La mandrágora

Tal vez el hombre llegue algún día a ser plenamente humano y la mandrágora -la flor maldita - deje de germinar por tantos rincones de la tierra

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Tristemente tan actual como si lo hubiera escrito hoy, pero de esto ya han pasado casi 45 años. Creo que si nos remontamos en la historia hacia atrás o hacia adelante, los jardines de mandrágora pareciera subsisten para tragedia de la humanidad.

R.M.M.

Según una vieja leyenda de la Edad Media, tan exuberante en supersticiones, la mandrágora crecía debajo de los patíbulos y germinada por la sangre derramada en las ejecuciones; es, se decía, una planta que daba una flor maldita.

Hay quienes matan por vicio; hay quienes lo hacen en nombre de la virtud; hay quienes por virtud, caen en el vicio de matar; hay quienes cubren el vicio de matar con el manto de la virtud. Lo cierto es que a veces se comienza en un punto y se termina en otro porque, como lo apuntaba Aldous Huxley, el resultado de la violencia es la necesidad de más violencia.

Se cuenta que cuando Robespierre, ese fanático de la guillotina, fue ejecutado – como condena por los crímenes que él a su vez había cometido, al desencadenar el terror durante la Revolución Francesa – una mujer gritaba al ver rodar su cabeza: “¡Otra vez, que lo maten otra vez!”

La que clamaba era una madre; dos hijos suyos habían caído, víctimas de aquella orgía de sangre que había desencadenado el revolucionario francés e imploraba que lo volvieran a ejecutar una vez más, para vengar la muerte de su segundo hijo.

Creo firmemente que la violencia sólo engendra la violencia y la sangre sólo clama por más sangre y pocos pueblos lo saben tan bien como el de España, donde se dio uno de los episodios más dramáticos que puede sufrir una nación: la guerra civil.

En una guerra entre naciones se matan entre enemigos; en guerra civil se exterminan entre hermanos. En aquélla se firma la paz, se entierra a los muertos y se estrechan las manos; en ésta se perpetúa el odio, avivado posiblemente por el remordimiento que confiere el fratricidio.

Creo que se debe condenar la pena capital, como se debe condenar el terrorismo y se debe deplorar lo que sucede España. La intransigencia, el fanatismo y la violencia de unos u otros sólo pueden servir para avivar la llama del odio entre las cenizas aún ardientes de aquella contienda tan dolorosa.

Pero si se ha de condenar la violencia, se debe hacer universalmente; en muchos países, de por aquí y de por allá. Son muchos los seres humanos, hombres y mujeres de carne hueso, que son ajusticiados como perros, muchas veces por solo hecho de acariciar un ideal, por levantar una leve voz de protesta, o por el simple motivo de disentir con los amos del poder, ya sean éstos de derecha, de izquierda o del justo medio. En España, al menos – hay que reconocerlo – se les confirió la muerte honrosa que sólo se reserva para los héroes o al menos a los seres humanos, pues los héroes mueren peleando.

No se puede, sin ser obnubiladamente inconsecuente, abrir un ojo y cerrar el otro, justificando un acto de violencia aquí y condenando otro allá. La violencia, el terror y la fuerza bruta tienen, en todas partes, como denominador común el fanatismo, la intolerancia y la crueldad.

Donde hay verdugos no puede haber ideales y el hacha que decapita nunca podrá ser un medio que justifique un fin en ningún rincón del universo. Los filos de las guillotinas se parecen todos, donde quiera que rueden cabezas.

Queda siempre una esperanza, aquella que formuló Paul Valéry, cuando escribió que “la debilidad de la fuerza consiste en no creer más que en la fuerza”. Tal vez el hombre llegue algún día a ser plenamente humano y la mandrágora -la flor maldita – deje de germinar por tantos rincones de la tierra.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

Publicado en La Nación 06/10/1975

Del mismo autor le podría interesar:

 

 

LA NACION, 6 de octubre de 1975

OPINION /15 A

 

Publicado en Reflexiones Políticas

Editorial Juricentro 1993

páginas 52-54

 

 

LA MANDRÁGORA

RODRIGO MADRIGAL MONTEALEGRE

 

 

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