La caprichosa trayectoria del poder

La idea que brota como chispa de las células cerebrales de un hombre de ciencia puede transformar todo un universo y es asombroso constatar por ejemplo, en nuestro mundo moderno que es precisamente la practica compuesta más diminuta la que desarrolla la forma más gigantesca y titánica de destrucción y de dominación.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Se ha dicho que si la nariz de Cleopatra hubiera sido un poco más corta, hubiera cambiado todo el curso de la historia, los lectores recordaran que la joven reina era tan bella e ingeniosa y su nariz tan atractiva que pudo seducir con sus encantos a los dos personajes más importantes de su tiempo; a César lo sedujo y a Marco Antonio lo cautivó, logrando ejercer una influencia importante o decisiva sobre uno y el otro.

Constatamos por un lado que la belleza puede ser una fuente de poder personal, como el talento, la astucia, el carisma o la demagogia y por el otro que hechos casuales, fortuitos y aparentemente insignificantes puedan provocar enormes repercusiones.

Si no hubiera llovido en la madrugada del 18 de junio de 1815 – se lamentaba Víctor Hugo – el destino de Europa hubiera cambiado ya que unas gotas de más o de menos, provocadas por una caprichosa nube de verano dieron al traste con las maniobras de artillería que minuciosamente había planeado aquel gran estratega y eso determinó su derrota en Waterloo.

Es obvio que los principales acontecimientos son el resultado de una combinación caleidoscópica y nunca repetida de factores concomitantes; sin embargo, ha sido la técnica a mi parecer, ese extraordinario derivado de la mente humana, el factor más determinante y positivo en el desarrollo y en la evolución del hombre como especie.

Es cierto por ejemplo, que un audaz navegante genovés “tropezó” – como sugiere André Maurois” – con el continente americano y que en cierto modo se le atravesó en su ruta como un hecho casual; sin embargo, fueron el arcabuz, el mosquete, el caballo y la táctica sorpresiva los que sellaron el proceso de conquista y colonización de esta enorme masa continental.

Decía Malaparte que la técnica lo ha cambiado todo y observaba que desde que el desierto norafricano quedó sembrado de minas explosivas por efecto de la guerra, ahora es la mujer que camina adelante y el beduino con su camello, atrás.

Me parece muy evidente que es la técnica, esa respuesta mental del ser humano al estímulo de la necesidad y al desafiante reto que le ha impuesto la naturaleza, la principal partera del progreso; sin embargo, si bien la técnica es sinónimo de idea, de inventiva de innovación y de creatividad, a su vez el progreso puede conducir por una ruta que culmina, si no va guiado por una cierta dosis de sabiduría o de sentido común al menos en una tremenda pifia de dimensiones apocalípticas, es decir, en su propia negación.

La ciencia y la tecnología parecían convertirse, por lo tanto, en armas de doble filo al mismo tiempo que en instrumentos muy eficaces de poderío; así la falange por ejemplo, produjo un imperio y la legión a su vez, otro más poderoso, la brújula y el sextante hicieron posible la formación de imperios ultramarinos aún mayores y hasta dispersos.

Hubo una época en que unos señores feudales, con sus lanzas y sus corazas, tenían autoridad sobre pequeñas comarcas y en que un papa podía fulminar con su anatema, la investidura de un emperador o hacerlo ir a Canossa; la pólvora y otras innovaciones fueron suficientes para derrumbar ese mundo y concentrar la potestad sobre naciones enteras en manos de unos pocos monarcas: es significativo que mientras Alejandro apenas movilizó un ejército de militares, Bonaparte con cientos de miles y Hitler con millones de soldados, siendo posible que sean ya billones los que disponga como carne de cañón algún Atila del futuro.

La idea que brota como chispa de las células cerebrales de un hombre de ciencia puede transformar todo un universo y es asombroso constatar por ejemplo, en nuestro mundo moderno que es precisamente la practica compuesta más diminuta la que desarrolla la forma más gigantesca y titánica de destrucción y de dominación.

El poderío tecnológico sin embargo, tiene también su talón de Aquiles y constamos con estupor que una táctica militar tan arcaica y rudimentaria como la guerrilla utilizada ya por los iberos contra los romanos, no ha podido ser doblegada por el arsenal más dosificado y perfeccionado del mundo moderno.

De igual modo un capricho de la naturaleza quiso que enormes masas de energía solar fosilizada por un proceso de millones de años en forma de petróleo se haya convertido en un instrumento extraordinario de poderío económico, por el simple e inusitado hecho de encontrarse concentradas y ubicadas lejos de sus principales centros de consumo; todo esto que ha hecho posible que el destino de naciones hasta ahora omnipotentes dependa de la voluntad de pueblos hasta hace poco insignificantes en abrir o cerrar el grifo por donde pasa ese liquido vital para su existencia.

Las cifras son elocuentes de este hecho tan insólito; así un estudio del periódico “Le monde” demostraba años atrás que los países petroleros de la OPEP han percibido miles miles de millones, estando en condiciones de hacerlo por muchos años más.

Todo esto demuestra que en sentido contrario al flujo de petróleo, fluye una corriente de poder y de dinero que se lo tragan, como ventosas, los yacimientos de esa vital fuente de energía, o mejor dicho, quienes lo controlan.

Es tan extravagantemente grande ese desplazamiento del poder hacia esos improvisados y nuevos centros de gravitación que según otro calculo, del “time”, esos pocos países en unos pocos años dispondrían de reservas monetarias suficientes para apoderarse o adquirir todas las compañías más importantes del mundo occidental y transformar, por ende, toda la estructura económica y los mapas hegemónicos del mundo actual.

Vemos de este modo, que inclusive la posición de nuestra América Latina puede verse transformada por algo más prosaico que la nariz de una bella monarca, si no ha de verse realizado el sueño de Bolívar, constatamos que al menos algunas migajas caen de ese extraordinario y pintoresco festín.

La Nación, miércoles 30 de abril de 1975

 


Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

 

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