La cruz y la espada

Las enormes concentraciones de poder económico, con sus organizaciones transnacionales, imponen una nueva concepción de la soberanía en que los imperios económicos se superponen a los bloques de hegemonía política.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

En uno de sus encuentros con Stalin, durante la Segunda Guerra Mundial, le sugirió Churchill la conveniencia de mejorar sus relaciones con el Vaticano, a lo que el dictador ruso le respondió, con evidente sarcasmo: ‘¿Con cuántas divisiones cuenta el Papa?’. Las fuentes del poder son múltiples, pero las más importantes son, sin duda, la fuerza bruta –eso lo sabía muy bien Stalin–, el dinero –ese vil metal que mueve el mundo– y los ideales, las creencias y las auténticas convicciones.

La Iglesia Católica es, con casi dos milenios de existencia, la institución más duradera de Occidente y su autoridad, que se proyecta como una fuerza social difusa en los ámbitos del poder temporal, ha tenido como fuente fundamental la convicción profunda en los valores y los ideales más elevados del ser humano.

Es cierto que, cuando se derrumba el Imperio Romano, el papa Gregorio el Magno organiza la defensa de Roma ante el peligro y la opresión del invasor, con lo que la Iglesia se ve obligada a asumir el poder temporal y a encarnar dos tradiciones: la del cristianismo civilizador y la de la unidad de Occidente.

En esa lucha perpetua, desde su fundación, entre la cruz y la espada, entre el poder espiritual y el secular, se enfrentan dos sistemas de valores que, al fusionarse en una simbiosis, impulsan la extraordinaria civilización occidental. En un lado de la balanza pesaba el vitalismo, el hedonismo y una concepción práctica y heroica de la vida de los romanos que, al decaer y sucumbir, son revitalizados por las hordas germanas. En el otro lado, contrapesaban los valores del estoicismo, la austeridad, la virtud y la renunciación que fomentan la vida contemplativa y monástica que se inicia desde el siglo IV en Tebas, Egipto.

Todo el milenio de la Edad Media será el escenario de un conflicto perpetuo entre el papado, que se institucionaliza como una monarquía teocrática y el poder temporal de los emperadores, de los soberanos y de los señores feudales, también en pugna entre ellos. En ese dualismo siempre asimétrico de autoridad y de lealtad dividida, la Iglesia tuvo a su favor un elemento de superioridad: mientras los señores y los reyes, que en su mayoría eran ignorantes y no siempre inteligentes, transmitían su potestad hereditariamente, lo que no era garantía de un buen gobierno, los papas eran meticulosamente elegidos por cooptación, considerando sus dotes de sabiduría, de virtud y de capacidad como estadistas.

El equilibrio siempre fue cambiante y precario entre esas dos fuerzas que dominan el medioevo y la Iglesia alcanza la cúspide de su poder temporal y el apogeo de su autoridad espiritual gracias a las reformas de Gregorio VII, al inicio del actual milenio, al abolir la simonía e instaurar la continencia y el celibato.

El respeto que inspiran las órdenes monásticas, auténticos militantes de la fe, y el fervor de las cruzadas le permiten culminar, en el siglo XII, con la más poderosa concentración de autoridad espiritual y temporal de Occidente y esa apoteosis sólo es impugnada, curiosamente, por la comuna romana, con Arnoldo de Brescia como su tribuno. “Todos obedecían al Pontífice, menos a Roma”, comenta un historiador, pero no todo el mundo es profeta en su tierra.

A mediados del siglo XIII se inicia una ruptura del equilibrio entre las fuerzas declinantes y las estructuras de poder emergentes. Esa era de transición marca la agonía del feudalismo y la progresiva consolidación de los estados nacionales que desbordan la autoridad pontificia, la cual pierde mucho de su prestigio y de su tutela moral. Es la época de la residencia en Avignon, de los cismas, de los anti-papas y de Alejandro VI, cuya corrupción es excepcional entre más de 260 sucesores de Pedro y es, además, el reflejo del espíritu de su época.

Con el Renacimiento se inicia un proceso vasto y profundo de secularización que desplazan esos valores, en buena medida, que la Iglesia preservó bajo su custodia. El teocentrismo es desplazado por una visión antropocéntrica de la existencia y la virtud austera es reemplazada por el eudemonismo y el impulso vital de un ser humano al acecho de la felicidad, el placer y la seguridad terrenal. La ciencia y el conocimiento rompen los moldes dogmáticos y producen la sensación de una emancipación de la mente y la razón; es el ‘Eppur si muove’ de Galileo que desencadena las fuerzas transformadoras del mundo moderno. La tecnología, que permite movilizar recursos en gran escala en aras de un consumismo en masa que los agotará en pocas generaciones, confiere una sensación de vértigo y poder en el hombre moderno.

En ese proceso desenfrenado de modernización se han cristalizado dos formas fundamentales de estructura de poder, eminentemente temporales: el político y el económico. Los sucesores de Federico II, de Pedro el Grande y de Luis XIV lograron forjar ese monstruo burocrático, el Estado, con prerrogativas, facultades y atribuciones tan omnipotentes, que hacen parecer pueriles las luchas por las investiduras de hace unos siglos. Las enormes concentraciones de poder económico, con sus organizaciones transnacionales, imponen una nueva concepción de la soberanía en que los imperios económicos se superponen a los bloques de hegemonía política.

“La felicidad es una idea nueva en Europa”, decía Saint-Just, quien no fue santo ni justo, sino compañero de Robespierre en sus orgías de poder revolucionario. Esto es válido aún hoy día para un tercio de la humanidad; es la felicidad del bienestar, la seguridad, la opulencia, la frivolidad y la ostentación que han promovido esas grandes estructuras de poder modernas para un hombre atrincherado en su egoísmo individualista o en la impotencia de un colectivismo totalitario. La contemplación de este proceso hizo proferir a un pensador alemán la exclamación vehemente de que ‘Dios ha muerto’; la respuesta profética, en previsión a ese nihilismo que se fermentaba en la falsa sensación de omnipotencia del hombre moderno, la formuló otro pensador ruso: ‘Si Dios no existe, todo está permitido’.

La nostalgia de esos valores lapidarios, sublimes y eternos, que ha erosionado el mundo moderno, de conmiseración, dignificación y solidaridad humana, tal vez explique la autoridad unánime y profunda que, sin arsenales ni divisiones, obtiene en su peregrinación por el mundo ese viejecito de cabellos canos, esgrimiendo tan sólo una sonrisa sabia, virtuosa y triste, con la cual hace temblar a los poderosos de la tierra.

El autor es académico, Politólogo, y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

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