Kenneth Calderón, Diseñador gráfico y estudiante de Filología Española

De niño era lo que se dice un tronco. Era malísimo jugando al fútbol. En ningún campo sobresalí: ni en la placita de la escuela, ni en la cuesta recién asfaltada del barrio, mucho menos en la lomita donde hacíamos los retos. Pero, a pesar de que un cono era mejor que yo, nunca generé aversión hacia el fútbol, todo lo contrario, se despertó en mí una fascinación mística, cuasi cúltica; devoción que, debo decir, me acompaña desde mi más tierna infancia. Sobre esto quiero filtrar un balón entre las siguientes líneas.

Hablar de fútbol en nuestro contexto siempre levanta sospecha. Como ya lo dijera Galeano en su clásico El fútbol a sol y sombra: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que tienen muchos creyentes y en la desconfianza que tienen muchos intelectuales”. Por una parte, es justificable que esa desconfianza surja por los vínculos cuestionables del fútbol con, por ejemplo, el mercado globalizado y los impresionantes consorcios empresariales que sajan su costado. O con las instituciones y los discursos de poder. También con las dinámicas de violencia normalizada -patriarcal y heteronormativa, obviamente-. O con las formas en que se elaboran las narrativas de identidad nacional o se instrumentaliza para legitimar estructuras de poder en la sociedad, por supuesto. O más recientemente, con los petrodólares derrochados para la edificación de estadios que violentaron todas, y sistemáticamente cada una, de las normas laborales mínimas; además del blanqueamiento del debate y las denuncias de la violación a los derechos humanos del país organizador de la copa, lo cual sería una vergüenza para la FIFA, si es que le importara…Pero no quiero ahondar en esta dimensión, ya que plumas más ágiles y críticas se han ocupado en estas reflexiones. Por mi parte, solo quiero aportar un par de ideas ingenuas, como quien cree que el balón aún puede girar sin proclamar un mea culpa.

La pelota no se mancha… a pesar de los que embarrialan la cancha. Estos son los que habitualmente pegan. Los que juegan sin poesía. Los que no transpiran la camiseta. En suma, los que violentan la estética del fútbol… Entre estos, el mercado. Ahora bien, decir que el capitalismo neoliberal es el rey midas que ha violentado al fútbol, despojándolo del alma y convirtiéndolo así en mercancía, es una obviedad. Nuevamente, ya lo dijo Galeano de una forma más elegante: “A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Esa alma despojada es la que se forjó entre los potreros y las plazas de nuestros barrios. Entre la sangre y el barro seco en las rodillas. Aquella picaresca criolla del taquito, la horqueta (cañito en argentino) y el mete-el-gol-gana, del cual muchas personas fuimos partícipes, y que vemos lejano porque, desde hace un tiempo para acá, pagamos canchas sintéticas. También ubico en esta categoría al periodismo deportivo-farandulero (Sí, Chiringuito, es con vos), que reduce al fútbol a un culebrón. A la hora muerta de frases sensacionalistas y acartonadas. Que, junto a la negligencia de no querer ver los matices y tonos de tan hermoso deporte, condicionan al espectador a repetir, y cliquear, sus titulares. A pesar de lo anterior: la pelota no se mancha, sigue rodando inmaculada por la grama.

El fútbol es memoria y mito escrito en el corazón de la tribuna. Es la épica del Barrilete cósmico. La mano de D10s. El Rey coronado en el Coloso de Santa Úrsula. La amarga estampa de Baggio con las manos en la cintura. El surreal remate carioca que bordea a los franceses. Es Rivers anotando en el 33″ a la Azurri campeona del mundo. La maldición de Barbosa. La quinta del buitre. El rey de copas. Suárez llorando camino a las duchas. Medford dejando en el olvido a los suecos. Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón de la blaugrana. El equipo del siglo. El elefante Drogba mediando la paz. Las rayas canallas de los colchones.  Es Zico y Sócrates inmortalizados en aquel verano del 82. Es el eterno Morera Soto venciendo al divino Zamora. Es el mito del héroe que tenía un guante blanco calzado en el pie, del lado del corazón; el mismo que sembró alegría en el pueblo, y regó de gloria este suelo, como cantara Rodrigo. Es el capi cerrando al segundo palo, silenciando a un viejo Imperio y escribiendo en los anales de la historia el levantamiento de una legión tricolor. Es el rito que nos convoca alrededor de una pelota. Los noventa minutos que nos separan de la gloria. El pathos de nuestra breve existencia… ¡La pelota no se mancha!

Y aunque reconozco que la historia del fútbol es “un triste viaje del placer al deber”, otra vez Galeano, quiero aferrarme a un estado primordial del fútbol. Un instante primigenio, de inocencia, al cual volver. Quiero ser parte de este drama: ¡Engañame una vez más! Extasiame con la elegancia de la gambeta o el regate por la izquierda. Dame la sensación del instante en que la tribuna inhala previo al desahogo. Ilusioname con ese momento en que mi voz se ahoga en el eco del gol. Regalame la ilusión de sentirnos por un momento los mejores: esa gloria mundana que embriaga los corazones. Ahí, en el campo, donde no hay escalafón ni clases sociales, sólo veintidós almas y un balón sobre los cuales depositamos nuestros anhelos… y dale alegría, alegría…

Una vez más, otorgame la gracia, el don de creer, para reivindicar que, a pesar de los que ensucian la cancha, ¡la pelota no se mancha!

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Por La Revista CR

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