Julieta Dobles: Poesía

Del libro "Los delitos de pandora": Último aquelarre. Contrapunto y quimera. Cinco heridas para morir de amor. Canción de los tres asombros.

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Julieta Dobles.

. (Editorial Costa Rica, 1987):

 

Último aquelarre

Hemos venido todas
Las de las manos mágicas.
Tú nos has conjurado,
y al exacto poder de la palabra
nos hemos reunido, como antaño,
en la noche de la luna silente
y del calor del fuego, receloso.

Salimos de la ceniza atormentada,
del potro y del abismo
en que hallamos la muerte,
con el cuerpo rasgado
y todas las ofrendas terrestres
duramente aprendidas,
rotas, exánimes,
convulsas entre el lodo y la sangre.

Sabíamos de tantas luciérnagas salvajes
habitando lo humano,
de los pequeños espacios luminosos
donde se mueve el alma,
gestando sus pasiones,
de las cuevas de angustia donde se paraliza,
de las múltiples máscaras
en las que se refugia su frágil esplendor,
y de los cuarzos vivos, espléndidos, cortantes,
que son sus posesiones y su gozo.
Fueron nuestros los árboles,
verdes santuarios,
altas cúpulas vivas y sagradas,
las hierbas que nos llaman
con su puntal de aromas
y su humildad de oculto sacerdocio
sobre los anchos dones de la vida,
la salud o la muerte.

Nuestro secreto estaba en las cosas pequeñas,
como el instante de la medianoche,
o la palabra, rápida
pero exacta,
conjuración de realidades mínimas,
murmullo solitario
bajo el estruendo del poder
y su hipnótica pompa.

¿Dónde nuestra verdad? ¿Cuál nuestro signo?
Grano de sal que crece,
voluntad milenaria que se inició en la vida
como un puntal de estrella en la noche del mundo.
Conocíamos los resortes secretos
del amor y su espacio doloroso,
las fuerzas de la luz y de la sombra
que se agitan en todo nacimiento,
hermanas del secreto compartido,
cómplices en el canto
del polvo y sus fulgores,
en la firmeza toda de manos enlazadas.

Sembradoras antiguas,
gestadoras de humos gestadores,
ningún otro poder supo tanto y tan leve.
Levedad en la roca, levedad en el hondo
cauce de la paciencia.
Atesorando chispas que la tierra vigila
y se le escapan.
Conociendo el futuro
por las huellas inciertas y tenaces
del pasado y sus sombras.
Curando por el gusto de administrar la vida.
Y no nos destruyeron.
No se destruye algo que está en todos.
A pesar de la hoguera
y sus temibles lenguas que van creando
territorio de horror sobre la llaga,
aún gobernamos hondos espacios habitados.
Y algo de cada pueblo,
de cada madre, de cada amor,
de cada curación o nacimiento
nos pertenece, es nuestra creación,
es nuestra sombra
sobre esta premonición antigua que es la Tierra.

 

Contrapunto y quimera

Toda patria es el tránsito sagrado
de nuestra propia huella,
el vínculo que enlaza
imperceptiblemente nuestros sueños.

Ser mujer, hoy, urgente reto contra la nada,
es recorrer dos patrias diferentes
escindidas en su razón de logro y hermosura,
que a menudo se lanzan, indefensas,
una contra la otra.
Es descubrir a un tiempo
el territorio extenso que danza y se estremece
allá, afuera, acorde repetido
que nos llama y nos llama,
y este íntimo huerto,
facultad y recinto de la vida,
que exige compartirse y anegarse
y extenderse sobre él, infatigablemente.

El paisaje nos busca detrás de los cristales,
trasmuta los colores de la luz
en un solo esplendor.

Viéndolo, como alicias deslumbradas,
probamos llaves, estaturas, ímpetus,
para tomar lo que nos corresponde
de esa luz, que tanto más promete
cuanta más lejanía hay entre ella
y la avidez del ojo.

Alzamos, pues, aquella sed antigua
para probar nuestro esplendor
entre las cosas y sus territorios,
creando, desde su hálito,
nuevos andamios para lo imposible:
la máquina de móviles metales
que multiplica al músculo,
a su asombroso instante
de tensión y poder.

(Pero el hambre de todos los que amamos
es cosa nuestra; es urgente oficiar
sobre el pan y la sal.
Que su calor de hornada y levadura
se encienda por tres gozos en el día.)

O el onírico mundo de la célula:
cuevas y bosques vivos, infinitos,
que alargan sus colores de artificio
corriendo y palpitando bajo el lente y el ojo.

(Pero hay polvo, camas que nadie ha hecho,
plantas que se deshacen en el viento sin agua.
El mundo necesita ser barrido diariamente).

O el espacio profundo y sus peldaños
apenas iniciados,
donde campearán números y naves y árboles
con idéntico gozo.

(Ay, que el hijo se aferra
a esta entraña de júbilo también,
pidiéndonos el tiempo y la vigilia
y la amorosa puerta donde estrenar el mundo
que sólo nuestra mano le abrirá.)

O el arte y sus mil venas sutiles y asombradas,
por donde la belleza toma expresión y pánico
y por donde subimos,
peregrinos de otra sangre más alta,
a atisbar los caminos que burlan a la muerte.

(Pero el tiempo devorará, falaz y espeso,
los quehaceres mortales
que sostienen la despensa y la casa,
hasta que la vejez inaugure su asedio
-sola vejez la nuestra-
después de tanto mundo ajeno
como hicimos crecer desde la mano.)

Confusas, algunas levantamos
un muro atormentado
ante la luz de la ventana abierta.
O secamos el huerto que irrumpe con su olor
de savias subterráneas,
y nos tornamos mitades angustiadas
caricaturas hondas y certeras
en los cauces plurales del existir.

¿Cómo unir limpiamente
las dulces y pesadas ataduras terrestres
con el amplio aire seco de la imaginación
y el inquieto delirio con que la inteligencia
complace y atormenta a sus criaturas?

Aquí estamos, partidas
en un mundo que ofrece demasiado
Y al que hay que arrebatarle,
en un golpe de fuegos,
las brasas que se guarda
detrás de las promesas.

El mundo, el mundo,
Nuestro mundo también,
¿es nuestro mundo?

Habitantes terrestres hemos sido
desde siempre. Salidas de la misma
mente de lo imposible.
Conocemos los pactos de la tierra,
sus secretos yacentes, como polen oscuro
de las profundidades,
los ritos y los besos atónitos
de sus yerbas sagradas.
Nos volcamos en ella
con el mismo entusiasmo de las criaturas breves
que compartimos con vosotros.
La construimos a golpes y fatigas,
hombro con hombro,
cantera que se abre
con el filo opalino de la urgencia.
Todo fue necesario: piedra, metal, o llama.
No hubo mano de hombre o de mujer,
hubo manos que hicieron,
hoy también necesarias
desde las dos fronteras de la patria escindida:
espuma y litoral, guerra silente
del calor y su llama,
inexplicablemente desgarrados.

 

Cinco heridas para morir de amor

(Fragmentos)
IV
La muerte no es ya más
la invitada sombría
a la fiesta cruenta
de cada nacimiento.
Las abuelas aquellas
de manos melancólicas,
¡cómo se deshojaban
en sus rosas de sangre!
¡Cuánta mortal fatiga quebrantaba
su voluntad de vida!

Hoy solo sorprendemos en nosotras
una anfibia añoranza,
expertez caminera para andar
en las dos aguafuertes del destino.
Porque hay un tiempo para abrir la puerta
a la luz tiritante,
Y otro para guardarnos, recias,
contra la oscuridad.
Un tiempo ajeno,
minucioso, silente,
tejido en la paciencia.
Primoroso tapiz
en el que se prodigan
colores y caricias y tibiezas
para todos,
con la alegría
de quien rebana al sol
en la mesa del hambre.
Y un tiempo de recogernos solas,
sobre el espejo íntimo
que todos encontramos
al cerrar de los ojos,
profundo velo que vamos descorriendo
sobre el paisaje que da relieve al sueño,
a solas, en la gran extensión del alma
que apenas conocemos.

V
Así surgen la música y el aire
de estos poemas todos
y de esa larga saga
que la mujer sin nombre está escribiendo.
Entre una luz y otra,
deber y plenitud, lágrima y libro,
meditando mientras las manos luchan
con la dudosa mina
de hollín de las sartenes.
Escribiendo en las cortas mañanas aromosas
a ropa enjabonada.
Forjándonos en las tareas humildes,
columnas olvidadas
que sostienen la vida y la alimentan.
Leyendo en las fisuras que el día deja
cuando la infancia toma su silencio y su almohada.
Exprimiendo horas nuevas
a los frutos del sueño.

Así surgen los dones
que este siglo reclama de nosotras
cuando, aparentemente,
nos hemos olvidado de la ilustre tarea
de morirnos de amor.

 

Canción de los tres asombros

A las madres de siempre, que redescubren el mundo
jugando con sus hijos.
( Fragmento)
I
¿De qué está hecha la infancia?, di.
Tú que recoges siempre
las espigas totales con que estalla el verano
y creas en el mirar
la golondrina exacta que preludia la luz
y cantas, desmañada,
tan solo por el gusto de soltar en el aire
tu voz limpia de afeites,
cuando la lágrima infantil golpea
contra el recuerdo a sotavento.

¿De qué está dicha la infancia?, di.
Tú, que estremeces en tu voz
de arcillas profundísimas
el cuento caminero y la canción redonda,
descubriendo de nuevo, entre tus hijos,
los hilos temerarios, las sombras del prodigio,
la risa y el temblor que la palabra
toma de esas, tus músicas abiertas
en la pequeña cumbre de la fábula
o en la agridulce pulpa del idioma que nace.

¿Cómo sabe la infancia?, di.
Tú que pruebas el tallo de la hierba
y su jugosa estrella diminuta.
Y conoces, con los niños curiosos,
la lengüecilla ácida y furtiva
del fruto verde,
sorpresivo y hermoso
como una flor tardía.
Tú que sabes del punto y natalicio
de cada aroma inesperado,
de esos que son la voz de cada cosa,
y nos llaman y agreden y son inaplazables,
como el de la vainilla que enmascara,
delicada, su amargor sorpresivo.
O el olor a manzanas y su aureola profunda
que es el olor del día
irrumpiendo de pronto en el pupitre,
la cartera escolar,
o el soliloquio tímido
que cada niño es,
frente al mar agitado y desafiante
del que los otros parecen emerger,
ilesos y sonrientes.

¿Cómo duele la infancia?, di,
tú que sabes dar fe
de esa pequeña mano entre la tuya,
cuando la noche es un aullido angosto,
túnel de la tiniebla
que ahueca las paredes acosadas,
y hace hostiles los rincones amigos.
A ti, que clamas como un niño en el aire
por el sol y su larga cabellera viviente,
di, ¿cómo es ese pavor
de ser un niño en la noche del hombre,
sin el sol, que no acaba de venir
a lavar con su mano de argamasa amarilla
este sueño feroz de oscuridades,
este abandono que tose y gime en el vacío,
esta crueldad total, esta hambre sorda,
en suma, esta garra del hombre
que hacia lo más inerme
del hombre se dirige?

¿De qué color es la infancia?, di.
Tú que corres al lado
de los trenes del mundo
persiguiendo una risa, un aire,
una semilla peregrina,
un ala que pasó y que no sabemos,
el azul que en la tarde se despeina
entre gritos de niños
y saltos a la comba
y advertencias derruidas por los besos.

Di, ¿de qué materia tan rotunda y fugaz
está hecha la alegría de la infancia,
manantial sonorísimo
de toda la alegría que enfrentamos al mundo,
y que va con nosotros
hasta tocar los bordes de la muerte
y su otra alegría,
inescrutable espejo de la infancia total
y su abandono?

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