La ley de la jungla

A América Latina sólo le quedan dos alternativas: una es la de forjar los lazos más fuertes de solidaridad en una gran entidad federada; la otra es mantenernos al margen de esa lucha por la supervivencia que libran los más poderosos, como proponía un sabio, para que los débiles al menos hereden sus viudas.

0

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Hace algo más de un siglo, se popularizaron en Inglaterra las teorías evolucionistas, relacionadas con el origen del hombre y derivadas de la obra de Darwin. Los conceptos de la selección natural, la lucha por la existencia y la supervivencia de los más aptos sirvieron para justificar el liberalismo brutal de la Revolución Industrial y la dominación imperialista que se le impuso a pueblos, supuestamente inferiores, en aras del progreso universal. Lo único que mortificaba de esa teoría era la obligación de admitir que la aristocracia victoriana descendiera del simio, ese pariente al que, hasta entonces, se había mantenido a una prudencial distancia, por lo que una distinguida dama londinense, escandalizada durante una de esas conferencias, acertó a sugerir: ‘¡Bueno, si descendemos de los monos, por lo menos que no se entere el pueblo!’.

Los fenicios, luego los griegos, fueron los progenitores del modelo de imperialismo ultramarino que le serviría a Gran Bretaña para dominar medio planeta. Roma los imitó, pero sin desarrollar una gran vocación marítima y desde la Antigüedad prevalecieron tres formas básicas del colonialismo. Una fue la colonia de poblamiento o de asentamiento, constituida por emigrantes que se establecían en territorios prácticamente vacantes; esta fue adoptada en la primera etapa del imperio británico. Otra modalidad fue la conquista y dominación por la fuerza de pueblos considerados ‘menos aptos’; es el colonialismo de explotación, el cual prevaleció en la segunda etapa y que sirvió para efectuar el despojo de los recursos naturales y el monopolio de inversiones y de mercados en los países avasallados. La tercera modalidad ha sido el colonialismo estratégico, que consiste en apoderarse de enclaves que sirvieran para abastecer las flotas o para dominar mares o territorios, como fue el caso de Troya, Cartago, Bizancio, Gibraltar, Singapur o Hong Kong.

Fue así como esa Roma moderna e insular que internamente practica la democracia y la civilización hasta un grado elevado de virtuosismo, no se ha dejado inhibir por el escrúpulo para avasallar a las naciones más débiles del planeta. Le quebró el espinazo a la economía de la India, hasta dejarla sumida en el hambre y en la ruina. En su irreprimido afán de lucro practicó el tráfico de esclavos, capturando a unos cincuenta millones de jóvenes africanos para venderlos como bestias de trabajo, de los cuales la mitad pereció en el viaje bajo condiciones infrahumanas.

En 1783, el gobernador general de la India, impuesto por Inglaterra, proclamó solemnemente que el opio era ‘un artículo de lujo pernicioso que sólo puede ser permitido para beneficio del comercio exterior’, por lo que los fieles servidores de la corona británica se dedicaron al tráfico de estupefacientes hasta imponerle a China, en las guerras de 1840 y 1855, la importación, el cultivo y el consumo de dicha droga. Usando esos métodos – y los gurkas – se construyó uno de los más sofisticados imperios de la Tierra.

Las Malvinas son un último vestigio de esa usurpación imperialista que circundó la Tierra y la expedición punitiva de carácter multinacional que sirvió para aferrarse a esos escombros coloniales, conduce a conclusiones elocuentes.

En primer lugar, una vez más es obvio que las grandes potencias, con distinto signo ideológico, se guían aún por los preceptos de ese evolucionismo spenceriano, para violar la dignidad y la soberanía de los que son menos aptos para sobrevivir. Hace poco fue la invasión de Suez, ayer fueron Afganistán y Polonia, hoy es el archipiélago de las Malvinas.

En segundo lugar, se destaca esa doble pertenencia de nuestros países. Nos identificamos con el bloque occidental por múltiples lazos tradicionales, pero grandes vínculos de afinidad nos ubican igualmente en el seno del Tercer Mundo, ese bloque de países subdesarrollados que restañan aún las cicatrices del colonialismo.

Otra conclusión es que el sistema panamericano sólo tiene aplicación en forma unilateral, por lo que los convenios de la O.E.A. y el T.I.A.R. quedarían mejor archivados en el cesto de la basura más cercano, con lo que le sacaríamos más provecho
a los impuestos que desembolsamos para su mantenimiento.

Otra amarga lección que debemos asimilar es que mientras las clases dirigentes prefieran seguir siendo cabeza de ratón a ser cola de león, América Latina seguirá siendo presa del abuso y de la humillación, así como un apéndice insignificante de las grandes potencias occidentales a las que generosamente les suple los recursos necesarios a su enorme maquinaria industrial, y a su sociedad de consumo.

Finalmente, si bien el ‘vini, vidi, vinci’ británico fue el producto de esa forma moderna de la guerra, en que las batallas se ganan más en los laboratorios electrónicos y químicos que en las duras y frías trincheras, no por eso deja de ser una victoria bien pírrica. América Latina logró su principal triunfo en los foros internacionales y en la toma de consciencia de que, dividida y fragmentada en un mosaico de frágiles soberanías, en un archipiélago apenas yuxtapuesto, de estados impotentes, seguirá siendo la nación y el continente mejor dotada en recursos naturales, pero a la vez, una de las más desvalidas y vulnerables del mundo.

A finales del siglo pasado vivió en Irlanda un capitán inglés llamado Charles C. Boycott que, valiéndose de su riqueza y de su poder, humillaba, maltrataba y avasallaba con prepotencia a los vecinos de su comarca. Estos, un buen día, aunaron fuerzas, se unieron y se negaron a tener ningún trato con él, hasta hacerle la vida muy difícil, por lo que tuvo al menos la distinción de que su nombre se inmortalizara en el sinónimo de unión y represalia contra aquel que abusa de su poder: el boicot.

Mientras el evolucionismo spenceriano siga siendo la norma y la confirmación del ‘estado de naturaleza’ internacional denunciado por Hobbes, en que el hombre es el lobo del hombre, a América Latina sólo le quedan dos alternativas. Una es la de forjar los lazos más fuertes de solidaridad en una gran entidad federada; la otra es mantenernos al margen de esa lucha por la supervivencia que libran los más poderosos, como proponía un sabio, para que los débiles al menos hereden sus viudas.

El autor es académico, Politólogo, y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

Comentarios

Cargando...