La guerra presente y olvidada

0

Gonzalo Ramírez-Guier, Economista.

El domingo pasado se cumplieron 100 años del Armisticio, primer capítulo de la Gran Guerra Mundial que atravesó el corazón del siglo XX.

Dos o tres cosas valen la pena recordar.

Costa Rica declaró la guerra a las Potencias Centrales en mayo de 1918, pero no envío tropas sino unos cañones que donó al gobierno francés.

Esa tardía declaración de guerra, que ofendió a la muy influyente colonia alemana, obviamente tenía como objetivo romper el aislamiento diplomático del gobierno de Pelico Tinoco, jamás reconocido por los Estados Unidos.

En efecto, cuando se dio el golpe de Pelico, don Alfredo caminó 100 varas y se asiló en la “Legación americana” y de ahí salió exilado hacia Washington en compañía de su leal amigo y Ministro, don Juan Rafael Arias Bonilla, el abuelo de Oscar. Allá realizaron un intenso y eficaz cabildeo contra Tinoco, que tuvo su clímax en agosto de 1919 cuando dos fragatas gringas con una compañía de Marines a bordo amenazaron con tomar Puntarenas (los tinoquistas sostienen que Pelico renunció al poder para evitar el desembarco de los Marines que tanto había solicitado don Alfredo. Afirman que este era un servil de los gringos a quienes había ofrecido el remoto Golfo Dulce para una base naval).

En todo caso, Woodrow Wilson no permitió que la delegación tica participara en la Conferencia de Versailles, pese a representar un beligerante aliado.

Varios ticos pelearon en la Gran Guerra. Los Steinvorth y el viejo Antonio Lehmann. Noe Laporte, amigo de mi Tata, ahí murió. Ahí se hizo piloto nuestro primer aeronauta, Tobías Bolaños. Ahí se distinguió nuestro mítico doctor Ricardo Moreno Cañas, médico voluntario del Ejército francés, condecorado con la Medalla de Guerra, las Palmas de Oro de la Cruz Roja y la Legión de Honor (casi nada…).

Mi padre me contaba de otro tico amigo, Henri Garrón, que regresó de la guerra sano y salvo y recién llegado iba caminando junto a la línea del tren, por la Estación del Atlántico, cuando se reventaron las cadenas de un carro cargado de tucas que cayeron sobre él y lo mataron.

La guerra tuvo grandes repercusiones internas. Precipitó una crisis gravísima del comercio exterior que destruyó el gobierno de don Alfredo, obligándolo a pagar un tercio de los sueldos de los empleados públicos con unos bonos que eran comprados con grandes descuentos por agiotistas locales. Cuando Pelico tomó el poder, estos señores le vendían los bonos al gobierno de sus amores por el 100% de su valor facial. Notorio entre estos agiotistas era el fundador de una gran familia de empresarios periodísticos, que así fortalecieron su capital original.

En todo caso don Alfredo, con el afán de mantener la operación cafetalera andando, creó el Banco Internacional (hoy Banco Nacional) primer banco del Estado y estableció el impuesto sobre la renta y el territorial, o sea, fundó la modernidad fiscal y bancaria de Costa Rica ¡Gracias a la guerra!

Hasta el inicio de la contienda unos pocos empresarios alemanes (Steinvorth y Knör) dominaban el comercio de importación. Muy golpeados por la guerra, cortados de los mercados internacionales y aislados del Vaterland, esos negocios alemanes quebraron.

El vacío que dejaron fue llenado por toda una generación de nuevas y pequeñas empresas de comerciantes locales, en cuenta una fundada por Moncho Ramírez y John Keith.

Después, Tinoco desapareció, don Alfredo sigue vivo en la memoria, Noe Laporte pervive en una placa siempre en la pared de la embajada francesa, La Nación ahí está y Keith y Ramírez sigue vendiendo checheres.

En cuanto al doctor Moreno, él aún opera casos desesperados en noches de luna.

El autor es economista, académico y empresario.

Comentarios

Cargando...