La disolución de un régimen

0

Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

“Las instituciones no pueden hacer por los hombres lo que los hombres no pueden hacer por sí mismos”.
(G. Sartori).

Existen dos causas principales por las cuales un régimen se des­integra: el funcionamiento ine­ficaz de las instituciones y la corrupción.

La primera causa -el entra­bamiento y anquilosamiento de la estructura institucional- e­merge cuando las fuerzas políticas, los poderes fácticos, están muy fraccionados y divididos y cada uno por si solo resulta impotente para lograr el funcionamiento eficaz del régimen.

Un fenómeno similar se pro­duce cuando existen, en el seno mismo del régimen, fuerzas ext­remistas que practican un obs­truccionismo cuyo fin es el de paralizar el mecanismo mismo del sistema y poderlo substituir por el propio; es decir, existe u­na voluntad de ruptura por lo que se rechaza y adversa las re­glas del juego del régimen con el fin de entrabar su funcionamiento y así provocar su derro­camiento; es el caso de los regímenes parlamentarios que se coordinan para provocar la inestabilidad y la toma eficaz de de­cisiones; es, también, el caso del peronismo, sin cuya participa­ción resulta imposible todo go­bierno pluralista y constitucional.

La segunda causa, bastante menos original aunque igualmente grave, es la corrupción que pueden introducir los go­bernantes en las instituciones; esta tiende a entronizarse por los causas que, a veces, se coor­dinan; con un ejercicio prolon­gado del poder y con una exce­siva concentración del mismo y de los principales instrumentos de coacción en manos de una minoría; es el aforismo aquel de que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Si bien es cierto que el poder corrompe, esto poco importa si no es porque, a su vez, los afec­tados introducen su propia ca­rroña en las instituciones, gangrenando el sistema en sus pro­pias entrañas.

La corrupción no se limita al peculado –el manejo deshonesto y abusivo de los caudales públi­cos– que no es más que la “pe­ccata minuta”, cuando no es ma­siva, abierta y generalizada; existen otras formas más sutiles, menos vistosas que corroen y erosionan un sistema político. Una de ellas es, por ejemplo cuando se modifican artificiosa­mente las estructuras mismas del poder para perpetuarse en el ejercicio de éste; cuando –­por ejemplo– se enmienda una constitución con el fin de enmendar la decadencia del grupo que detenta el poder, a manera de compensación.

Otra forma es la práctica del nepotismo: favorecer a allegados, aunque estos sean deshonestos, mediocres o ineptos, lo que permite la manipulación, el tráfico de influencias, comprometer a base de un favoritismo que silencia con complicidad; todo esto acompañado de una inflación burocrática, mediante la proliferación de puestos y cargos ostentosos, inútiles y onerosos, en detrimento del uso adecuado de los fondos públicos.

Otro vicio que atenta contra la integridad de un régimen es la demagogia: provocar y despertar en el público expectativas que nunca se realizan, dejando el sabor amargo de una burla y frustraciones angustiosas, precisamente en los sectores que más consideración y respeto merecen, los que ya de hecho viven atormentados por anhelos y aspiraciones que consumen el resto de una vida de sacrificios y privaciones.

Más grave, aún, es cuando esta práctica va acompañada de car­gas tributarias, de un encarecimiento galopante de la vida con el fin de recargar un fisco cuyos ingresos son en buena parte objeto de derroche y despilfarros inútiles e innecesarios.

Otra forma de abuso surge cuando el poder se hermetiza: se encierra, se enclaustra, se atrin­chera en el dogmatismo, la in­transigencia y la intolerancia re­presiva; cuando por megalomanía, predomina la irritación ante toda forma de disidencia y oposición, sobre todo si va acom­pañado con abusos del lenguaje y pérdidas de compostura que exponen al irrespeto y, a su vez, a una mayor intemperancia, pro­vocando así una especie de círculo vicioso que desgasta el prestigio tanto de las instituciones como del que detenta el poder, ya que éste encarna a aquellas.

Otra forma de demagogia con­siste en la manipulación opor­tunista y abusiva de postulados ideológicos, despojada de una clara y definida convicción, exhibiéndolos o sustrayéndolos se­gún la conveniencia y la ocasión, haciendo que quien la practica termine siendo la presa de su propia inconsecuencia, convirtiéndose en la víctima de sus propias contradicciones.

Cuando todos estos vicios se entronizan en una forma de gobierno, el régimen se corroe, se desprestigia; se erosiona su legitimidad, entra en crisis, zozobra, ­se tambalea, se desagrega, pierde sustento, dinamismo, sana vitalidad; se convierte en un mo­ribundo que para mantenerlo artificiosamente vivo, sólo solo queda un recurso: la fuerza.

En la vida pública no ocurre, como en el purgatorio, que las buenas acciones compensan los actos reprochables; la función de gobernar es un acto de con­fianza que se deposita en el gobernante al que se debe corres­ponder con estricta y rigurosa escrupulosidad; de otro modo se repite lo del César: “el mal que los hombres hacen perdura, lo bueno se entierra con sus huesos”.

 

El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en La Nación 07/06/1971

Comentarios

Cargando...