Ronald Fernández Pinto, Profesor universitario – Catedrático UCR
César Zúñiga Ramírez, Profesor universitario – ICAP / UNED / Fidélitas

El mes de setiembre de 2021 tiene una connotación muy particular en la historia patria del país: celebramos nuestro bicentenario como nación independiente. La celebración, desde luego, es un sortilegio histórico para recordarnos un evento de primera importancia para el ser costarricense, ya que refleja doscientos años de convivencia nacional, de construcción de una cultura colectiva particular y de creación de un desarrollo institucional concreto. Con sus muchos aciertos y errores, debe decirse que la nación costarricense tiene sus particularidades y sus circunstancias especiales, que la hacen caso de estudio específico para la Ciencia Política, la Historia, la Economía, la Antropología y otras disciplinas.

Desarrollo político. En esta perspectiva, el balance de estos 200 años puede abordarse desde diversos ángulos. No obstante, el análisis puede devenir parcial si no se utiliza un marco teórico que permita un abordaje integrado, capaz de exorcizar los enfoques fragmentarios que pueden aparecer si el lente es demasiado especializado. En este sentido, la Ciencia Política lleva cierta ventaja epistemológica, conceptual y metodológica sobre sus hermanas, precisamente, por ser la disciplina que en su corpus ontológico trata de atenazar el concepto de desarrollo como uno de sus ejes centrales, en tanto en lo atinente a nuestra región, el desarrollo latinoamericano tiene reviste de particular interés.

El concepto de desarrollo político trasciende los enfoques demasiado economicistas o historiográficos, al abrazar una postura interdisciplinaria que, analíticamente, integra los distintos vectores históricos que lo configuran. En este sentido, la visión de conjunto que la Ciencia Política imprime al concepto se basa en la idea de captar el desarrollo a partir de una visión claramente analítica, más que simplemente descriptiva, en un enfoque de conjunto y a partir de las cuatro dinámicas estructurales primigenias que lo dinamizan: lo socioeconómico, político, cultural y participativo. Finalmente, esta visión de conjunto se funda en el principio de congruencia, ley histórica que establece que cualquier cambio en unas de las cuatro estructuras que comandan el desarrollo político de las sociedades, de suyo, genera un cambio proporcional en las otras tres.

Enfoque integral. De esta forma, el concepto de desarrollo político, trabajado desde las teorías del desarrollo de la Ciencia Política, inmuniza el análisis, precisamente, de ver el tema desde lo estrictamente político. Esto, no obsta que lo político juega un papel primordial en cuanto a la dirección del desarrollo en las sociedades contemporáneas, por cuanto el peso relativo de lo político, por medio de la figura del Estado nacional, crea una plataforma común y una dirección particular al desarrollo de todas las estructuras sociales consideradas. Lo anterior, en el entendido de que no se abraza una visión de primacía de la política sobre los demás ámbitos vitales, cuestión más propia de las ideas filosóficas desarrolladas antes del siglo XIX, sino, a partir de un enfoque que reconoce que la función social el Estado es la articulación de la cooperación social en un territorio. debido a su capacidad para establecer decisiones colectivamente vinculantes para la sociedad como un todo.

Pero hasta ahí llega la capacidad funcional de las estructuras políticas de la sociedad, pues, realmente, como bien sentencia Luhmann, lo que logra es crear las condiciones mínimas para que cada ámbito particular se autodesarrolle según sus propios términos específicos, amén, eso sí, del principio de congruencia. Esta capacidad funcional del Estado le otorga una ventaja evolutiva que puede ser aprovechada por la Ciencia Política para realizar el análisis del desarrollo de las sociedades; desarrollo que ocurre en una lógica de estabilidad precaria con factores múltiples de conflicto, aspecto este que denuncia el problema de la complejidad que debe enfrentar la sociedad para autoinstituirse, y la ciencia para entenderla.

Parteaguas históricos. Ya armados con estas herramientas analíticas, es posible elucidar los periodos históricos que configuran el desarrollo político de Costa Rica desde su independencia, hace 200 años, hasta nuestros días; y lo más importante, nos permite entender la configuración presente de su formación social, a partir de su visualización como una resultante histórica que hunde sus raíces desde la época misma de la colonia. Las periodizaciones, en esta perspectiva, se constituyen en herramientas analíticas capitales que permiten aislar los elementos sustantivos de cada una de las cuatro dinámicas estructurales de la sociedad, con el fin de identificar las tendencias que, a lo largo de las décadas, configuran el ser costarricense y su expresión histórica en la actualidad, así como los desafíos que enfrenta de cara al futuro.

La fase de la colonia (1421-1821), en efecto, es la primera etapa que el análisis del desarrollo político debe considerar, con el fin de iniciar el proceso de sistematizar el desarrollo político de Costa Rica de cara al bicentenario. Ahí ya encontramos tendencias que tendrían un impacto importante en la vida social costarricense, como su aislamiento relativo, su “vallecentrismo”, su pobreza estructural y su igualitarismo cultural, sin demérito de las diferencias sociales que siempre han existido. La etapa de la independencia (1821-1889) nos deja ver la naturaleza conflictual de la fundación del Estado nacional del país, su esfuerzo por conectarse con el mundo mediante la agroexportación monocultivista cafetalera, la emergencia de una economía parcelaria alrededor del café y el desarrollo de una élite política interesada en retener el poder, en efecto, pero también en funcionalizarlo, en términos relativos, de cara al desarrollo político del país.

La fase de la república liberal (1889-1949) crea las condiciones para la profundización del desarrollo capitalista alrededor del café, sin demérito de la economía parcelaria, así como de la economía de enclave del banano, a cargo del imperialismo norteamericano, el desarrollo de la institucionalidad estatal de corte liberal, el fortalecimiento de la élite política alrededor de la cuestión ideológica y la crisis final, con reformismo incluido, del modelo. La etapa intervencionista (1949-1982) constituye una reacción a dicha crisis y genera el surgimiento de una agresiva expansión de la institucionalidad pública en una perspectiva desarrollista de diversificación económica, lo cual se tradujo en un apuntalamiento de la institucionalidad democrática del país, una cultura política pacifista y de conflictos políticos institucionalizados -algo desusado en el contexto regional- y una reducción sustantiva de la pobreza por la vía de la políticas de bienestar.

La etapa neoliberal (1982-2021) regresa el péndulo a las ideas económicas liberales y crea un híbrido, vía reforma del Estado, que sostiene algunas de las tendencias del benefactorismo, pero que refuerza la importancia de la iniciativa privada en la economía y la sociedad, lo cual genera cambios sustantivos en nuestro desarrollo político, hoy día claramente cuestionado por sus múltiples limitaciones, como ha sido la tónica en cada periodo histórico.

Puntos de llegada. La celebración del bicentenario se inscribe en el reconocimiento de las limitaciones y desafíos del modelo que, puesto a caminar en la década de los ochenta, hoy ya no logra sostenerse, ni autoperpetuarse en el tiempo. La vida económica se encuentra entrabada y presenta vicios productivos muy serios, que van desde la baja competitividad país para atraer capitales productivos, nacionales y extranjeros, hasta la desconexión relativa de las pequeñas y medianas empresas en la lógica de redes que los proyectos empresariales más grandes desarrollan.

La vida política presenta serios problemas de esquizofrenia burocrática, una cultura institucional estatista que limita la iniciativa privada y la capacidad de las personas para producir en lo económico y lo cultural, un reglamentismo y legalismo que entrampa la capacidad para resolver problemas, una democracia erosionada y peligrosamente desacreditada en casi todos los niveles, un aumento de la corrupción en la función pública, y un Estado fiscalmente quebrado debido a la absoluta incapacidad de las élites por administrar apropiadamente la cosa pública, así como a los excesos que nadie está dispuesto a pagar.

En lo cultural, el país se enfrenta a un individualismo egoísta y hedonista que pone en jaque la cultura de la solidaridad que, de distintas maneras, se había construido históricamente, a la vez que el “camino fácil” y la mediocridad se imponen en todos lo niveles de la sociedad. Por último, en lo participativo, el principio de ciudadanía se erosiona colateralmente a la degradación de nuestra vida democrática, de tal modo que los ciudadanos se retraen de participar políticamente, en el nivel general y en el comunal, y el aislamiento individualista pone más presión sobre la capacidad de construir sentido en medio de un mundo hiperdinámico y sumido en una tromba globalizadora.

El corolario de todo esto debe ser una clara invitación para que los especialistas y académicos de las distintas disciplinas económicas y sociales empiecen a armar el rompecabezas que implica determinar el producto histórico que es, sin duda, la Costa Rica bicentenaria. Las ideas planteadas acá pueden servir de marco referencial para hacer la tarea, algo así como un conjunto de andamios sobre los cuales trabajar, cada uno en lo suyo, pero integrados conceptual y metodológicamente por medio de una matriz que permita dinamizar los flujos causales que cada una de las ciencias participantes puedan encontrar. De lo que se trata, entonces, es de valorar integralmente los múltiples elementos que nos hacen ser lo que somos y, más aún, que nos ayuden a entender para dónde vamos.

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