La crisis energética: III. Las fuentes futuras

Escribía Bertrand Russell hace muchos años, en forma casi profética, que "para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimientos vaya acompañado de un aumento de sabiduría".

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Esquilo nos describe como fue castigado Prometeo por haber querido socorrer y ennoblecer a los hombres, despreciados por los otros dioses. Pero en uno de esos párrafos sobrios y conmovedores, nos revela que aquel dios generoso había hecho otra concesión a los mortales: «Hice habitar en ellos la ciega esperanza».

Si bien numerosos recursos parecen condenados a extinguirse – en lo que se refiere a las fuentes actuales de energía – cabe la esperanza de que la prodigiosa mente del «homo sapiens» descubra los dispositivos técnicos para movilizar otras fuentes casi inagotables que lo rodean.

La mano del pianista que golpea el teclado es una forma de energía muscular, que se convierte en otra forma, la acústica, que nos reproduce el «Claro de Luna», que fue el producto de otra forma de energía, la de la mente de un atormentado y genial compositor. A su vez, las notas de la sonata pueden ser proyectadas al espacio y ser reproducidas en un aparato de radio, gracias a la energía que la transforma y la amplifica para el deleite de cualquier melómano a miles de leguas de distancia.

Así como cada uno de nosotros utiliza una enorme variedad de formas de energía – en la calefacción, en el transporte, en motores, en nuestro cuerpo, en la lluvia y en el viento o en el rayo que nos fulmina – así igualmente el ser humano está rodeado de numerosas formas y fuentes de energía.

Se estima, por ejemplo, que la débil proporción de la energía solar que recoge nuestro planeta en el transcurso de tres días, equivale a la totalidad de los recursos energéticos almacenados en las entrañas de la tierra durante millones de años y se estima que el calor que se percibe del sol en una centésima parte del territorio de un continente como Europa, equivale a todo su consumo de electricidad en ese momento dado.

El problema de esta inagotable fuente de energía solar, consiste precisamente en la dificultad de su captación, en su concentración, así como en su almacenamiento, dada la forma tan dispersa y diluida en que llega a la tierra. Sin embargo se ha previsto la posibilidad de captarla gracias a enormes satélites que en forma de rayos concentrados la proyecten hacia la tierra, así como su eventual utilización en los países tropicales, donde abunda y es más intensa.

Otra posibilidad contemplada consiste en generalizar la instalación de centrales nucleares y la concentración de varios «nuplex» o complejos industriales y conglomerados urbanos que se nutran de energía atómica. Sin embargo, las instalaciones actuales representan apenas el uno o dos por ciento de toda la energía consumida por los países más avanzados y su tecnología es incipiente y aún peligrosa. A pesar de todo, se estima que dentro de un par de siglos, el uranio y el torio constituirán la principal fuente energética, mientras el petróleo, a su vez, llegaría a ser desplazado casi totalmente por el carbón como recurso secundario.

Una tercera posibilidad que se contempla, es la de utilizar el hidrógeno, recurriendo al agua como fuente de extracción, gracias al proceso de electrólisis que permitiría su utilización masiva. Sin embargo, el problema actual consiste en lograr la fusión controlada y su utilización para fines pacíficos.

Otras formas de combustible de tipo tradicional que podría reemplazar provisionalmente al petróleo son, por un lado las arenas bituminosas – cuyas reservas en el mundo equivalen en su potencial energético a dos mil veces las reservas constatadas del oro negro -, siendo ya explotadas en varios países. Por el otro, es el carbón licueficado industrialmente, con el inconveniente de que su costo de producción es más elevado, actualmente, que el del petróleo.

Además de estas perspectivas optimistas, existen otros horizontes tan espectaculares, aunque menos prometedores, como son la utilización del viento, gracias a molinos semejantes a los que arremetía don Quijote, pero más modernos, al igual que la fuerza de las mareas marítimas para producir electricidad, tal como ya se hace en Normandía y la utilización de energía geotérmica, aprovechando el calor intenso que se encuentra en las profundidades del subsuelo y que ya se utiliza en algunas partes de California.

Es obvio, sin embargo que, a pesar de estas notas optimistas, el hombre debe racionalizar el consumo de la energía, adoptando una actitud más austera, más sabia y más sensata, sobretodo si se toma en cuenta que la población del mundo se duplica en ciclos cada vez más cortos, en forma tal que, para finales de este siglo el volumen de todo el género humano será el doble del actual.

Es cierto que, actualmente, se produce tres veces más con la misma cantidad de energía que lo que se fabricaba a principios de este siglo, gracias a métodos tecnológicos más perfeccionados. Pero se estima que a través de todos los procesos de conversión, transformación y transporte, el hombre utiliza o aprovecha, efectivamente, apenas un tercio de toda la energía que moviliza, ya que el resto se disipa.

Escribía Bertrand Russell hace muchos años, en forma casi profética, que «para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimientos vaya acompañado de un aumento de sabiduría». Cabe preguntarse si Prometeo logrará algún día romper los grillos que los sujetan a su cruel condena y que pueda aportar a los seres de su predilección la llama de la sabiduría, que complemente el fuego obsequiado antaño, el cual dio inicio a toda esta prodigiosa e insensata civilización.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 28/03/1974

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