La Cumbre Celac-UE, entre luces y sombras

En definitiva, ambas regiones siguen teniendo pendiente reencontrarse y explotar al máximo el potencial de sus vínculos políticos, económicos, culturales y sociales.

María Victoria Álvarez y Detlef Nolte/ Latinoamérica21

La semana pasada se realizó la III Cumbre Celac-UE. ¿Qué lecciones podemos extraer para el futuro de las relaciones interregionales? Más allá de la tradicional retórica y los llamamientos para renovar y fortalecer las relaciones entre ambas regiones, la Cumbre UE-Celac dejó una sensación agridulce y presentó tanto oportunidades como desafíos para ambas partes.

Los consensos parecen haber sumado en amplitud, pero no en profundidad ni tampoco en sentido estratégico. La extensa declaración final de 41 puntos no dejó de lado ningún asunto de la compleja y amplia agenda birregional, como el cambio climático, el desarrollo sostenible, la igualdad de género, la protección y el uso sostenible de los océanos, el acceso al agua potable, la transformación digital responsable, la justicia social y la lucha contra la corrupción y el crimen. Se trata de una extensa y desafiante lista de temas conjuntos, sin que se haya establecido un orden de prioridad.

En lugar de poder enfocarse en la construcción de consensos fuertes en un número reducido de cuestiones clave, la declaración final se desvaneció en los mínimos comunes denominadores característicos de la agenda birregional, aunque impregnada de un tono cooperativo y de referencias simbólicas clásicas. Los temas prioritarios aparecieron con mayor nitidez en la hoja de ruta: materias primas, crimen organizado y narcotráfico, nueva arquitectura financiera global, transición verde y digital y, por supuesto, medio ambiente y cambio climático.

Al menos se puede señalar que los Gobiernos latinoamericanos y europeos volvieron a dialogar al más alto nivel tras una pausa de ocho años, que se debió más a la desunión latinoamericana que al desinterés de la Unión Europea. América Latina estaba dividida entre Gobiernos de derechas y de izquierdas, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños se paralizó temporalmente y el Gobierno brasileño no participó en las reuniones de la Celac hasta finales de 2022.

La desunión latinoamericana sigue. Mientras que Europa tiene una posición común sobre la invasión rusa de Ucrania, América Latina tiene una variedad de posiciones, que van desde una condena inequívoca de Rusia, pasando por un titubeo sobre la agresión rusa, hasta una postura abiertamente prorrusa. El régimen nicaragüense cada vez más aislado consiguió retrasar durante mucho tiempo la adopción de una declaración conjunta debido al párrafo sobre el conflicto de Ucrania (que al final no aceptó). Y un Lula discrepó de la declaración de su joven homólogo chileno sobre la invasión.

La declaración sobre el conflicto ucraniano fue bastante decepcionante desde una perspectiva europea y demuestra que no existe una asociación estratégica entre las dos regiones sobre este asunto existencial para Europa. También existe una brecha entre América Latina y Europa en cuanto a la protección de los derechos humanos y la democracia. La declaración conjunta de la cumbre menciona los crímenes del pasado (esclavitud), pero guarda silencio acerca de los crímenes contra los derechos humanos en el presente. Ante la situación de muchos países latinoamericanos, la reafirmación de valores compartidos respecto a “elecciones libres y limpias, integradoras, transparentes y creíbles” parece cínica.

La cumbre demostró que América Latina y Europa están lejos de una asociación estratégica. Lo que existe son intereses estratégicos coincidentes en determinadas áreas. Europa ha estado muy dispuesta en la declaración conjunta a acercarse a posiciones latinoamericanas para facilitar la cooperación entre ambas regiones, por ejemplo, aceptando el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas (tomando en cuenta las capacidades respectivas) para mitigar los efectos adversos del cambio climático.

Pero la cumbre también ha revelado una tendencia de la UE a cooperar bilateralmente en lugar de multilateralmente con socios seleccionados caso por caso en temas específicos. En función de la afinidad política, la UE también busca una cooperación más estrecha y amplia con países individuales, tal como demuestra la firma de acuerdos bilaterales con Chile y Uruguay durante la reunión en Bruselas.

Al mismo tiempo, la declaración conjunta es un indicador de la heterogeneidad de América Latina como región y de las diferentes prioridades nacionales, ya que contiene temas que revisten especial importancia para Gobiernos o subregiones que son específicos. Así, se condena la esclavitud como crimen de lesa humanidad y se hace referencia al plan de diez puntos de la comunidad del Caribe para una justicia reparadora.

Además, se hace un llamado a levantar el embargo a Cuba, se menciona el deterioro de la seguridad pública y la situación humanitaria en Haití, y se reafirma el apoyo al proceso de paz en Colombia. El texto alienta, asimismo, un diálogo constructivo en las negociaciones sobre Venezuela en Ciudad de México. Y, de manera destacada, Argentina logra que por primera vez se mencione el asunto de la soberanía sobre las islas Malvinas. En cambio, el texto final toma solamente nota de los trabajos que se están haciendo con respecto al acuerdo entre la UE y el Mercosur.

Antes de la cumbre, la UE había incluido a América Latina en su programa Global Gateway, por lo que también ofrece incentivos materiales para una cooperación más estrecha. Sin embargo, esto presupone una voluntad de cooperación de los Gobiernos latinoamericanos. No se debe olvidar que la agenda interregional conecta temas sumamente delicados para América Latina, dado que la UE ha redescubierto el potencial de esta región como socio confiable en energía o materias primas estratégicas, pero ello podría incentivar prácticas insostenibles de explotación de recursos naturales.

A su vez, es importante señalar que América Latina no es el único socio de la UE. Esto a menudo se pasa por alto en América Latina. No solo América Latina tiene varias opciones en la política internacional, sino también la UE. Por poner solo un ejemplo, el hidrógeno verde puede producirse, asimismo, en África, y muchos países asiáticos son más prometedores económicamente que los latinoamericanos en muchos aspectos.

Ha sido importante que los Gobiernos de la UE y de la Celac se reunieran, dialogaran, reconocieran los puntos en común y los disensos. Pero existe el riesgo de que se repita la experiencia de otras cumbres que no lograron revitalizar el impulso ni la relevancia de estas relaciones, tampoco el interés de los líderes, figuras económicas, políticas o sociales, ni de la opinión pública, y gestionaron agendas que se diluyeron en una amplia gama de temas.

La III Cumbre UE-Celac demostró que las dos regiones están lejos de tener una visión estratégica común en la política internacional, que existen deficiencias en el proceso de concertación latinoamericano y profundos desacuerdos en las respectivas cosmovisiones. En definitiva, ambas regiones siguen teniendo pendiente reencontrarse y explotar al máximo el potencial de sus vínculos políticos, económicos, culturales y sociales.

 

María Victoria Álvarez es Profesora e Investigadora de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Argentina. Cátedra Jean Monnet en la UNR. Directora del Grupo de Estudio sobre la Unión Europea en la UNR.
 Detlef Nolte es Investigador asociado del German Institute for Gobal and Area Studies – GIGA (Hamburgo, Alemania) y del German Council on Foreign Relations (DGAP). Fue Director del Instituto de Estudios Latinoamericanos y Vicepresidente del GIGA.
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