Julieta Dobles: De “Casas de la memoria” –

Julieta Dobles.

La casa del asedio
Rue de Javeleurs, Franconville, Ile de France.
(octubre 1998 – julio 1999)

Fue tan etérea como
las nieblas del atardecer,
de esas que ella auspiciaba
en su jardín de cedros siemprevivos.
Nos deslumbró su gracia mediterránea y clara
sin la severidad de las casas del pueblo,
su algibe, por donde subían las madreselvas,
sus mosaicos ibéricos donde el color reinaba
y sus ventanas generosas y albas,
abiertas al fulgor de los jardines,
o a la alta noche del invierno,
marcada solamente en sus tinieblas
por el rugir de aviones invisibles.

La escalera bordada de rejas andaluzas
abrazaba devota,
sus tres niveles misteriosos,
desde la penumbra olorosa a jabón
del sótano repleto de objetos y de voces,
hasta las dos buhardillas amplísimas y raras,
con sus ventanas,
heridas del tejado que prolongaban cielos.

Ibéricos sus dueños y su creador de soles,
era toda ella una nostalgia
de tierras más amables y más cálidas.

Y la angustia creció,
como una nube de gases insidiosos,
alimentada por el frío invernal
y por ese vacío que en los pueblitos galos
se cierne sobre los forasteros
como una consigna de silencios.

Por Navidad todos languidecíamos
de oscuridad y nostalgias,
y la casa, en su belleza rara,
nos servía de torre y de prisión.
No importaba que en el jardín de abetos
la escarcha remendara sus encajes
cada mañana etérea,
ni que la nieve izara sus raros toques de alba
entre la luz y el viento.
Esa extraña tristeza,
esa fiebre de helados desconsuelos,
ese abandono diurno, ese clamor nocturno
nos sitiaban entre miedo y coraje,
entre salud y muerte, sin causa ni principio.

Huimos de esa casa, una de las más bellas,
como quien derramara el vino envenenado
en una fiesta ambigua, enloquecida.

Siempre flotamos en un mar
de grutas y naufragios que no conoceremos.
¿Quién baja a los abismos?

 

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