Julio Revollo: El ingeniero Trevithick

Nacido en Illogan, Cornualles, Inglaterra, el 13 de abril de 1771, el ingeniero e inventor inglés Richard Trevithick, en 1803 aprovecha con éxito el vapor de alta presión y construye la primera locomotora de ferrocarril de vapor del mundo.

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Julio Revollo AcostaGenealogista

Según nos dice el historiador, don Ricardo Fernández Guardia, “De todos los europeos que vinieron a Costa Rica en los primeros años de nuestra vida independiente, el más notable, fue sin duda alguna, el inglés Richard Trevithick”.

Ingeniero Richard Trevithick
(reprodart.com)

Nacido en Illogan, Cornualles, Inglaterra, el 13 de abril de 1771, el ingeniero e inventor inglés Richard Trevithick, en 1803 aprovecha con éxito el vapor de alta presión y construye la primera locomotora de ferrocarril de vapor del mundo. Al año siguiente, en Gales del Sur, logra que su motor tire de una máquina locomóvil que hizo circular a una velocidad de 8 km/hora arrastrando 5 vagones, cargados con 10 toneladas de acero y 70 hombres, sobre una vía de 5 km. En 1805 adapta su motor de alta presión para impulsar un laminador de hierro y propulsar una barcaza con la ayuda de paletas.

Posteriormente, para sus pequeños motores construye una caldera y un motor como una sola unidad, pero también diseña una caldera grande de hierro forjado con un solo conducto interno, el cual es conocida mundialmente como el motor de Cornualles.

La primera locomotora de ferrocarril
(preservedrailway.weebly.com)

Habiendo recibido un pedido de nueve de sus tanques de hierro para ser usados en las minas de plata del Perú, parte para los Andes en 1816, en donde permanece por espacio de 6 años. En 1822 compra un bergantín de dos mástiles, el Devan, y zarpa para Colombia en misión secreta de Simón Bolívar, pero al llegar a Guayaquil, en el Ecuador, se entera del descubrimiento en el Monte del Aguacate en Costa Rica, de la primera mina de oro. La noticia le llega de parte de James Gerard, un escocés que comercia en la costa pacífica de Sudamérica. Esto es mas emocionante que trabajar para Bolívar por lo que cambia de dirección hacia Costa Rica, llegando a Puntarenas en junio de 1822, en donde es bien acogido por la Junta Superior Gubernativa y, en especial por el Intendente don Juan Mora Fernández, futuro primer jefe del Estado, quien llega a ser uno de sus mejores amigos costarricenses.

En febrero de 1824, aprovechando la estadía en puerto de su barco, solicita, y se le concede, el permiso correspondiente para la pesca de perlas en todo el Pacífico, y el 10 de marzo siguiente, le vende al Gobierno 20 quintales de azogue en sus frascos de hierro, a 200 pesos el quintal; 15 fusiles buenos, corrientes, al precio de 15 pesos y de 3 a 4 quintales de pólvora de fusil a 40 pesos quintal. Le cancelan con 2000 pesos en numerario más 20 quintales de tabaco a 26 pesos el quintal. Por el resto el Gobierno se obliga a empeñar su crédito por el cumplimiento de las contratas que necesita hacer para aprestar el cargamento de artículos del país que llevará al Perú.

En carta de fecha 15 de marzo de 1824, dirigida al Intendente don Juan Mora, Trevithick expresa:

“…que habiendo reconocido las vetas minerales del Monte del Aguacate y examinado las riquezas que encierra, he determinado quedarme en la Provincia a trabajar en ellos, manifestando, mis conocimientos al Gobierno y a los hijos del país, y para que pueda dársele el impulso que necesita este ramo y que se trabajen los minerales de modo que produzcan con la abundancia que deben, voy a descargar el buque y hacer traer del el valor de cómo de veinte mil pesos que traigo  en varios efectos y principalmente los materiales  que hay propios para construir a mi costa un trapiche grande para moler los metales. Que además despachare dicho buque que es mío a Lima, con el fin de que también a mi costa se conduzca en el artesanos y materiales necesarios para levantar unos trapiches y máquinas de vapor que bien pronto serán necesarios. Los bienes que traerán a esta provincia todos estos pasos y los que le reportara mi existencia en ella, no se ocultaran a la penetración de Vuecencia; pero al mismo tiempo conocerá que el hombre trabaja por su conveniencia y que es amigo de la recompensa. Por lo mismo solicito el que Vuecencia se sirva: Primero: concederme carta de ciudadano y gozar de los mismos privilegios de los hijos del país y proteger las personas y propiedades de los que tengo en mi compañía y viniesen para este efecto, mientras sean mis dependientes. Segundo: descubrir y trabajar minas, escoger terrenos propios para levantar los trapiches y plantar las máquinas necesarias haciendo uso de las aguas, maderas, etcétera, que no estén ocupadas por iguales usos por otros individuos Tercero: Que persona alguna, sino es los que son ahora naturales del país, pueda levantar máquinas del plano de las mías por el termino de siete años, pues ya ve Vuecencia los grandes gastos que voy a emprender, y que no excluyo en este tiempo, como pudiera a los meros  hijos del suelo…”

Con fecha del mismo día, don José Ángel Vidal, secretario de la Junta Superior Gubernativa, le contesta:

“Teniendo en consideración el artículo veinticuatro del Estatuto Provincial para el fomento de la Industria y singularmente del ramo de minería, como naciente en ella, siendo manifiesta las ventajas que para el caso ofrece el empresario señor Richard Trevithick y que con todo eso no está al alcance de este Gobierno concederle la carta de naturalización sin la anuencia de la Representación Nacional, ni otorgar el privilegio exclusivo por siete años que solicita; porque parece que choca con la bases aprobadas  para la Constitución Federativa de estas provincias:

El 5 de abril de 1824 el Intendente Mora Fernández se dirige a Trevithick manifestándole que el Gobierno de la Provincia, “convencido de la necesidad de aumentar el armamento del Estado para su defensa en circunstancias de hallarse amenazada su seguridad e independencia”, le encarga obtener en el Perú, “600 fusiles buenos para el servicio de infantería “.

Ese mismo mes, en oficio a la Intendencia, manifiesta:

“…habiendo sido mi solicitud, como la gracia, de palabra, no puedo disponer lo necesario sin un documento del Gobierno que me ponga en el goce indicado. En esta virtud y en la de tener a bordo del bergantín Devan las máquinas correspondientes, ofrezco al Gobierno comenzar los trabajos de mi propio peculio, en cuanto el tiempo me lo permita,  pagando a la Provincia el cinco por ciento de todas las perlas que sacaré, y a mayor abundamiento no solo enseñaré el uso de las máquinas a algunos jóvenes que se me entreguen, sino que las mismas máquinas las cederé a beneficio de la Patria pasando el término de siete años en que me emplearé en este ejercicio; más con la condición de que se me ha de conceder la gracia  de que otro alguno no haga la pesca en iguales máquinas que las que llevo indicado bajo estos principios”.

Más tarde, el 22 de abril de 1824, firma un contrato con el Gobierno para traer del Perú “los elementos y maquinas necesarias para el establecimiento de un cuño en la Provincia, capaz de acuñar anualmente un millón de pesos en plata y seis millones de pesos en oro, en moneda redonda de todos tamaños”.

Cuatro años trabaja en las minas del Aguacate y como nos dice Fernández Guardia:

luchando con todo genero de dificultades y la mala fortuna que siempre lo persiguió, hasta que por ultimo, en 1827, toma la resolución de volver a Inglaterra en compañía de su amigo John M. Gerard, otro minero ingles establecido en el Aguacate, con la esperanza de formar en Londres una sociedad para explotar las minas y construir una vía interoceánica por Costa Rica, que arrancando  del puerto de San Juan del Norte en el Atlántico, debe seguir por el rio San Juan  hasta su confluencia con el Sarapiquí y aguas arriba de este hasta el punto en que deja de ser navegable; de aquí por vía férrea, pasando sobre la cordillera, hasta San José, de donde continuando esta vía por la vertiente del Pacifico, debía terminar en el golfo de Nicoya. Como puede verse, la idea de nuestro ferrocarril interoceánico la concibió Trevithick hace mas de un siglo, cuando se estaban haciendo en Europa y los Estados Unidos los primeros ensayos de ferrocarriles”.

En cuanto a la construcción de un ferrocarril, nos dicen Peraldo Huertas y Rojas Cedeño que:

“La idea de construir un ferrocarril venía desde los años veinte del siglo pasado, siendo el minero ingles Richard Trevithick, quien propuso a la Junta de Gobierno, la construcción de un ferrocarril entre San José y Limón. Dicha propuesta no fructificó por cuanto Costa Rica estaba en la transición del período colonial al republicano y en la consolidación del estado nacional; además no se explotaba a gran escala productos de exportación que impusiera la necesidad de dotar al país de vías de comunicación más eficientes hacia las costas para el transporte y comercialización de mercaderías en los principales mercados de la región”.

El ingeniero Trevithick, durante su estadía en las minas, se contacta con don Mariano Montealegre Bustamante, que también ha venido incursionando en la minería en el monte del Aguacate, y quien se interesa en los proyectos del ingeniero inglés, el cual tiene en mente viajar a Londres para conseguir socios capitalistas interesados en la extracción del oro, así como en la construcción de un ferrocarril que pueda transportar el metal hasta un puerto en el Mar Caribe. Y aquí viene algo muy interesante. En vista del viaje del ingeniero inglés a su patria, don Mariano decide enviar a sus dos hijos mayores a estudiar a Inglaterra y solicita a Trevithick los lleve consigo. Y es así que los dos muchachos Montealegre Fernández, José María de 12 años, y Mariano de 11 años, marchan a Inglaterra en donde el primero se graduará de cirujano y el segundo de ingeniero, regresando a Costa Rica, José María en 1837 con 22 años y Mariano en 1841 con 25 años. José María llegara a ocupar la presidencia de la República de 1859 a 1863.

El viaje de regreso a Inglaterra fue toda una odisea. Como Trevithick tenía en mente lo del ferrocarril al Atlántico para sacar el oro de las minas, decide realizar esta ruta junto con Gerard, los jóvenes Montealegre y seis peones. Salen a inicios de julio de 1827; en determinado punto se termina el sendero y regresan las mulas con tres de los peones.

Nos dice Trevithick que:

“Desde donde regresan nuestras mulas hasta el lugar en que empezamos a fabricar las balsas y el bote caminamos once días, en una distancia de 50 ó 60 millas. Los dos primeros días, después de haber dejado las mulas, anduvimos por terreno blando con tres o cuatro riachuelos que corren por los valles estrechos unas 10 millas, al borde de la falda de la alta serranía situada a nuestra izquierda. Fácilmente se les podría hacer transitable para las mulas, porque los malos pasos no exceden de dos o tres millas; y si hubiésemos marchado un poco más a la izquierda, arriba del terreno blando, es probable que por allí pudieran pasar mulas. El segundo mal paso se encuentra a eso de una milla después de que se atraviesa por segunda vez el río San José y consiste en una cañada muy profunda y abrupta. Si del todo no hubiéramos atravesado el rio San José, dejándolo a mano derecha el camino hubiese resultado más corto y así habríamos evitado esta honda cañada, lo mismo que las otras tres y sus tres ríos, el Montealegre, el Juan Mora y el Ajerbi. Sin embargo, estos ríos son pequeños, ya que la pierna solo penetra en el agua hasta la mitad, lo que prueba que sus fuentes no se encuentran a más de 10 millas y deben de brotar en las faldas de la alta serranía situada a nuestra izquierda. Ninguna de las referidas cañadas es intransitable para las mulas, salvo la que está entre el segundo paso del río San José y el río Montealegre. Tiene alrededor de una milla y podría hacerse transitable para las mulas por medio de un camino diagonal abierto en la falda del cerro, un poco más arriba. Tan sólo hay que construir cinco o seis millas de camino para mulas en toda la distancia que recorrimos hasta llegar al punto en que el Sarapiquí empieza a ser navegable. Observamos que podíamos haber evitado las cañadas pasado a unas pocas millas más a la izquierda, donde vimos una serranía continua que se extiende desde la más alta del continente, empezando en el volcán y terminando en un punto cercano al lugar en que el río Sarapiquí ya es navegable.

Ahí construyen unas balsas y se embarcan rumbo al río San Juan, pero, a poco de salir, una de las balsas estuvo a punto de volcarse perdiéndose las provisiones y utensilios. Deciden seguir por tierra cuando una correntada arrastra una barca, muriendo ahogado uno de los peones y Trevithick estuvo cerca de perecer ahí mismo. Siguen a la orilla del río casi en harapos, gracias a los espinosos charrales y, al llegar al río San Juan, vuelven a fabricar una barca y en ella llegan a Greytown (San Juan del Norte), permaneciendo hasta el 6 de agosto, cuando se embarcan en una nave que los lleva a Cartagena de Indias, en donde esperan encontrar un barco que los lleve a Europa. Pero, resulta que el puerto está cerrado debido a una epidemia de fiebre amarilla y, para colmo de males, cuando cruzan el río Magdalena, Trevithick se pelea con un marino colombiano que lo arroja al río, donde estuvo a punto de ser almuerzo de los caimanes. Llegados a Cartagena encuentran a Robert Stephenson, encuentro providencial ya que estaban muy mal de fondos. Le presta dinero a Trevithick para que pueda viajar a Jamaica y de ahí a Inglaterra. Gerard y los niños Montealegre viajan a Nueva York para continuar a Londres.

Trevithick llega a Falmouth el 9 de octubre de 1827 sin un centavo después de 11 años de ausencia, para descubrir que otros ingenieros, especialmente George Stephenson, se habían beneficiado de sus inventos. La compañía que él y Gerard esperaban establecer para la explotación de las minas en Costa Rica fue un fracaso. Ambos perdieron todo su capital en ese sueño. Trevithick muere en plena miseria y soledad, víctima de una neumonía, en Dartford, Kent, el 22 de abril de 1833 a los 62 años de edad. Sus amigos pagaron los gastos funerarios, actuaron como portadores del féretro y pagaron un guarda que cuidara la tumba para que no se robaran el cadáver, como era común en esa época. Fue enterrado en una tumba sin nombre y una placa marca el lugar aproximado que se cree es el lugar. Jamás obtuvo en vida el reconocimiento que sin duda merecía.  En 1888, en la Abadía de Westminster en Londres, se inaugura un vitral en su honor en el cual aparece, además de varios santos de Cornualles, cuatro ángeles que sostienen unos rollos, en los que aparecen dibujos de sus grandes inventos: la locomotora del tranvía, el motor de bombeo de Cornualles, la draga de vapor y la locomotora ferroviaria. Cien años después, en 1932, se inaugura frente a la biblioteca de Camborne, una estatua que lo representa sosteniendo uno de sus modelos a pequeña escala.

 

Fuentes de consulta:

  • Peraldo Huertas, Giovanni y Rojas Cedeño, Ernesto. – La deslizable historia del ferrocarril al Caribe de Costa Rica. – Anuario de Estudios Centroamericanos, UCR, 1998.
  • Sáenz Carbonell, Jorge Fco. La Dinastía del Café, Libro I, Ediciones Chico, 2005.
  • Wikipedia.org
  • Enciclopedia Británica (www.britannica.com)
  • www.engineering-timelines.com
  • Revista de los Archivos Nacionales No. 9-10 Julio-agosto 1938 (Fernández Guardia, Ricardo. – Mr. Richard Trevithick – Trevithick, Richard. – Costa Rica – Documentos relativos a Mr. Richard Trevithick – Trevithick, Richard. – Cartas al Gobierno de Costa Rica),
  • Oxford Dictionary of National Biography 2004.

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