La apasionante historia de la Universidad: así comenzó a transmitirse la cultura

La relación entre un mentor y su estudiante va mucho más lejos que el simple periodo de formación de unos pocos años. Es una unión intelectual que conecta con una tradición que se remonta, al menos en Occidente, hasta las primeras universidades.

Es, verdaderamente, una antorcha que se transmite de persona a persona durante generaciones, que ha sido esencial para la Revolución Científica y que ha beneficiado a la sociedad desde entonces.

Los primeros pasos formales se dieron entre los siglos XII y XIII y se fundamentaron en tres procesos: el redescubrimiento del clasicismo de la Antigüedad debido a la traducción sistemática de textos helenos y árabes, la fundación de las universidades y la aparición de pensadores que incorporaron el saber aristotélico, transformando el currículum heredado del Imperio Romano, que distinguía entre el trivium (gramática, dialéctica, retórica) y el quadrivium (aritmética, música, geometría, astronomía). La medicina, el derecho y la teología se consideraban disciplinas separadas.

Con anterioridad, algunas sedes episcopales habían albergado escuelas, pero surge entonces una cierta especialización: filosofía-teología en París u Oxford; derecho en Bolonia, Pavía o Rávena y medicina en Salerno.

Además, la fragmentación política del Norte de Italia y su desarrollo urbano favorecieron la aparición de escuelas comunales. Así, los estudios de derecho de Bolonia aparecieron en 1088, adquiriendo carta de naturaleza la Universidad en 1119; París, Oxford y Módena se fundaron en el siglo XII; Palencia, Cambridge, Salamanca, Montpellier, Padua, Nápoles y Toulouse, a comienzos del siglo XIII.

Independencia política y religosa

Se trata de instituciones únicas, con estructura corporativa basada en el derecho romano, que proporcionó independencia respecto al poder político y religioso y el control del currículum académico.

El inicio del uso de la lógica moderna y de la filosofía natural puede situarse a partir del siglo XII con Hugo de St. Victor, John de Salisbury, Thierry de Chartres y Adelardo de Bath. Todos ellos desarrollaron una actitud racional y rechazaron el principio de autoridad.

La obra de Aristóteles jugó un papel esencial en este proceso y su influencia se inició a través de la Escuela de Traductores de Toledo y las enseñanzas de Alberto Magno y Tomás de Aquino.

El método escolástico (scholasticus en latín, σχολαστικός en griego), que posiblemente apareciera con Anselmo de Canterbury o Pedro Abelardo, y en cualquier caso en París, enfatizó el razonamiento dialéctico y consistió en comentarios y cuestiones centrados en los textos de Aristóteles: las disputatio ordinaria, que transcurrían generalmente una vez por semana, y las disputatio de quolibet, un verdadero torneo intelectual. Aristóteles y el escolasticismo dominaron el ámbito académico europeo hasta el siglo XVII.

Roger Bacon, ya en el siglo XIII, impulsó una nueva forma de conocimiento basado esencialmente en la experiencia y el pensamiento racional. Según él, “todas las ciencias están conectadas; se prestan mutuamente ayuda material como partes de un gran todo, cada uno haciendo su propio trabajo, no por sí solo, sino por las otras partes; a medida que el ojo guía el cuerpo y el pie lo sostiene y lo guía de un lugar a otro.”

Con el Renacimiento, el flujo de conocimiento procedente del Imperio Bizantino y la aparición de la imprenta impulsaron en Europa una verdadera eclosión intelectual.

Detalle del fresco de la escuela de Aristóteles por Gustav Adolph Spangenberg.
Wikimedia Commons

Comprender el Universo

La autoridad de Aristóteles se vio afectada por una nueva actitud y una serie de descubrimientos que cuestionaron la cosmología aristotélica: el heliocentrismo de Copérnico, al publicar De revolutionibus en 1543; el cometa de 1577 y las estrellas novas de 1572 o 1604, estudiados por Tycho Brahe, Jerónimo Muñoz o Johannes Kepler, entre otros, que demostraban que las esferas celestes no podían ser cristalinas ni el cielo era inmutable. También el rechazo de Kepler a las órbitas circulares de los planetas o los descubrimientos realizados por Galileo Galilei con el telescopio.

Finalmente, la cosmología de Aristóteles sería sustituida por la concepción del Universo asentada en la Ley de la Gravitación de Isaac Newton. Desde entonces, nuestra capacidad para entender nuestro Universo y todo lo que ocurre en él se ha acelerado.

La luz del camino

La Universidad ha sido y es un lugar esencial para la ampliación del conocimiento, la formación de ciudadanos integrales y de nuevas generaciones de intelectuales, en el sentido más amplio. De hecho, para cada miembro de la comunidad académica existe una secuencia formada por eslabones entre mentores y estudiantes que lo une con una serie de eruditos del pasado.

Cuando hablamos de la antorcha del conocimiento que se trasmite de generación en generación, no es solo una metáfora ilustrativa.

Es una luz que ilumina el sendero de las sociedades, un complicado y delicado proceso que ha implicado a múltiples hombres y mujeres. Un proceso que, con sus defectos, nos ha beneficiado a todos y ha contribuido de manera esencial al bienestar en el que vivimos.

Como corolario, y pensando en el futuro de esa cadena que se extiende en el tiempo, es nuestra responsabilidad transmitir y aumentar ese extraordinario legado cultural. Programas de intercambio transnacionales como el Erasmus o el Fulbright siguen siendo esenciales en este proceso de formación, creación y transmisión de conocimiento.

The Conversation

David Barrado Navascués recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación mediante los proyectos MDM-2017-0737 y PID2019-107061GB-C61.

Publicado originalmente en The Conversation

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