La crisis energética: I. Las fuentes primarias

Nos dicen los pesimistas, que esta fastuosa prosperidad y este espléndido despilfarro reposan sobre un arco de bóveda frágil y precario, representado por fuentes de energía que se agotan vertiginosamente.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

La crisis energética, es una serie de tres artículos que escribía años atrás, pero igual que otros que anteriormente me ha publicado La Revista, tienen y tendrán vigencia por tiempo, que nadie sabe.

Este como muchos temas que llaman a la sociedad a tomar parte, pareciera que no encuentra el eco necesario. Son muchos los actores y escenarios por los cuales transitan inmensos intereses económicos, liderados y resguardados por autoridades política no incompetentes, sino que al servicio del capital. 

Durante las últimas décadas llamados de la comunidad internacional, importantes foros multilaterales, así como connotados especialistas en estos temas, han dicho una y mil veces que la hora de actuar es ya. 

Les invito a acompañarme en la lectura del primero de ellos.

R.M.M.

Cuenta la leyenda griega que los dioses del Olimpo tenían el siniestro designio de acabar con el género humano y crear una raza nueva. Pero Prometeo, el Dios noble y bondadoso, se apiada de los mortales y elabora una estratagema para salvarlos: roba fuego del sol y se lo entrega a los hombres, inculcando a la vez en ellos el germen de la civilización.

El hombre hasta nuestros días derivará enormes ventajas de esa forma de combustión de recursos energéticos que simboliza el fuego. Algunos antropólogos, por ejemplo, plantearon la hipótesis de que el poder suavizar en una hoguera el fruto de la caza, permitió una menor presión muscular en la bóveda craneal del hombre primitivo; esto facilitó una expansión de la cavidad cerebral y, a su vez, un mayor desarrollo de la inteligencia de nuestros lejanos antepasados.

Todos sabemos, igualmente, que es la candente expansión de los gases, provocada por la combustión explosiva en el seno del motor, lo que permite que el remoto descendiente del «pitecantropus eractus» se precipite vertiginosamente, como un alegre suicida, por las asfaltadas veredas del mundo moderno.

En su penoso esfuerzo por vencer a la naturaleza, el hombre utilizó también durante milenios, fuentes animadas de energía. Usa, en primer lugar, su propia fuerza muscular; luego la guerra pone a su disposición a los esclavos cautivos, lo que permite a una minoría liberarse de los esfuerzos más penosos, logrando, gracias al ocio, que surjan la ciencia, el arte y formas más elaboradas de pensamiento. Es esa brutal división del trabajo lo que permitirá la construcción de esos faraónicos monumentos, acueductos, canales y caminos que aún perduran como testimonio alucinante del látigo y del genio.

Con el transcurso del tiempo, el hombre pone a su servicio otras fuentes animadas de energía, que son los animales que domestica y cuyo vigor equivale a multiplicar su propia fuerza. Así mismo utiliza fuerzas ciegas e inanimadas, como el agua y el viento para impulsar sus naves y sus molinos, con la ventaja de que son recurrentes e inagotables.

Es en tiempos muy recientes que el progreso – ese Dios moderno – permite la movilización y la utilización masiva de enormes fuentes de energía que yacían disponibles en las entrañas del planeta, como si estuvieran esperando el momento en que la facultad imaginativa y creadora del «homo faber» de nuestros días, encontrara alguna aplicación práctica para su propio servicio y bienestar.

La ciencia y la tecnología, como lo ha dicho un gran pensador, ha permitido «acelerar la historia», Antaño había que esperar años o siglos hasta que naciera uno de esos sabios excéntricos y lograra descubrir alguna nueva técnica que revolucionara la ciencia y la vida del hombre. A veces era hasta una herejía de mal tomo, salir con algo nuevo y todos recordamos que más de uno, por quemarse las pestañas descubriendo cosas nuevas, arriesgó terminar con quemárselas en la hoguera, como fue el caso de Galileo.

Ahora esos remotos discípulos de los astrólogos y de los alquimistas proliferan y hasta se les remunera equitativamente. Se estima que, si suman todos los científicos en la historia, el noventa por ciento vive aún.

Esto explica que en cuestión de pocas generaciones, la energía mineral y la fuerza mecánica han reemplazado el débil y penoso trabajo muscular. Para hacer navegar un barco moderno, ya no es necesario azotar las espaldas de los reos, como Jean Veljean, ya que una caldera hace el trabajo de mil galeotes; de igual modo, en lugar de millares de esclavos. De igual forma, los faraones de nuestro tiempo pueden utilizar la fuerza de unos cuantos tractores para hacer sus fastuosos monumentos, en lugar de movilizar a toda una nación.

De esta manera, el progreso permite que descanse el músculo y trabaje la mente. Antes – escribía Jean Fourastié, ese idólatra del progreso como lo fue Condorcet, quien murió en la guillotina por optimista – se planeaba en un mes lo que se tardaba en construir un año, ahora se planifica durante un año lo que se construye en un mes.

En este sentido, las estadísticas son elocuentes. Se calcula que hace cien años el noventa y cinco por ciento de la energía utilizaba provenía del trabajo físico y del esfuerzo muscular del hombre y de los animales; actualmente en los países industrializados más del noventa por ciento de la energía movilizada proviene de los combustibles minerales.

Esto, afirman algunos teóricos, significa una extraordinaria liberación del hombre moderno que permite un bienestar generalizado, a base de un mínimo esfuerzo, mayores ingresos y un aumento del consumo global. La clave del secreto consiste en elevar la productividad y en reemplazar el látigo por las débiles pulsaciones de un cerebro electrónico.

En este sentido, se ha llegado a establecer la equivalencia de la energía utilizada en provecho de una comunidad en “esclavos mecánicos». Así se logró establecer un promedio según el cual los países más avanzados contarían hasta con cien de estos sumisos servidores por habitante. No es de extrañar, por lo tanto, que sean precisamente esos países los que destinen hasta el tres o el cuatro por ciento de su producto nacional en investigación tecnológica y científica.

Todo esto es, obviamente, prodigioso. Sin embargo, nos dicen los pesimistas, que esta fastuosa prosperidad y este espléndido despilfarro reposan sobre un arco de bóveda frágil y precario, representado por fuentes de energía que se agotan vertiginosamente. Tomando en consideración el acelerado ritmo de consumo; muchos de estos recursos que son el producto de un lento y prolongado proceso geológico que tomó millones de años en fosilizarse, derivados de la energía solar, se volatilizan con la mayor frivolidad en el corto plazo de unas pocas generaciones.

Muchos pensarán que los dioses hicieron bien en castigar al rebelde Prometeo, encadenándolo a perpetuidad en una roca del Cáucaso, por haber puesto en las irresponsables manos de los sensatos mortales las llaves de tanta devastación de la naturaleza.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 22/03/1974

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