Julieta Dobles.

Del libro Casas de la memoria (2005-2015) Editorial UCR

 

Refugio para dos

15, Rue Erlanger, Paris, 1998-1999         

 

El otoño de las ciudades tiene

uno sé qué melancólico de tarde,

como si la caldera de lo humano fallido

condensara en otoño todas sus levedades.

Entonces basta un árbol. Uno solo,

y mejor si son dos, como estos nuestros,

que se yerguen, unidos y cantores

para olvidar tristezas, espectros y silencios

y sentir el llamado de la brisa en sus bordes.

Sólo dos en la calle, como éstos,

que se cuelan a pocos, dulcemente

con su fulgor furtivo sobre nuestro balcón.

Orgullos de la acera, pregones diamantinos,

pajareras en pugna, paragüeras del sol.

Y la lluvia, y la lluvia desconocida y ocre

hermana barro y oro en la misma canción,

en donde cada charco es luz estremecida

y el frío ataca de pronto, sin fulgor y sin voz.

Sin embargo este otoño yo te amo

así, otoñal, de una manera nueva.

Junto a este radiador que inicia sus incendios,

un amor de pantuflas y palabras pequeñas,

de poemas que nacen, de sofá atardecido,

de caricias que rinden sin comenzar apenas,

cuando van encendiéndose las luces de los barcos,

enjambre de luciérnagas titilando en el Sena.

Y allá lejos, detrás de nuestra calle,

el cobre de los bosques de Boloña,

cúpula viva, en el verano quieta

y hoy, tobogán del viento entre las hojas.

Ah pisito minúsculo, tan breve

como una zapatilla de cristales rotundos,

rodeada de calles tumultuosas y rápidas

donde nunca está el mundo.

Pisito para dos bien entendidos,

con su bañera azul, como un mar diminuto

y su enorme balcón amanecido

cada mañana frente a las dos higueras

que van enmudeciendo conforme pesa el frío.

Cocina de dos pasos, burbujilla de olores,

un dormitorio- estudio con su cama esperando,

reino de los amantes, cancha de los amores

que hemos alegremente inaugurado

desde nuestros reencuentros otoñales,

en este otoño tan recién llegado.

 

La casa del mar

72 Misty Road, Rocky Point ,Long Island,
( octubre 1984-diciembre 1985)

 

Era un acantilado que miraba

por sobre la móvil techumbre fulgurante

de árboles y gaviotas, hacia el mar.

Desde quinientos metros de nostalgia

oteaba, deslumbrado, el triángulo de azules,

trasmutado según el capricho del día,

en cobaltos, o verdes, o cenizas, o lumbres.

Era un jardín de árboles antiguos

que en el acantilado convocaba

la niebla por las tardes, cristal, sal y marismas,

donde alguien susurraba canciones inefables,

mientras el viento intruso iba quedando preso

en esa niebla espesa, de las ramas prendida.

Era una casa de maderas claras

en el jardín ambiguo,

construida con amor, tabla tras tabla,

por el soldado John, que volvió de la guerra

con un horror más grande que su muerte,

y no quiso perderse nunca más

entre los laberintos de la nada y la sangre.

Era nuestra familia enamorada

de la vieja casona sin remilgos.

El único refugio que aceptó a nuestra vida.

plena de niños en tropel.

Y allí cantamos todas las nostalgias,

al amor de la amplia chimenea

que resoplaba humos y cenizas

en las noches agresivas de invierno,

cuando la tempestad de la bahía

la transformaba en faro solitario,

donde el único huésped era el viento

generoso en sus hielos sibilantes.

Era la calle de las nieblas recias,

“Misty Road” la llamaban, nuestra calle,

donde en la esquina circular,

misteriosa diadema del jardín,

la nieve se agolpaba, bufanda sigilosa,

desafío en la mañana de las palas,

euforia de los niños en los días tormentosos sin escuela.

Cómo recuerdo aún el perfume de su aire

de manzanas recién endurecidas,

y el bramido ignoto y primitivo

del huracán y su barrido de árboles,

cuando el agua del mar se puso negra

y el corazón se desbocaba al ver

 las olas, como antiguas murallas del oleaje

 que devoraban cielos y despojos con idéntica furia.

Casa donde la luna

daba un beso azulado en las noches de nieve,

casa donde la infancia plenaria de los hijos

confortó con un beso de siempres y de nuncas

la perenne nostalgia que lengua y patria ausentes

convocan en la noche sin raíz del exilio.

 

 

La casa escondida

Freses de Curridabat, agosto 2011-junio 2017.

 

Me enamoró desde el principio:

ese palmar cuadrado

rodeado por las casas de doble piso,

que charlaban entre ellas.

“Condominio” lo llaman, pero es una tertulia

de puertas y ventanas soñolientas.

Y al fondo, oculta detrás de las palmeras,

mi casa, la que se oculta, tímida,

y no quiere mostrarse demasiado.

Quizá porque ha asumido de corazón

su misión protectora frente a mis soledades.

La he llenado de plantas y monólogos,

pinturas y monólogos,

y de fotografías y de monólogos

y de poemas que asaltan

desde cada rincón y cada cielo.

Y envejece conmigo

al paso de los “días como años”,

sumando alas y sueños

para desbaratar las pesadillas

y anegar los silencios en su música.

Despidió a mi Camila,

la nieta que partió muy temprano,

rebelde ante su propia despedida,

y ha recibido a Soledad y Lucía,

mis nietas casi veinteañeras,

que han encontrado en sus albas paredes

su casa de estudiantes.

Hoy abraza, feliz, a mi familia,

A mis nietos pequeños, Santiago y Joaquincito

que retozan en sus espacios mínimos,

a amigos y a poetas,

-rectángulo de paz en la ciudad bullente-

porque quiere, como yo,

sentirse viva, vibrante y generosa

en los años postreros.

¿Que sólo es una casa?

Es mi cómplice en la diaria tarea

de administrar la dicha.