FUZHOU, CHINA - MARCH 20: Worker load boxes of medical supplies, which Fujian province donated to 11 countries to help them fight against the coronavirus pandemic, onto a truck on March 20, 2020 in Fuzhou, Fujian Province of China. (Photo by Zhang Bin/China News Service via Getty Images)
by Keyu Jin

BEIJING – Cuando dio la bienvenida al Presidente estadounidense Donald Trump en la Ciudad Prohibida de Beijing en 2017, el Presidente chino Xi Jinping apuntó al carácter “paz” en los nombres de los tres salones del gran complejo, con lo que quería subrayar la máxima confuciana “La paz es el mayor bien de todos”.
Hoy más que nunca, el mundo necesita adherir a esa idea, pero sus dos principales potencias están enfrentadas en el peor momento posible. El sentimiento anti chino permea la sociedad estadounidense y un dicho popular en China estos días es “si no sientes ira hacia Estados Unidos, no eres patriota”.
Las tensiones sino-estadounidenses se han vuelto tan intensas que parece que solo un ataque a la Tierra por alienígenas podría relajarlas. Visto así, tal vez debiéramos ver la pandemia del COVID-19 como ese ataque. En vez de seguir culpándose y señalándose recíprocamente, con lo que nada se logra, China y Estados Unidos deberían colaborar para encontrar una vacuna o una cura.
La crisis del COVID ofrece a ambos países un posible camino para pasar de la recriminación a la reconciliación. En particular, la pandemia da a China una oportunidad única para abordar sus dilemas estratégicos como potencia en ascenso, sobre todo su lucha por ganarse la confianza de los EE.UU. y otras potencias. Con hechos más que con palabras, los líderes chinos pueden reconstruir la imagen internacional del país basándose en un imperativo moral más que en intereses geopolíticos.
El mundo se enfrenta repentinamente sumido en una crisis sanitaria, una crisis económica y una crisis de liquidez. Como resultado, muchas economías se enfrentan a la perspectiva de sufrir una recesión de la escala de la Gran Depresión de los años 30, más que de la Gran Recesión de 2009.
Una lección central de la Gran Depresión es que los gobiernos de los países ricos gatillaron un proteccionismo global con medidas como la Ley de Aranceles Smoot-Hawley de Estados Unidos y la británica “Abnormal Importations Act”, que contribuyeron a generar una aguda desaceleración de los movimientos comerciales y de capitales. De hecho, invariablemente esas políticas de “cada país se las arregla con sus propios medios” es el culpable último de toda crisis económica global.
Cada crisis global de importancia en los últimos 20 años ha sido una oportunidad para que China fortalezca sus relaciones diplomáticas.
Los presidentes estadounidenses George W. Bush y Barack Obama calificaron a China como su principal rival y competidor. Pero en cada caso, China se las arregló para dar vuelta la situación: primero colaborando con los programas antiterroristas tras los ataques del 11 de septiembre a Estados Unidos, y luego ayudando a estimular la demanda global y calmar a los mercados financieros tras la crisis financiera global de 2008.
De manera similar, durante la crisis de la deuda de la eurozona, China fortaleció sus vínculos con Europa al comprar bonos griegos, portugueses y españoles, además de aumentar sus inversiones y elevar sus importaciones europeas.
Si ayuda a liderar la respuesta global a la crisis del COVID-19, China puede convertir su actitud reactiva y a la defensiva hacia Estados Unidos en una más abierta y proactiva. Afortunadamente, los líderes chinos comprenden el reto y la oportunidad que tienen ante sí.
Para comenzar, Estados Unidos tiene una capacidad limitada de producción de gasas, ventiladores, mascarillas y equipos de protección que necesitan sus hospitales. China podría ofrecerle el envío de insumos y equipos, y compartir sus datos y experiencias clínicas acerca del COVID-19. Además, debería garantizar la continuidad de sus cadenas de suministros médicos y resistir cualquier tentación de limitar las exportaciones de insumos esenciales, como productos farmacéuticos y vitaminas a los Estados Unidos, como han sugerido algunos chinos.
En segundo lugar, China puede ser un ancla para la demanda global y una fuente de insumos esenciales, ya que las empresas chinas se están reactivando ahora que el país se prepara para salir de su confinamiento. Al estabilizar las cadenas de suministro globales y ayudar a mantener el flujo de bienes donde sea que pueda, China puede refutar silenciosamente la narrativa del “desacoplamiento” que ha empezado a asentarse.
Tales esfuerzos son particularmente importantes en momentos en que el COVID-19 pone en riesgo la consumación del reciente acuerdo de comercio “fase uno” entre China y Estados Unidos. Si bien China prometió adquirir servicios estadounidenses por el equivalente a $12,8 mil millones en 2020, se suponía que el turismo representaba una gran parte de esa suma.
Más aún, China no va a poder cumplir la demanda de determinados bienes, mientras otros no se producirán en Estados Unidos, lo que causará escasez de ellos. La pandemia da a ambos países una excusa conveniente para evitar mayores subidas de aranceles y darse un poco de aire mutuamente.
Tercero, China debería asistir financieramente a los países en desarrollo, que suelen quedar en la estacada durante las recesiones económicas globales. El Fondo Monetario Internacional carece de los recursos para ser una entidad crediticia o proveedor de liquidez importante, mientras que los principales bancos centrales del mundo ofrecen mecanismos de permuta de divisas principalmente entre sí. Fue el Banco Popular de China el que proporcionó los paquetes de rescate y asumió el riesgo crediticio para ayudar a Portugal, Argentina y Egipto durante sus respectivas crisis financieras.
Por último, a medida que las autoridades chinas aprovechan esta oportunidad de revivir las relaciones con Estados Unidos, los actores privados de ambos países ya están trabajando juntos. Compañías de Estados Unidos y China se encuentran colaborando para producir y distribuir kits de prueba del COVID-19. Y científicos de la Universidad de Harvard colaborarán con investigadores chivos, incluido el renombrado epidemiólogo Zhong Nanshan, el primero en identificar el virus SARS, en un programa de estudios del coronavirus a cinco años y a un coste de $115 millones financiado por una inmobiliaria china.
Si hay una lección que China debe compartir con el mundo es que la rapidez, la transparencia, la precisión y la fiabilidad científica son de la mayor importancia a la hora de comunicar acerca de la crisis del COVID-19. Una pandemia no es ninguna oportunidad para proclamar la superioridad del sistema o enfoque de gobierno de un país, por no hablar de competir por el dominio mundial. China debería ganarse silenciosamente la confianza de los Estados Unidos y otros países, no por un interés estratégico, sino por razones morales.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

 


Keyu Jin

Keyu Jin

Keyu Jin, Professor of Economics at the London School of Economics, is a World Economic Forum Young Global Leader.

 

Copyright: Project Syndicate, 2019.
www.project-syndicate.org

Si le interesa recibir información diariamente:

Avatar

Por Project Syndicate

Project Syndicate produce y ofrece comentarios originales y de alta calidad a una audiencia global. Con contribuciones exclusivas de destacados líderes políticos, formuladores de políticas, académicos, líderes empresariales y activistas cívicos de todo el mundo, ofrecemos a los medios de comunicación y a sus lectores análisis y conocimientos de vanguardia, independientemente de su capacidad de pago . Nuestra La membresía incluye más de 500 medios de comunicación, más de la mitad de los cuales reciben nuestros comentarios de forma gratuita o con tarifas subsidiadas, en 156 países.