Julieta Dobles: Poesía – Del libro «Hora de lejanías»

Del libro "Hora de lejanías": Música en la caricia. Olivo invernal. Retamas. La puerta imposible. Identidad terrestre. Antiguo pacto. Carta sin tiempo.

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Julieta Dobles.

Del libro:

Hora de lejanías

(Primer Accésit del Premio Adonais, Editorial Rialp, Madrid, 1981):

Música en la caricia

La caricia requiere su vientre musical,
su gestación de asombro bajo el tacto sediento.
Es como si de pronto descubriéramos
el continente de sus venas traslúcidas
palpitando en el oro transparente del músculo,
bajo el mapa fragante de la piel
y su vello finísimo
que alarga surcos, ríos diminutos
y espejos olvidados en sus pliegues recónditos.

En el amor, el cuerpo
es el rotundo mediodía
sin una sola sombra,
Identidad perfecta
de nacimiento y transfiguración,
playa donde la eternidad
por un segundo esplende
en toda su remota desnudez.

La caricia es un mar
que se apaga extendiéndose
en oleadas mortales,
evocación y término
en la fugaz frontera del delirio.

Sin más sombra que la piel que deseamos.
Sin más certeza
que el hueso adivinado y recogido
que nos separa y nos mantiene,
cada uno en su esfera llameante y silenciosa,
Intentando, forzando el éxtasis
más allá de su origen,
como una música que fuese
demasiado sonora
para el aire que habita,
como una música
que, anhelando el vacío,
callara para siempre en el vacío.

Olivo invernal

Desde la muda plenitud
de las quemadas luces castellanas
y su juego de escarchas
que se apagan y encienden,
como creando el viento
frente al amanecer.
Donde el invierno es aire detenido,
sólo tú, olivo,
elevas el verdor, humilde testimonio
de la vida guardada.

Tus raíces se hincan en el polvo,
aferrándose al tiempo
y a su vena de agua desconocida.
Cruel brillo del paisaje, tus hojuelas,
agujas casi son,
corazas ante el viento
en la lívida luz de la meseta.
Pareciera que toda
la amargura del polvo
te sube en fruto y corazón,
olivo,
hijo de la mudez fatigada de la tierra.
Ah siglos que las manos
hurgan en tus raíces,
buscando entre sus nudos
la pulpa silenciosa
y exacta que las nutre,
tu hondo germen de frescura secreta
en el leal esplendor de la vejez.

Hoy llego a ti, desde una tierra
de cimas tropicales,
donde tu nombre único
es una evocación de soledad,
un antiguo suceso en que la noche
asumió el acre olor de la agonía.
Hoy llego a conocer
la sombra que los siglos
abren en tu follaje
y a recoger un poco
de esa austera alegría
que das a la pobreza
de los lomos desnudos de la tierra.

 

Retamas

A Alejandrina García,
amiga y pintora creadora de retamas.
Entonces pronunciábamos retama
como quien dice olivo,
mazapán o romero,
presintiendo nostalgias escondidas
que a través del Atlántico
se fueron revistiendo de ropajes y mitos,
perdiendo su claridad vegetal y salobre,
desmaterializándose en sugerencias íntimas.

Retama, raíz de latitudes emigrantes,
savia olvidada en otra luz.
Por fin la vi nacer,
no de la tierra,
ni de la roca,
ni siquiera del agua,
como podría pensarse de un milagro
vegetal y magnífico.
Brotó bajo el pincel,
suspendida en el aire
como un pájaro único
que con su vuelo despertara
memorias ancestrales,
absurdos dedos vegetales en el invierno,
o retazos labrados por el aire
cuando mayo y su sol los enardecen.

Ahora retama significa vuelo
e irrumpe sin aviso
aquí, donde el día hace
saltar, piedra de fuego,
camineros trigales.

Aquí, donde se siente
envejecer, honda, la sangre,
rotar, único, el cielo
bajo la diáfana inclinación solar,
crujir en pulsaciones destronadas
las hojas emergidas del otoño,
cambiar de ritmo y luces y agonía
los días y las noches.

Retama es solo un ciclo inacabado.
Salta de una estación a otra,
del centro de la noche
hacia el del alba,
como los mismos sueños recobrados.

Es un fuego de estigmas amarillos
que alzara el vuelo al sol desde la mano,
o el clamor de emergentes ramazones
que adivinan el cierzo y el invierno.
Flor alta, última y lóbrega,
que asciende, indescifrable,
desde su propia soledad.

 

La puerta imposible

A mis hermanas Mariceci, Vera, Georgina e Ileana,
Cruzando con ellas de nuevo aquella puerta.

Cedro de pie,
oscuridad que se retrae girando
sobre sus lentos goznes imposibles.
Honda puerta de niebla,
maciza hasta en los sueños.
El tiempo la rodea
de burbujas de asombro, sin tocarla.

Por ella vuelve el agua
de los años recónditos,
el aliento veraz de los helechos
que trasmutan la sombra,
la máscara brillante del mosaico
recogiendo mis pasos.

Todo golpea en su oscura
muralla de sonidos.
Porque detrás hay mesa
con su olor a manteles habitados,
Y música que extiende
sobre mi piel sus hilos augurales,
como si el aire mismo de la danza
fuera mi iniciación a la caricia.

Sólo una puerta
para volver atrás
y enfrentar nuestra sed
zaherida por los sueños.
Una puerta que no pueda cerrar
el viento desbocado hacia el olvido.
Y entonces el féretro de mi padre
retornará hacia atrás
-queda es la noche sola-
a reiniciar la vida.

Frontera de la lluvia y el miedo
que no podrá cerrarse
a tanto viaje inmóvil,
a la mano de tanto niño
defendido en el tiempo
que llama con los puños aterrados
sobre sus solitarias cicatrices
de madera solar.
Alta espalda jaspeada por el frío,
dorada en el barniz de las memorias,
sosteniendo mi infancia
como una fugaz lámpara.
Tras su cuadrante inmóvil
el pasado se agita
y es la materia viva
cuyo ímpetu construye voz y aliento:
el claro desafío que se enfrenta
a la consumación.

Identidad terrestre

A mi hija Ángela,
en quien me encuentro y crezco.

Puedo sentir mis palmas transparentes
entre tus palmas nítidas,
que exploran los brillantes
agujeros del aire
y se asustan, huidizas,
al descubrir el hielo
y su voraz dolor de llama fría.

Irrumpo con tu risa
en la verde vigilia de mi infancia.
Allí todos los nombres se reúnen
y el celo de tu voz
conjura en el olvido
las voces diluidas de la lluvia.
En tus ojos esplende
la misma voluntad que me sustenta,
aún lámpara tenaz y silenciosa,
ahora que las oscuras
mareas del nacimiento
se quedaron atrás
y me miras, con la severidad
que solo da la infancia, inquisidora.

Heredera de mi música absurda,
verás cómo te inundan las palabras
y su fértil deseo luminoso.
El aire, un solo río mágico
llenará la distancia de presencias y viajes:
todo el futuro
que se nutre de ti
sin conocerte.
Dispuesta a darlo todo,
todo lo abarcarás
-territorio doliente es el humano-
con tu empeñosa vocación de bálsamo.

Luego descubrirás
este prisma sellado que es el mundo.
Como si esa conciencia
que se te vuelve ojos azorados
fuera mi propio aliento, desbordándome,
su amalgama secreta
de dolor y de gozo,
cristalizando en todos
los espejos del ansia.

Nada de lo que aprendas,
nada de lo que tomes, será tuyo.
Pertenece al oleaje
que se une a las sombras
de los que guardan en tu voz la espera.

 

Antiguo pacto

Ciconia, cigonia, cigüeña…
Un nombre alto y redondo,
como una cúpula de catedral
para un antiguo pacto.

Febrero tiembla y crece en los almendros,
leves guardianes, solo niebla,
que sostienen la escarcha:
estalagmitas del amanecer.

La torre da al invierno la primera agonía,
aunque ni un solo verde
despliegue aún,
sigilosa bandera, sus matices,
ni el sol renuncie a su estrecho camino
de solsticios remotos.

Sobre el viento y sus frágiles veletas
flota un rumor de plumas fatigadas.
Señeros campanarios abren sus nidos hondos
que hasta ayer solo fueron inciertas ramazones.

Hoy recuperan
su solidez, su mágica presencia,
anunciando los blancos equilibrios
frente a la tempestad.

Alcalá, Alcalá,
bajo la lenta luz de las bandadas
amarillean tus torres, se estremecen tus techos
de pizarra y de aguja,
poder del ala
sobre la reciedumbre de la piedra.
En los inermes sauces
se amotina la savia,
y minúsculo, surge dibujándose,
el perfil de las yemas.

Sobre el Henares,
como erguido reflejo que rompiera
la óptica y sus luces,
se presiente la silenciosa
potestad de los vuelos.
Y por unos instantes el río pierde
su austera soledad,
su inmóvil juego de aguas y de tiempos.

Luego prosigue, estático,
a otra serenidad,
allí donde la arcilla se torna vertical
y los torreones solitarios
ceden desmoronándose,
fundidos a la arcilla
y a la noche que llega
cargada de presencias como siglos
y de voces ya nunca reclamadas.

Desde el tiempo, cauce de las quimeras,
y la vigilia eterna de la infancia encendida.
Desde el hollín de viejas chimeneas
que dormitan entre su extraño embrujo
de apagadas pavesas.
Saetas con el giro
de alguna primavera entre sus patas rojas,
casi sangre del aire,
vuelven al Alcalá inmutable
y secreto y dormido,
las cigüeñas.

Carta sin tiempo

He regresado, abuelos,
a esta tierra de tiempo detenido
donde la uva crea,
año a año, su antigua ceremonia.
Y la sed de la arcilla
toma formas extrañas
en la oscura raíz de los olivos.

He regresado a esta roca encendida
de imposibles retornos en la espera de tantos,
que fue quizás el último destello
de la Patria, guardado en vuestros ojos.

Ahora voy, luz a luz,
descubriendo estas costas de solitario trazo,
extraña forma de repatriar a los ausentes
desde atrás de la muerte y del océano.

Retorno al horizonte que dejasteis,
abuelos emigrantes
de la sed y la sal y los prodigios.
Nombres que han develado para mi voz
un viejo sueño solitario y común.

Vuestros huesos no volvieron jamás
a estas costas que fueron, en la niebla,
revistiendo distancias y distancias,
hasta ser nada más
un extraño reclamo del olvido.
¡Ah, las costas de España,
tan duramente amadas!
Por eso cada piedra tiene para mi oído
la susurrante huella de algún sueño,
la irrevocable sed de la renuncia.

Y la espuma que hendieron vuestros barcos
sube eterna a mi pecho
con su dolor de tiempos y de herrumbres.
Amplias velas me amanecen de pronto,
y un crujir de viejos maderámenes
trasciende el monocorde aliento de la mar,
así, la mar,
como decir ausencia, madre, o premonición.

He dejado, como vosotros,
mi casa en la otra punta del oleaje,
con la puerta entreabierta
a algún posible vuelo de gaviota.
Y quizá no halle nunca
mi túnel de retorno entre los vientos.

Tal vez dijisteis-: -diez años es bastante.
Y a los doce los árboles sembrados
daban sombra a la casa.
Y la casa era roca fresca bajo los pies.
Y en los hijos las palabras tomaban
suavidades desconocidas,
ecos y aromas nuevos que bullían
dando vida a los frutos y a los pueblos.
Y poseísteis
los nuevos frutos y los nuevos pueblos,
aferrados a esa luz en que esplende
la tierra propia en la palabra nueva.

Por eso vengo hoy
a saborear el ácimo sabor
de estas costas de España,
que todo lo atestiguan y todo lo recogen,
como si el tiempo aquí fuera sólo la niebla
con que la muerte finge sus viajes transitorios.
Cádiz, marzo de 1981

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