Julieta Dobles: Poesía

Canto en vano para una resurrección. Canto para los niños sin infancia. Compañera.

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Julieta Dobles.

Del libro El peso vivo
Editorial Costa Rica, San José, 1968.
Premio Nacional de Poesía Aquileo J Echeverría del mismo año.

Canto en vano para una resurrección

Algo se nos está muriendo
Siempre,
Con esa muerte lenta de los pulsos vacíos,
Mientras tú y yo besamos,
Reímos de las cosas y del viento,
Comemos,
Nos amamos,
Y sabemos
Que toda nuestra luz nos pertenece,
Sin ser nuestra siquiera.

Alguien se muere siempre,
Hasta cuando
Un péndulo dibuja
Cuartos de hora hacia la vida,
O cuando fingen niños en la plaza
Su muerte de juguete.

Alguien se está muriendo
Sin remedio,
Con los pies hacia el mar
Que no detiene nunca
Su rítmico latido azulsalado.

Cada instante termina para alguien
Toda la eternidad,
Mientras cantan los coros en la iglesia,
Y cada niño nace,
Y el pan crece en las rojas
Mandíbulas del fuego.
Alguien se muere
Con cada movimiento
De tu mano y mi mano.
Y nosotros seguimos,
Sin saberlo,
Engendramos más hijos,
Sin saberlo,
Y pensamos vivir eternamente,
¡sin saberlo!

 

Canto para los niños sin infancia

Allá,
Cuando era niña,
Probé la hierba.
Y era verde su olor,
Y verde su sabor,
Y verde su escondido y pequeño
Rincón de sombras.

Sin embargo,
La amargura
Que no tiene la hierba
Cuando está dormida,
La tienes tú,
Pequeño limosnero sin sombra,
A esta hora en que los niños duermen
Y en que tu sueño
Abre su boca blanca,
Interrogante.

A las diez de la noche
La lluvia extiende sobre las piedras
Su fatigada lengua de frío.
A las diez de la noche
El hambre muerde y muerde
Cerca del corazón.
A las diez de la noche
Te quedas en la esquina,
Solitario,
Tembloroso.
Y aunque quieres gritar que no se vayan todos,
Que no dejen la calle abandonada,
Que el viento, si no hay nadie,
Gruñe y empuja contra las paredes,
La soledad se posa, inevitable,
Sobre sus manos sucias y asombradas.
Es la hora en que los niños duermen
Para no oír el miedo nocturno que se agita.

Pero tú,
Pequeño de seis años,
No eres niño siquiera.
Cuando naciste
Alguien dijo que la infancia no te pertenecía.
Y desde entonces
Lo vienen repitiendo muchas bocas:
-el pan tampoco es suyo
-ni el cariño
-ni la pequeña tierra de sus pasos,
-ni esos seis años que le vienen grandes.
Y por eso,
Sin nada tuyo,
Ni siquiera el sueño,
Miras la calle
Como una larga pesadilla sin sueño
Entre los ojos.

Pero algún día
La hierba será dulce.
Y te será devuelto tu corazón de niño,
Tu reposo de niño,
Y la pisada de amor que te negaron
Sobre la tierra.
Quizá bajo la hierba
Hayamos enterrado muchos muertos,
Pero la noche no podrá apretarte
Nunca más
Contra la mesa de los bares,
Ni gritarte en el miedo
Con su voz de borracha.
El olor de la hierba
Seguirá siendo verde,
Y verde su sabor,
Y verde
Su escondido y pequeño
Rincón de sombras,
Para que tú lo encuentres
Y lo ames.

 

Compañera

¡La muerte!
¿La muerte?
Es un pequeño grano que germina sin cuerpo.
En los filos de las cosas perennes,
En las hojas resecas,
En los terrones húmedos,
Entre las lágrimas,
En cada amor, en cada árbol derribado,
En todos va la pequeña simiente.

En los recién nacidos
El grano de la muerte
Comienza su larga gestación de la sombra.
En los retoños verdes
La muerte siempre tiene
Su más pequeña hojuela.

Hasta que un día,
Algo húmedo y callado,
Algo como la muerte
Pequeña de nuestro nacimiento,
Se nos abre en las manos,
Germinando, germinando despacio
Desde algún sitio oscuro.
Y queremos tomarla,
Deshacerla,
Vaciar sobre ella
Toda la angustia de la espera.
Pero no tiene cuerpo,
Ni sombra, ni color.
Nuestra muerte
Es solo una sombra inmensa
Trabajando en la vida.

 

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