La educación superior y su “propia realidad”

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

A mucho orgullo, fui estudiante de la Universidad de Costa Rica y profesor en las escuelas de Matemática y Economía.

No obstante mi cariño personal por mi alma mater, he venido observando, desde hace muchos años, como esta Institución ha extraviado sus verdaderos fines y se ha convertido en una fuente de enriquecimiento para algunos profesores y administrativos, así como en una fuente de desperdicio de recursos públicos. Y sobre todo, en un mecanismo de subsidio a una mayoría de estudiantes que no lo necesitan, mientras aquellos que no han tenido la suerte de pagar una educación secundaria que les prepare adecuadamente para superar sus mecanismos de selección, quedan fuera. Tristemente esto es generalizado a todas las universidades públicas.

En los últimos meses han circulado noticias sobre gastos extravagantes en algunas de ellas, en momentos por demás inapropiados.

Es urgente parar de una vez por todas, ese festín de Baltazar en que viven, bajo el pretexto de una mal entendida autonomía. Para los rectores no existe crisis presupuestaria (todo se los da papá gobierno, léase todos nosotros) y, para ellos, el país no sufre una de las peores crisis presupuestarias de su historia. Aún más, llegan a exigir a las mesas de negociación del FEES y, por arte de birlibir lo que, el Ministro de Educación se encuentra, escondidos entre uno de tantos huecos, ¢15 mil millones de colones que no le servían para nada, y graciosamente se los regaló, para que financien el champagne y el caviar.

Es hora de repensar el modelo de la educación superior. Es la mayor fuente de inequidad dentro de todo el aparato estatal.

Cuando las universidades generen sus propios ingresos, entonces sí, podrán declararse independientes para gastar sus recursos a su antojo. Mientras salgan del bolsillo de la población, deben gastarlos con mucha prudencia y transparencia y destinarlos a la tarea que la sociedad les ha encomendado: la graduación de profesionales. Las obras fastuosas, las plazas y monumentos para perpetuar los nombres de sus administradores, están fuera de esos fines.

 

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