La guerra de los sexos

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Hace ya unos cuantos años me tomé la libertad de escribir sobre lo que en ese momento llamé: «la guerra de los sexos», tema controversial y afortunadamente, aunque desde la óptica del Siglo XXI, es más vigente que nunca.

Así las cosas, les dejo mi artículo, pero no sin antes decir de lo maravillado que estoy con todo lo que han hecho las mujeres por sus reivindicaciones naturales y legítimas, que sin duda aún están lejos de estar conclusas pero que marcarán una historia de la humanidad muy diferente a la que nos pudimos imaginar en el siglo pasado.

R.M.M.

Creo que era Tolstoi quien decía que las mujeres tenían el mérito de haber inspirado las grandes obras, pero que también, muy a menudo, eran la causa de que no se llevaran a cabo y para demostrarlo añadía que si Napoleón se hubiera casado joven, no habría llegado ni a Marsella.

De esto podríamos deducir que entre las grandes realizaciones del hombre – con inspiración o sin ella – ha sido la de sentar las bases y las condiciones propicias para mejorar la situación tradicional de la mujer. Así, con la civilización moderna, el hombre pierde una importante batalla que, a la larga, puede convertirse en su Waterloo.

La primera causa la encontramos en la demografía. Si antes se establecía un equilibrio natural de la población, mediante el cual nacían muchos hijos, de los cuales perecía la mayoría y sobrevivían unos pocos, en el mundo moderno la mortalidad se ha reducido gracias a la higiene y a la medicina. Esto ha permitido que la mujer se libere de su función de procrear en forma prolífica y que disponga de más ocio y energías para participar en otras actividades. Así su misión como agente de preservación de la especie, la realiza con un desgaste y un sacrificio menor.

Otra causa importante ha sido la tecnología. La ciencia, la técnica, la mecanización del trabajo y la automatización industrial han permitido que la fuerza física y muscular hayan sido reemplazados por el esfuerzo cerebral y el trabajo mental. De este modo la mujer, que tiene una capacidad intelectual similar al hombre, pero que es físicamente más débil, ha podido participar plena y activamente en el proceso de la producción moderna de bienes y sobre todo de servicios. Así, al colocarse en el mismo nivel que el hombre y al contar con sus propios ingresos, puede sustraerse de la tutela paternalista y exigir un trato de igual a igual, aboliendo de un tajo los lazos dependencia y de protección que la ligaba al hombre.

Otro factor decisivo ha sido la educación. En primer lugar, la institucionalización de la enseñanza universal la ha liberado de la tarea de velar directa y personalmente por la educación de los hijos que es dura y prolongada. En segundo término, ella misma ha tenido acceso a los centros de formación profesional con lo que – además de introducir un toque de vida, de feminidad y de alegría en las adustas aulas de antaño- ha demostrado tener facultades mentales similares a las del hombre.

Otra causa no menos importante ha sido de tipo ideológico. Las ideas, a menudo, mueven al mundo y los hombres han cedido ante el impacto de los principios de equidad – formulados casi siempre por los mismos hombres – que han inculcado doctrinas tan vigorosas como el cristianismo, la democracia y el socialismo. Todo eso cala y a la larga el hombre ya no se siente tan autorizado moralmente a aplicar la fuerza bruta, para hacer valer sus razones e imponer su voluntad y autoridad.

No podemos pasar por alto los cambios en la tecnología bélica. Las guerras modernas, en primer término, han sido mortíferas que, al morir tantos hombres, estos se convierten en algo escaso lo que sin duda, los favorece al verse disputados los sobrevivientes. Pero también la guerra moderna moviliza a la totalidad de la población en el esfuerzo bélico y cuando el soldado sobreviviente regresa heroicamente, se encuentra con que su puesto de paz suele ocuparlo una mujer. De igual modo, el prestigio viril del guerrero, antiguo patrimonio del hombre, lo tiene que compartir en muchos países con las mujeres que han formado sus propias milicias femeninas, perdiendo de este modo una importante batalla en esa simbólica guerra de los sexos.

Un aliado natural de la mujer moderna ha sido la juventud. El joven actual adquiere una madurez más acelerada que antaño, al acumular experiencias, en forma más rápida y eficaz. Todo esto lo induce a promulgar sus propios valores y a querer precipitar su emancipación de la tutela del padre, rompiendo ese segundo cordón umbilical y abriendo, en cierto modo, un segundo frente que debilita la autoridad global del antiguo “pater familias».

Finalmente, interviene una causa suplementaria, tan común en el ser humano y en los primates: la imitación. Se imita lo que se admira; se emula lo que se considera superior y a veces – no siempre – las mujeres tienden a imitar al hombre creyendo encontrar en esto la clave de su emancipación. De igual modo, en países subdesarrollados, donde no se han dado las condiciones propicias, se imita – por contagio o por el llamado efecto de demostración – el comportamiento, aunque sea, en forma ficticia o aparente, de los países más avanzados.

La mujer ha alcanzado grandes logros porque ha demostrado una extraordinaria capacidad de superación. Pero es deseable que evite el camino de asemejarse al hombre y, que por el contrario, desarrolle plena y exuberantemente las facultades aún potenciales de su propia feminidad. La contribución y el aporte que la mujer puede brindar aún a la humanidad, en su condición misma de mujer, están dotados de las más positivas y fecundas posibilidades que aún no han aflorado plenamente.

Pero ante todo, es de esperar que sepa conciliar su legítimo afán de igualdad con la ineludible y suprema función de velar por la consolidación del núcleo familiar, que le ha encomendado la naturaleza. De otro modo su triunfo se convertirá en un éxito ilusorio y en una victoria pírrica.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

Publicado en La Nación 06/06/1975

 

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