La Marcha de las Focas: todo un domingo siete

Esa gran nación que nos legaron los abuelos, desde esa década históricamente vitaminante, que fue la de los “cuarentas”, la vilipendió una generación perdida de políticos rentistas y mediocres; una generación de subadministradores: la de nuestros padres.

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Pablo Barahona Kruger,  Abogado y Profesor Universitario.

No ha dejado de resonar en mi cabeza – y de paso en mi conciencia- una carta en la que sobran firmas, y aun así, falta una.

¿Cómo es la cosa? -se preguntarán los más atentos, a los que las sumas y las restas no cerrarán, ateniéndose solo a esa categórica afirmación con que aperturo esta nota-.

Permítaseme expresar de entrada mi malestar, como simple ciudadano, y solo después, explicarme en lo posible.

Empiezo por decir que me molesta, y no poco, que me no crean majes.

Yo entiendo, ciertamente, que para abajo de los que peinamos los cuarentas, somos, a los ojos de los más viejos -esos que ya jugaron-, una pila de incultos que no leemos nada más extenso que un Twitter. Incluso, creen ellos, preferimos el facilismo de las imágenes de Instagram. Según piensan, a todos nos encanta el reggaetón, nos droga el fútbol y por chupeta tenemos la televisión.

Siendo cierto que, en parte, esa fama nos la hemos ganado, generacionalmente, por tanto desinterés e incultura.

Baste decir que ya no se ven muchos jóvenes leyendo en los buses, al tomar el sol en la playa o al hacer la fila en el banco. Tampoco escucha uno a Chopan o Bethoven salir a todo volumen por las ventanas de choferes X o Millenials.

Pero, es aún más cierto, que las generalizaciones suelen ser chocantes, en tanto nos meten a todos en el mismo saco.

Pese a que también acepto que somos pocos los que leemos historia y aún menos los que nos interesamos por la política. Ni qué decir de los bichos raros que nos divertimos con la filosofía por estos tiempos y rendimos culto a Sócrates en vez de entregarnos a Mercurio.

De ahí que no me parezca extraño, aunque no por ello aceptable ni impune, que unos señorones y una señora que ya jugaron sus cartas, nos figuren a las restantes generaciones, como un depósito de sombras o una banca de tercerones, que es lo que pareciera somos para ellos.

En síntesis, una generación de zombies a la que solo le encuentran utilidad, cada cuatro años, cuando las elecciones se convierten en una suerte de aritmética del rebaño, limitada a contar cabezas descerebradas y recoger lana, sin riesgo de trasquilarse.

Repito, todo eso lo entiendo. Pero no puedo aceptarlo plácida ni silenciosamente. Eso se explica, más no se justifica.

Tomen nota: ¡No todos somos así!

Resulta, y así les sorprenda, que algunos si tenemos memoria. Y, en ese tanto, también perspectiva. Pero, además y para su desgracia, voz crítica.

Sean tan amables de darse por notificados: algunos no estamos dispuestos a aceptar que quienes antes nos vendieron la enfermedad, ahora nos vengan a vender también el hospital.

Y quede claro que no vengo a arrogarme la representación de unos ni de otros. Tampoco está entre mis anhelos convencer a alguien ni vencer a nadie. Por lo que insisto y subrayo: no vengo pidiéndole nada a alguien ni esperando algo de nadie.

Lo mío viene sin envoltorio ni cálculo. Decantándome, simplemente, por evidenciar lo que estimo que está mal y no debo dejar pasar.

Dejando en claro que nada de esto lo digo desde algún sitial ni recurriendo a pedanterías académicas. Mi diatriba abreva, simple y llanamente, de la libertad de quien no vive de lo público y por tanto se permite lo que pareciera un lujo por estos días: sentar la crítica realista desde el sentido común desembarazado de cálculos políticos, que se erige como lengua franca de los ciudadanos entendidos.

Así las cosas, sirva esto para prevenir, en adelante, que nos sigan saliendo con el cuentito de la “defensa de la institucionalidad”, con tal de acomplejarnos y así aquietarnos, con esa, la sicología inversa más barata que se ha visto en mucho tiempo en la política criolla.

No me vengan a decir a estas alturas, que el stato quo debe mantenerse, cuando ello significa perpetuar una inequidad vergonzante, que me obliga a recordarles que nací a finales de los “setentas”, en uno de los países más justos del mundo. Y que, ciertamente, ese país ya no existe. Se lo robaron. Nos lo robaron.

Esa gran nación que nos legaron los abuelos, desde esa década históricamente vitaminante, que fue la de los “cuarentas”, la vilipendió una generación perdida de políticos rentistas y mediocres; una generación de subadministradores: la de nuestros padres.

Esos baby boomers nos robaron el país.
Uno en el que no solo había empleo, sino que era digno.

Patria aquella en que la salud y la educación pública no tenían que andar mendingando ni defendiéndose de tanto ataque superfluo.

Nación en que los niños y adolescentes no solo podíamos encontrarnos sin distinguirnos odiosamente, en las escuelas y colegios públicos, enseñándonos mutuamente lo propio de convivir cívicamente, sino que jugábamos y nos esparcíamos en las calles, parques y alamedas de barrios abiertos, donde nos exponíamos creativamente a un país aún pacífico y habitable.

Eso también nos lo arrebataron. Porque aquel era un país donde turistear internamente era posible para todos y no solo para los extranjeros o los ricos. Donde los agricultores no estaban en peligro de extinción permanente y los profesores eran respetados con salarios que no eran de hambre y su autoridad en el aula era ostensible. Donde la palabra de un policía era obedecida sin necesidad de refuerzos. Donde los sicarios no existían, aunque sí la corrupción, que campeaba entonces, tan impunemente como ahora.

No me vengan de pronto, con que debemos hacernos de la vista gorda y que practiquemos el “porta´mí” como un grito de razón, defendiendo a una clase política que no da “pie en bola”, rapaz y prebendal, con redes de cuido incluidas, pensiones de lujo desmedidas y “pifias carisísimas”.

No me digan que somos el país más feliz del mundo ni hagan el ridículo de repetir que somos potencia mundial.

Pero sobretodo, no le pidan a toda una generación que apostó por el cambio, que marchemos ahora, precisamente, por el “no-cambio”. Porque si de continuismo se trataba, ahí estaba Liberación o la Unidad, amén de otros contorsionistas políticos que, venidos de esas filas tradicionales, nos juraban que habían cambiado y, cuan agresores irredimibles, nos pedían creyéramos que esta vez serían “diferentes”, si les dábamos otra “oportunidad”.

Y semejantes piruetas resultan chocantes.

Como ciudadano y nada más, me indigna que nos crean tan estúpidos, pretendiendo que nos encajemos el blanco y marchemos así, sin más, por ellos y para ellos. Aplaudiéndoles como focas.

Me apena muchísimo el manipuleo de gente bien intencionada pero muy desinformada, del que tributan quienes hoy como ayer, detentan el poder económico, mediático y político. Así enlistado, en orden de importancia, conforme a su incidencia.

Pese al largo aliento democratizador que suponen las redes sociales orgánicas –entiéndase: las que no son manipuladas- sigue siendo cierto que quienes tienen la plata para adueñarse de los medios de comunicación principales, terminan cooptando también el poder político, cuando no es que deciden apropiárselo y ejercerlo directamente, a través de alguno de sus hijos o algún tonto útil. Siendo hoy la pregunta más importante, esta que sigue: ¿Qué es más importante: quiénes gobiernan o para quiénes gobiernan?

En síntesis, tirarnos arena a los ojos tan vilmente, convocando a cerrar filas en torno a una supuesta “defensa de la institucionalidad” -que por lo demás es un lugar común con el que difícilmente habrá desacuerdo entre los costarricenses cuerdos-, es una manipulación desvergonzada.

Hay dos idearios en Costa Rica que hacen parte del sagrario popular: lo democrático y lo judeocristiano.  Curiosa y casualmente, los dos recursos retóricos a los que ahora apelan, periódicamente, cada vez que se les agota el oxígeno, los oficiadores de este ornitorrinco político en que se convirtió el PAC; con pico del PUSC, cola del PLN y garras del empresariado criollo más oprobioso y rico.

A tanta manipulación, nos resta solo, oponerle nuestra dignidad. Diciéndoles de nueva cuenta a esos políticos que no resignan y a sus asesores en comunicación: no nos crean tan superfluos como para no justipreciar una carta signada por los representantes palmarios de un tercio de siglo perdido.

Y sé que esto les golpeará el ego, pero no más de lo que nos golpea a algunos –no sé a cuántos, pero espero que a muchos-, ya no el ego, sino la conciencia y la dignidad.

Porque hay que ser muy inconsciente, por no decir un completo “caradura”, para atreverse a convocar la defensa de lo que está abiertamente mal, casi patas para arriba, sin notar que los dedos que hoy pretenden señalarnos el horizonte, son de barro. Como de barro tiene la cara aquel otro que se dice indignado desde su autoexilio prescrito y su apellido prebendal.

De verdad que hay que creer al pueblo muy tonto, para salir con semejante pirotecnia retórica, sin sonrojarse siquiera.

¿O no es acaso esa corrupción rampante que ha saqueado nuestra democracia y falseado sus basamentos, precisamente, el irrespeto más grande a esa institucionalidad, que hoy, irónicamente, juran defender?

Particularizando: ¿Respondió Figueres política o judicialmente, por la trama Alcatel en la que se le implicó? ¿Devolvió los dineros que presuntamente recibió o se hizo el gato bravo, siguiendo el ejemplo de su padre, tan afecto a los “confites” también?

Sin dejar de recordar que fue en Barahona & Cía (mi diario programa radial), donde Juan Carlos Bolaños develó, que ese expresidente, ahora renuente a las firmas, viajó con él a Nicaragua. ¿Para qué y a reunirse con quién?

Pero los expresidentes que sí firmaron, no se salvan ni están curados de la inquietud ciudadana. Literalmente, una falta de quietud que más bien deberían premiar y valorar, como lo hago yo sin ambages, en tanto presagia nuevos aires y buenos tiempos: unos en que por fin la paciencia ciudadana sea mínima y la exigencia cada vez mayor, cuando se trate del ejercicio de cargos públicos.

Porque si algo cierto ha dicho Carlos Alvarado en su fugaz paso por la política costarricense, es que “la mayor corrupción es aspirar a un cargo público para el que no se está preparado”. Hoy sabemos que nos lo advirtió y, al menos en eso, sí fue sincero. Aunque muy inconsciente.

Llegado el momento y entrampados como están, en sus propios mecates, anudados por ellos mismos, viene bien significar por cuál institucionalidad es que convocan a marchar: ¿Acaso por la “institucionalidad” que les permitió a varios viceministros e incluso ministros del gobierno anterior, hacerse los gatos bravos con sobresueldos ominosos, que algunos devolvieron gozando de una especie de “tasa cero” y solo después de ser descubiertos “in fraganti”, mientras cada fin de mes, bien calladitos, extendían la mano?

¿O más bien se refieren a esa “institucionalidad” que le permitió a ministros de la gestión anterior, viajar por el mundo para promocionarse y hoy aprovechar esos contactos internacionales que, con cargo al presupuesto público, se granjearon con una tarjeta ministerial en una mano mientras ofrecían la empresarial en otra?

Aunque pensándolo mejor, tal vez se refieran más bien a defender la “institucionalidad” que entregó los puertos marítimos aéreos principales, a manos privadas y extranjeras, sin “plan b” ni resguardos para las comunidades costeras, hoy tan desempleadas como narcotizadas.

Pero bien podría tratarse también, de esa “institucionalidad” que jamás aclara o transparenta, quiénes están detrás del financiamiento político-electoral en Costa Rica.

¿O se tratará de la “institucionalidad” que gestó el “Cementazo” tras sus cortinas de cristal, manteniendo impune ese apareo entre el poder público y privado, que logró trastocar a los tres poderes de la República e implicó a varios titulares alineados por los tres partidos políticos que siguen mandando en Costa Rica: PAC, PLN y PUSC?

Esos mismos que hoy hacen como si nada, ante el sinuoso hoyo negro en que amenaza convertirse ALDESA. Desastre financiero posible, solo allí donde toda esa “institucionalidad” de control y supervisión –que ahora resulta que nos convocan hondos y lirondos a defender-, falla contumazmente.

¿Cómo saber si se refieren a la “institucionalidad” que ha sido incapaz de reordenar el caos urbano, producto inesquivable no solo de la falta de planificación en el desarrollo inmobiliario, sino de la corrupción en la fiscalización de la obra y el transporte públicos?

¿Será, acaso, a esa “institucionalidad”
a la que -según ellos- debemos defender?

¿Es a esos jerarcas descaradamente acostumbrados a las “puertas giratorias”, o a su combo de viceministros juveniles y diputados de kinder, a los que supuestamente debemos respetar sin crítica ni protesta? ¿Es a esos a los que quieren defender?

¿O quizá es cuestión –para ellos- de alcanzar con una suerte de halo protector, a esa “institucionalidad” que viene insistiendo en prohibir uno de los derechos humanos más elementales: el de protestar políticamente, que no es otra cosa que plantarse frente al poder?

¿Será que se refieren a la “institucionalidad” que quebró a JAPDEVA, Bancrédito o el Anglo? ¿O más bien a la “institucionalidad” que está por quebrar también al ICE? ¿O a la que desguazó los ferrocarriles? ¿O a la que descuidó el CNP?

¿Sin soslayar -por aquello de los que no salen a pasear más allá de su ombligo- que tal vez la invitación sea más bien para perpetuar aquella “institucionalidad” que, en cabeza de una diplomacia chata y endogámica, carga con la responsabilidad de habernos borrado de la geopolítica internacional como un pequeño gran país, burocratizando y mediatizando toda potencia política que pudimos haber fundado en aquellos años mejores, de nuestros abuelos, donde la burocracia no mandaba ni se hacía llamar huidizamente “de carrera”, para ocultar su naturaleza desleal y priorizar siempre su interés gremial, aún por sobre el interés público?

Y claro, no podía faltar en tan lúgubre e ilusa convocatoria, la “defensa de la institucionalidad” financiera, esa que nos tiene a todos los que la pulseamos, debiéndole por media vida nuestras casas a los bancos, pagando intereses de usura, y a otros aún más emproblemados, tarjetas de crédito asesinas.

Tal vez -pensemos todavía bien-, se les olvida que viene siendo la misma “institucionalidad” financiera, esa que se vale de exoneraciones a los grandes capitales y se aprovecha de amnistías para condonar sus incumplimientos tributarios mientras le esconde la plata al pequeño emprendedor y, ni qué decir, al humilde agricultor, empujándolos indignantemente a las garroteras.

Esa, ahora lo saben, es la “institucionalidad” que algunos están llamando a defender.

Esa y no otra, es la “institucionalidad” que unos cuantos incautos, saliendo con  típico domingo 7, quisieron homenajear.

Esa y solo esa, es la “institucionalidad” que están queriendo perpetuar –pauta gubernamental mediante- un par de periódicos y televisoras, amén de un par de señoras y sus programitas de radio. Todo eso es lo que están queriendo patrocinar.

Lo que vimos este domingo, 7 de julio de 2019, no es otra cosa que la ilusa Marcha de las Focas.

Sepan los convocantes y de paso los expresidentes, que algunos si leemos y repasamos nuestra historia nacional. Más aún, que tenemos claro nuestro magro presente como Estado.

Somos muchos los costarricenses que ejercemos una ciudadanía consciente.

No confundan nobleza con debilidad. No se equivoquen.

Pero sobre todo, no insulten nuestra inteligencia, negando con tanta manipulación, nuestra dignidad.

Ahhh y por cierto, polarizar y dividir, no es siempre buena idea.

¡Cuidado! A este país se le va acabando la mecha. Dejen de jugar con fuego.

Yo no aplaudo como foca.

 

Pablo Barahona Kruger
El autor es Abogado constitucionalista y profesor universitario
Fue Embajador de Costa Rica ante la OEA
pbarahona@ice.co.cr

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