Julieta Dobles.

La casa sentenciada
Barrio La Granja, San Pedro, Montes de Oca, Costa Rica.
(1970 – 1972)

Yo quiero el aire de la casa aquella,
la que se me arrecuesta sin prisa en la memoria
y en el bananal sigiloso,
escarmenado apenas por las sombras,
donde ninguna hoja estremece sus verdes.
Casi irreal, como un óleo
de colores rotundos y silentes.

La casa de la niebla y la madera
iluminada por viejas lámparas de aceite
que nunca conocimos.
La de las ventanas adoloridas
y las pobrezas más sutiles aún.
La de los cielos altos,
andamios de algún sueño desatado,
donde el aire discurra a su placer de antaño.

La olorosa a humedades y a cedros perseguidos,
a pisos antes rojos y a cedros agobiados,
a rendijas ocultas que sólo el viento sabe
y a cedros victoriosos en su herida total.

Quiero los aires de la casa aquella,
la sentenciada entonces
con su cansino palpitar de tiempos
y su patio de asombros
y su solemne pila, altar de piedra
lleno de aguas quebradas,
espejos mansos pero nunca quietos
donde hundir nuestras penas,
bajo el aroma irreal del limonero.

Quiero los aires de la casa aquella:
risas durante el día y en las almohadas, paz
y el aroma silente de los recién nacidos
Federico y Rolando, llegados con un año
de diferencia azul, como algún sueño
confuso, atribulado en su alegría.
Y por las tardes, las medias por zurcir,
tan coloridas y tan imposibles,
colgando de los hierros de la Singer,
precaria y machacona herencia de la abuela,
oscuro y centenario miembro de la familia.

Quiero su aire en que el pasado guarda
el necio corazón de la nostalgia,
y tú y yo pintando en el color
siempre despreocupado de la dicha,
sobre aquellas paredes desconchadas,
por donde las rendijas nos guiñaban
ojillos dispersos de agotada madera.

Quiero su aire de presencia entre sueños,
como un vídeo casero que ansío devolver
contra la mano fáctica del tiempo.

Quiero entonar de nuevo,
con nuestros niños soñolientos, leves,
cada noche, temprano, la canción de la almohada,
y sentir sus bracitos sorprendiéndonos
como una estola tibia que nos ama.

;Ah, y la miel que administraba mi cucharada mágica
con las gotas amargas, curativas,
que tiene toda infancia!

La casa en el ajeno bananal,
donde fuimos tan ricos
que no pudimos ver nuestra pobreza.
Donde siempre hubo un huerto
que se volvió jardín, o corro de los niños.

Quiero de nuevo aquella casa,
derruída hoy, como todo el pasado,
donde amarnos de nuevo,
rodeados, sumergidos, entre las voces malvas
acariciantes, únicas, de los hijos pequeños
que cumplirían después
la esperanza que la frágil infancia
diera a la madurez de nuestros sueños.

 

Julieta Dobles: ”Casas de la memoria” Editorial UCR (versión impresa) 

Por Julieta Dobles Yzaguirre

Poeta, escritora y educadora, cinco veces ganadora del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría y del Premio Nacional de Cultura Magón 2013.​