Julieta Rodríguez: Pandemia – Año 2060

Cuento

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Julieta Rodríguez Rojas. Médico Psiquiatra, ex Gerente Médico de la CCSS.

Empezó como todas, silenciosa y de a poco. Se empezó a hablar de lo que ocurría en voz baja, en corrillos, y nadie sabía si lo que se decía era realmente cierto.

Empezaron a aparecer en diferentes sitios, en las afueras de la gran ciudad, restos como piernas, brazos, acompañados de elementos de alta tecnología. Pronto se supo a su vez que varios robots de la más costosa y compleja generación se les habían perdido a las personas a las cuales habían sido asignados para ejecutar el trabajo de acompañantes personales.

Yo en primer lugar pensé: ‘’Qué brutos más descuidados, perder a su robot personal, ese que se mata por suplir todas tus necesidades y en mi caso ahora hasta me acaricia para que concilie el sueño ‘’.

Pero un día me pasó, desperté como siempre llamando a Ale y no me respondió, no vino con mi batido de esencias de frutas y vegetales, mi super píldora diseñada especialmente para mí de acuerdo con mis diferentes padecimientos y mi Tablet para ponerme al día de las últimas noticias. Me levanté presuroso y la busqué por todo mi módulo habitacional sin encontrarla. Ordené a los otros robots de mi edificio ecológico buscarla, pero ellos muy eficientes en sus tareas, tampoco la hallaron.

Angustiado llamé a la Central de Robots para reportar su desaparición y para mi asombro me señalaron que por mas eficientes que se considerasen seguro tardarían al menos 24 horas en encontrar al robot asistente personal Ale850x y al que yo me acostumbré a llamar simplemente Ale, porque teníamos una pandemia de suicidios de robots personales. Escuché asustado por primera vez la terrorífica palabra de pandemia, es que el número de suicidios de tan sofisticadas máquinas ascendía ya a unas 500 por día.

Quedé anonadado y yo un hombre de 50 años, profesional exitoso de la nueva arquitectura ambiental y bastante curtido en cosas de la vida empecé a sentir como una angustia terrible atenazaba mi corazón y amenazaba con ahogarme.

Pronto entendí por qué y tuve que reconocer que la verdad la amaba, sí amaba a mi Ale850x y no imaginaba mi vida sin ella. Empecé a reprocharme por qué no se lo había dicho nunca, porque me había comido el cuento de que ellos no conocían los sentimientos humanos. Pero qué si a lo mejor sí…

Entender que los robots personales se estuvieran suicidando era dificilísimo de explicar. Este flagelo había sido erradicado hacía mucho tiempo de la raza humana desde que nuestros relojes que evaluaban una serie de indicadores de nuestro estado de salud nos reportaban cuando nuestras catecolaminas estaban bajas y podríamos rápidamente recibir un suministro de estas, preparado especialmente para cada persona.

Si supieran las horas que viví a continuación ¡Mi angustia era terrible, no pude dormir ni comer! Pensaba si yo habría tratado suficientemente bien a Ale, pero eso supuestamente no debería preguntármelo, porque ella era solamente un robot, como decir una máquina.

Y a pesar de que las horas se me hicieron eternas, antes de las 24 prometidas, me llamaron pidiéndome que me presentase a la Central de Robots, una nueva víctima de la pandemia de suicidios había sido encontrada y podría ser mi Ale.

Tome mi vehículo aéreo para llegar lo más rápido posible y me reporté muy expeditamente en la recepción, dónde me pusieron a revisar la fórmula que firmé cuando me la adjudicaron, sobre todo para que corroborase que sus características físicas externas seguían siendo las mismas y sí, las conservaba, quizá sólo por mi sugerencia se había cortado un poco su cabello, que así le lucía más gracioso. A continuación, me llevaron en un vehículo aéreo oficial a los bajos de un puente altísimo, por donde corría un tren de alta velocidad y horrible fue divisar entre un amasijo de partes informes, emerger nítido su bello cabello rubio, es decir su peluca, pero tan natural como siempre. También pude identificar una de sus largar piernas, las cuales a mi me gustaba acariciar.

Tuve entonces que decir, sin evitar el ridículo de emitir sollozos, que si creía que en efecto era ella .El otro robot que me acompañaba me llevó de  vuelta a la oficina y después de un papeleo, me informaron que debería esperar al menos un mes para que se me asignase el nuevo robot asistente personal, pues uno de los efectos indeseables de esta pandemia eran los altos costos por la necesidad de suplir con nuevos robots las vacantes y porque además los tiempos de producción, por una demanda inesperada habían aumentado.

Yo casi grito que a mí no me importaba cuanto tardaran, sino me podían devolver a Ale850x.Yo solo la quería a ella y dejé casi corriendo la oficina parar volver a casa, la cual no volvería a ser la misma sin mi Ale. Poco me importó entonces oír a mis espaldas algo acerca de una investigación en curso sobre que andaba mal con estos robots que espontáneamente buscaban auto destruirse.

El mes siguiente fue horrible, no me iba bien con nada, ni con los asuntos domésticos, a pesar de tener otros robots encargados de tareas específicas, pero aún menos con mi trabajo, el que había amado desde estudiante y donde me destacaba por mi alta creatividad. Esta parecía haberme abandonado del todo. Solo deseaba pasar tirado en mi sofá oyendo ambientalmente noticias o música.

Y entonces uno de esos días escuché algo aterrador, un avance en las investigaciones de los suicidios de los robots parecía tener que ver con que estos estaban aprendiendo a sentir como los humanos y es más al experimentar sentimientos especiales por sus dueños y aunque no se atrevieron a usar la palabra amor, explicaron que estos decidieron auto eliminarse, pues su alta inteligencia artificial no preveía ninguna solución para este dilema.

Esto me produjo una verdadera crisis de depresión ansiosa, porque si yo la amaba y ella me amaba a mí, que problema habría, ninguno, nos amaríamos si se quiere en la clandestinidad, pero a quien le importaba lo que pasase en mi hogar. Qué horror que nunca le hubiese dicho al menos:’’ Creo que te amo’’. Quizás solo esto la hubiese detenido de hacer lo que hizo.

De pronto el deseo de seguirla haciendo lo mismo se dibujó nítido en mi mente. Claro mi reloj de pulsera sonó fuertísimo la alarma que detectaba una alteración severa en el equilibrio de mis catecolaminas, pero a mí ni me importó, seguí con mi plan tirando al escandaloso e insulso reloj a la basura y busqué la forma más fácil. Puse a llenar mi jacuzzi, me sumergí en él con ropa y todo, tirando al mismo tiempo la secadora eléctrica de cabello encendida en el agua y así morí fácilmente electrocutado.

Qué paso después, yo no sé, pero hasta el más allá, ese donde tampoco fui feliz, pues allí tampoco encontré a mi amada Ale, llegaron los rumores de que una desconocida y extraña pandemia de suicidios de humanos estaba aflorando. De nuevo nadie entendía, si esto estaba perfectamente solucionado hacía ya mucho, pero mucho tiempo.

 

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