Julieta Dobles Yzaguirre.
15, Rue Erlanger. París.
(setiembre 1999 – diciembre 2000)
El otoño de las ciudades tiene
un no sé qué melancólico de tarde,
como si la caldera de lo humano fallido
condensara en otoño todas sus levedades.
Entonces basta un árbol, uno solo,
y mejor si son dos, como estos nuestros,
que se yerguen unidos y cantores
para olvidar tristezas, espectros y silencios
y sentir el llamado de la brisa en sus bordes.
Sólo dos en la calle, como éstos,
que se cuelan a pocos, dulcemente,
con su fulgor furtivo sobre nuestro balcón,
orgullos de la acera, pregones diamantinos,
pajareras en pugna, paragüeras del sol.
Y la lluvia, y la lluvia desconsolada y ocre
hermana barro y oro en la misma canción,
en donde cada charco es trampa oscurecida
y el frío ataca de pronto, sin fulgor y sin voz.
Sin embargo este otoño yo te amo
así, otoñal, de una manera nueva.
Junto a este radiador que inicia sus incendios,
un amor de pantuflas y palabras pequeñas,
de poemas que nacen, de sofá atardecido,
de caricias que rinden sin comenzar apenas,
cuando van encendiéndose las luces de los barcos
enjambre de luciérnagas titilando en el Sena.
Y allá lejos, detrás de nuestra calle,
el cobre de los bosques de Boloña,
cúpula viva en el verano quieta,
y hoy, tobogán del viento entre las hojas.
Ah pisito minúsculo, tan breve
como una zapatilla de cristales rotundos
rodeada de calles tumultuosas y rápidas
donde nunca está el mundo.
Pisito para dos bien entendidos,
con su bañera azul, como un mar diminuto,
y su enorme balcón amanecido
cada mañana frente a las dos higueras
que van enmudeciendo conforme pesa el frío.
Cocina de dos pasos, burbujilla de olores,
un dormitorio-estudio con su cama esperando
reino de los amantes, cancha de los amores
que hemos alegremente inaugurado
desde nuestros reencuentros otoñales,
en este otoño tan recién llegado.
Libro disponible en Editorial Universidad de Costa Rica.

