día,
en esa isla del sol y de la nieve
que es el Long Island de alas esmeralda
extendidas al viento.

Allí nuestra familia se inauguró en la lengua
y el espíritu claro de un país fascinante.
Emprendimos las duras tareas de la huerta,
donde sólo un elote y un espantapájaros
sobrevivieron sanos
al amor de los pájaros voraces.
Y es que el “hazlo tú mismo” es allí una oración,
un sendero interior,
un puente entre dos vuelos,
como recoger fresas, o cortar calabazas,
rituales que se gestan en el año brevísimo
como la vida misma y su vuelo sagrado.

Reencontramos la voz y el hálito invencible
de Walt Whittman, en su cuna terrestre.
Junto al acantilado de los jacintos breves,
en la espuma de mares aquí mansa, allá inmensa,
y entre mi casi muerte una tarde de océanos
atormentados, lóbregos,
su poesía nos llevó de la mano a su casa,
y su casa abrió de nuevo sus poemas,
como un himno de vidas frente al paisaje intenso.

Por Julieta Dobles Yzaguirre

Poeta, escritora y educadora, cinco veces ganadora del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría y del Premio Nacional de Cultura Magón 2013.​